Un negocio extraño

Ernesto apuntaba maneras desde crío. Siempre tuvo iniciativa. Lo demostraba tanto en el colegio como al diseñar avioncitos de papel. Nunca dejó de ir un paso por delante. Nada más acabar sus estudios, abrió una tienda para ganarse la vida.

Era una idea muy novedosa. Comercializaba su tiempo. No había en la ciudad nadie que se resistiera a adquirirle unas horas. Eran los efectos de la aceleración de la vida. Todos necesitaban tiempo.

Ernesto vendió tantas fracciones de su tiempo que lo agotó. Antes de cerrar el año yacía muerto. Visto en retrospectiva, fue una extraña manera de ganarse la vida.

El pescador

Aquel día Ernesto Julca pescaba mientras farfullaba sobre la ambición. La comparaba con una balsa desequilibrada por tener a todos sus tripulantes apiñados en la proa. Ahí pretenderás que sean dinámicos y corran a la popa. La embarcación volverá a tambalearse. Entonces desearás que sean perezosos y permanezcan quietos. El bote se hundirá. Las aspiraciones calibradas se resumirían indudablemente en una barca vacía. He ahí la pretensión razonable.

El aviador

Aquel día cierto desconocido sobrevolaba una estampida de corceles. Se frotó los ojos. Sobre la alfombra, caballitos de madera. La avioneta era de papel. Repostaba virutas vegetales. A su paso, efluvios de celulosa. La fachada era de arcilla, pero la intrepidez del aviador era la imaginación del pequeño desconocido. Un trasto que de mayor quería ser piloto. Un piloto que hoy querría ser aquel crío.

La inercia

Mientras aireo el dormitorio
y sacudo las sábanas,
un no sé qué en mi zona de confort.
Si ante la comodidad,
pudiera despertar del momento
y sentir otra vida.
Doy la vuelta al colchón
y me topo con un somier viejo.
La manta es suave.
La almohada está mullidita.
Si ante la comodidad,
pudiera despertar del momento,
sería para dormir esa otra vida.
Me abrazo a la almohada
y abrazo mi zona de confort.
Soy de esos que deberían escribir
vida con be.
Soy de esos que se hacen la cama
a sí mismos.