Reencuentro sin nicotina

Me llamo Beatriz. Soy una de esas toledana que jamás han abandonado Toledo y que, hasta hace poco, no tenían intención de hacerlo. Esta tarde me he plantado en la calle Lisboa con antelación. Dentro de un rato, he quedado con Alfredo. Me sobra tiempo y tengo un estanco a mano. Necesito nicotina. Mi memoria retrocede a octubre de 2013, cuando defendí la tesis del máster que me habilitaría como profesora de secundaria. Tras la presentación y las preguntas del tribunal, esperé nerviosa. Me subía por las paredes. Mientras deliberaban los catedráticos, una compañera me pidió fuego. Sacó un cigarrillo para mí. Cuando anunciaron mi sobresaliente, la calada se hizo gloria. Pese a ello, aquel mismo día, en aquel mismísimo momento, dejé el vicio.

Antes de abandonar aquel recuerdo, doy una bocanada al aire. Me muero por unos miligramos de nicotina, pero me mantengo firme. No visito el estanco. Entro al Gressy sin nada de tabaco. En realidad, ya no se llama Gressy, pero sigue siendo tal y como ha sido siempre.

—Una de mermelada y otra con chocolate, por favor —señalo ambas pastas.
—Perfecto, ya se las acerco —me indica la camarera.
—Pues a mí —enfatiza el siguiente cliente— unos pastelitos. Las pastas para esa inglesita. De verdad lo digo, no comprendo a estos jóvenes.
—Imagino que he faltado a su respeto —intervengo.
—¡Calla, mierda de guiri! —leo en su ceño, a la par que se disculpa.
—¿Así de fácil? —pienso, pero acepto sus disculpas.

Bien disculpado, el señor se retira al otro extremo de la cafetería. Miro el reloj. Pruebo el café y mi lengua se quema. Pido un vaso de agua del grifo. No quiero gastar más dinero. He de ahorrar. El agua es blanco, pero agradablemente frío. Al segundo sorbo, llega Alfredo.

—¡Qué recuerdos! Antes se llamaba Gressy. ¿Te acuerdas? Sigue calcado. Es como volver al pasado —me saluda.
—Cambió de dueño. Se oyen diversas versiones —ya es una noticia pasada.
—¡Bueno! ¿Cómo te trata la vida? Hacía siglos, Bea. En fin. Agradezco tu mensaje. ¡Cuéntame! Si quieres, arranco yo.
—¿Estuviste verdaderamente enamorado de mí? —le corto.
—¿Amor? Éramos unos mocosos.
—Siempre fui tu pañuelo de consolación. Estabas colado por Montse.
—¡Qué va!
—Supuse que sería transitorio, pero duró —apunto a sus lentillas.

Alfredo tarda en reaccionar. Trata de articular cualquier palabra, pero ha quedado mudo. Bebe, con agitación, de mi vasito de agua. Mira al suelo. Compartimos un silencio largo. Echo en falta un pitillo. Cuando recobra la saliva, me levanto y me voy. A propósito de Montse, justo nada más salir del Gressy, me llama.

Montaje y reparación de veletas (2)

Callados, Verónica perpleja y yo triste, regresamos a nuestros dominios, que en verdad pertenecían y siguen perteneciendo al BBVA. En nuestro apartamento de Santa María de Benquerencia, más conocido como el Polígono, no cesaba el eco de «la ostentosa relación entre el patriotismo y la masturbación». Entre mi tristeza y su asombro, no copulamos. Mientras mi pareja se duchaba por enésima vez, yo encendí el MacBook Pro y creé un documento ODT. La tipografía Helvética y el interlineado doble me hicieron encarar la provocación de Verónica. Pronto me vine arriba. A punto estuve de subirlo a Facebook y copiar su enlace en Twitter. Tras las correcciones, su última versión lucía con dignidad: «Viva España. Afirmación prudente, sin signos de exclamación ni brindis de sidra, dado que mi sentimiento es jurídico. Yo soy español, español, español. Repetición mesurada. Sin música ni goles de Iniesta, solo para recalcar que mi identidad se ajusta a derecho. Mi patria es España por casualidad legislada. Conforme a ley, soy español. Lo acepto. Hay nacimientos en Oporto y la mayoría de sus nacidos resultan portugueses». Lo imprimí. Luego me sentí mal por derrochar papel, pero ya no había vuelta atrás. Lo colgué en la puerta del frigorífico con un imán rojo del Bazinga de Sheldon Cooper. Me sentía un investigador del Instituto de Tecnología de California. Orgulloso me fui a echar una siesta tardía.

