El sereno

Aquella noche Uglu Virtanen ajustaba la iluminación, la protección e incluso la estabilidad atmosférica del municipio. Según sus actos, la luz se hacía o se desvanecía. Según su ruta, los malhechores eran ratones repulsivos o leones imponentes. Según sus rezos, el tiempo meteorológico se configuraba. Uglu Virtanen releyó su contrato laboral. Tenía que haber una errata. Ponía que era un sereno en vez de un semidiós.

El padre

Derecha, izquierda, derecha, pausa. A veces, sin darse cuenta, Uglu Virtanen marca tres pasos y detiene el cuarto tiempo. Uglu Virtanen es un traductor que calla tres lenguas. Domina una cuarta, el latín, para sus oraciones. No pide. No ruega. No suplica. Sólo se distrae. La repetición solemne es buena. En otro caso, imaginaría. Pensaría mucho. Recordaría todo. Su espalda, debilitada por algo más que la vejez, no podría con semejante carga. Izquierda, derecha, izquierda, pausa. Siempre que Uglu Virtanen sale a la calle, se cruza con su único hijo. En la fila del supermercado, frente a los escaparates o bajo las sombras del parque. En todos los lugares, su hijo. El psiquiatra, que también es su hijo, ha de tener razón. Cualquier otra hipótesis desafiaría las leyes de la muerte.

El cervecero

Aquel día Uglu Virtanen respiraba el aroma de lúpulo en su taller artesanal de amargor cervecero. Uglu Virtanen efectuó la primera cata. Con aplomo, empapó sus labios con el espesor de una pinta. Se cercioró de su alcance. Tomó dos pintas más. Su textura embriagaba. Tras estas dos, vinieron cuatro. Saboreaba la panacea. A estas cuatro, las siguieron ocho. Estaba convencido de que la tenía que comercializar. Uglu Virtanen prosiguió con su ingesta hasta consumir toda la producción. A cada trago, sin embargo, estaba más decidido a compartirla con sus coetáneos.