El incomprendido

Aquel día Uglu Virtanen exteriorizó un uso irregular de la lengua. Los receptores de su discurso ignoraban el código e interpretaban vagamente el mensaje. El propio Uglu Virtanen fue incapaz de entenderse a sí mismo. Cocinaba raciocinios que tragaba sin masticar. Uglu Virtanen constató la problemática de las ideas que no son desmenuzables: sufrió una úlcera en el ánimo. Le recetaron unos comprimidos. El medicamento redujo los pensamientos pesados. Mientras los digería, sintió un malestar agudo. Uglu Virtanen se negaba a que toda su incomprensión resultase soluble.

La compensación

Cien metros al este, las tumbonas se pringan con protectores solares. Cuatrocientos kilómetros al noroeste, los madrileños van por el tercer café de la mañana. Uglu Virtanen jamás ha cogido el metro en hora punta. Para su regocijo, Felipe II se llevó su Corte fuera de Toledo. Los toledanos perdimos historia, pero ganamos sosiego. También veraneamos en el Mediterráneo, pero con otro grado de necesidad.

El forense

Aquel día Uglu Virtanen debía dictaminar las causas del fallecimiento de un accidentado. Por prudencia, antes de empezar, corroboró la muerte. Uglu Virtanen optó por el método de la entrevista. Le preguntó al presunto finado si había notado su inexistencia. El aspirante a difunto se giró y educadamente contestó que sí. Uglu Virtanen preparó un formulario. A continuación, comenzó la autopsia.

El novelista

Aquel día Ernesto Julca ultimaba la corrección de sus páginas en blanco. Ninguna palabra, ninguna restricción. Serían los lectores, de este modo, los que formularían el relato. Ernesto Julca pretendía azuzar, tal vez acompañar, pero jamás guiar. Se reservaría, con todo, la autoría de la obra. Ernesto Julca cedía la potestad creativa, pero no así los derechos de explotación.