Una vieja emoción de velocidad

El año pasado, entré a hurtadillas en el garaje de mi hijo para ver su última compra, un coche nuevo con un motor de esos que rugen. Yo, pobre de mí, ya era un mecánico jubilado al que todavía le encantaba sentir la adrenalina de la velocidad.

Abrí la puerta del coche silenciosamente porque mi hijo había dicho que yo ya era demasiado mayor para conducir un coche tan rápido. Francamente, al principio no pensé en conducir, pero sentí una vieja emoción cuando toqué el volante. Salí del garaje, tal vez inconscientemente. Cuando me di cuenta, estaba acelerando. Todo fue tan rápido. Un par de bocinas, un camión, el choque. Todo se volvió tan lento. Solo una bocina que se desvanecía.

Unas horas más tarde, el médico no solo fue profesional sino muy amable. Mi hijo llegó rápido y, aunque yo estaba más avergonzado que herido, me abrazó y no dijo nada.

Vivir en la excusa

Aunque oyó el primer timbrazo, el telefonillo bien pudo sonar cuatro o cinco veces. Se respiraba la impaciencia del invitado. Con todo, había que admitirlo, las rodillas de la viuda ya no eran las de antes.

Había quitado las sábanas de franela, por si acaso, pues dos cuerpos —imaginaba, apenas recordaba— ya calentarían suficiente. La mujer, que había completado el luto por la pérdida de su marido, esperaba la cena desde hacía días. Se había perfumado, quizá con un perfume caro, no estaba segura ya que había sido un detalle de una amiga. Había visitado, asimismo, la peluquería.

—¿Patricia?
—¿Hugo? Sube.
—No se ha abierto —un pequeño silencio, otro forcejeo con la puerta—. Ya.

Patricia, aun cuando Hugo no había llamado a la puerta ni siquiera tomado el ascensor, ya estaba esperando tras la mirilla. Uno, dos, tres, tal vez cuatro minutos. Lo cierto es que había dejado de mirar el reloj. Ella, que había pasado por cuatro partos, no se creía su estampa. El sudor pasaba sus cejas, surcaba sus párpados y alcanzaba el lagrimal. Un pequeño escozor que presagiaba algo peor. Una gran trastada para su maquillaje. Lo intuía. Sacó un espejito. Lo comprobó y, mientras suspiraba, el timbre sonó. Volvió a la mirilla. No había trampa ni cartón. Hugo era tal como en las fotos.

—Un momento.

Patricia corrió al baño. Retocó el delineado y las sombras. Mal pulso, prisas y edad. Mala combinación. Así ella no estaba como en sus fotos. A lo mejor, la cena debería esperar. A lo mejor, una excusa. «No estoy preparada, lo siento», en realidad, tampoco sería tan falso.

Las canas no son para luchar

Era joven,
con alguna cana precoz,
pero todavía joven.
Luché,
como si me fuese la vida,
que me iba.
Me dejé la piel.
No tanto por un sueño,
yo no tenía sueños.
Costó, me costó.
Las canas invadieron mi barba,
incluso mis fosas nasales.
Ahí tiré mi juventud,
pero lo logré.
Sin embargo, lo logrado no me llenó
y pasé al otro extremo.
Más calvo que cano,
quedé vacío.
Si hubiese tenido un solo sueño.
Si hubiese luchado por él.

No siempre la astilla

El padre del mecánico, con el garfio de su brazo izquierdo, saca lustre a una moto con ruedas de caballo y pezuñas de burro. Lleva el galope del caballo. Tiene la frenada del burro. Muestra las malas pulgas del pirata cojo a lomos de una mula con bujías. Su hijo, el mecánico, ya acostumbrado, cambia el aceite a un Ford Fiesta, mientras se cuestiona cómo renovaron a su padre la licencia de conducir.