Montaje y reparación de veletas

Irrumpió el Mundial de Fútbol y todo lo demás prácticamente se olvidó. Recuerdo una tarde de partido, cerveza Mahou y pipas saladas. Estaba durmiéndome con el toque y la monótona superioridad de La Roja. Allí, sentado en una mesita del Otto Max, de esas que dan al sillón alargado del lateral, yo poco más le pedía a la vida. Acaso unos cacahuetes, pero no había que abusar de la simpatía de los camareros. En medio de un saque de esquina, Verónica, sin venir a cuento, me planteó «la ostentosa relación entre el patriotismo y la masturbación». Alarmado, me perdí un golazo de cabeza de Puyol. Más que nada por lo gratuito de la afirmación. Yo, católico aletargado, no era facha. Como consecuencia de una sexualidad fuera del matrimonio, por aquella época, vivíamos en pecado y difícilmente podía ser yo más papista que el Papa. A pesar de todo, es cierto, me quedé de piedra y me puse de morros. Así que exigí en la barra del Otto Max mi platito de cacahuetes, que para los pecadores, constituye la alternativa eficaz a una dura penitencia. Aquella noche, desganado, ya no querría ni follar. En cualquier caso, para disfrutar los cacahuetes, no hace falta hallarse de buen humor. El truco es simple. Basta tirar las cáscaras al suelo y acto seguido, pisarlas.

Lo aprendido

Íbamos a «San Pavo» a ver la «nueva pota», pero mi padre dio un volantazo y nos plantamos en Madrid. Se entrevistó con el presidente de la Real Academia. Estuvieron horas. Los académicos, muy rigurosos, se resistían a simplificar la fonología del castellano. Mi madre, más práctica, consultó al logopeda. El fracaso paterno es obvio. Las reglas de pronunciación se mantuvieron. Mi madre, por el contrario, conoció el éxito. Pronuncié San Pablo. Sin embargo, jamás dije potra. Ya era una yegua. No perdí el tiempo con el pasado.

La infancia

Salíamos de Toledo. Cruzábamos cinco pueblos: Argés, Layos, Pulgar, Cuerva y Ventas con Peña Aguilera. El destino era San Pablo de los Montes. Madrid, la playa y el extranjero son inventos más recientes. A principios de los noventa, yo aún no había soplado suficientes velas ni en mis cumpleaños ni en las sesiones con el logopeda. La vida era algo más que sofocar un fuego tras otro.

Una pareja ante la playa

La cafetería Tiburón se sitúa en un extremo de la Avenida Europa. El Casco Histórico queda a cuarto de hora, es decir, retirado para una ciudad pequeña. El techo está pintado de azul cielo. Las paredes presentan distintas tonalidades de amarillo.

—Todavía recuerdo el día en que elegimos la decoración. Justo veníamos de la Luna de Miel en Formentera —apunta la dueña—. ¡Éramos unos críos! Quisimos traer todo aquello a Toledo. ¡Vaya si la trajimos! Antes de pintar, cambiamos el suelo. Las baldosas, quemadas y marrones, son la arena.

Es media mañana. Todos los clientes, incluso los extranjeros, son residentes. Los turistas no se alejan del Casco Histórico. En la barra del Tiburón, se despachan los cafés con leche, los cortados, los manchados y los solos con hielo.

—Algunos, como Fátima y su chico, piden té rojo —indica el camarero de las mañanas—. El té verde, en cambio, nada. Aquí no tiene salida.
—¡Mejor tenerlo! —reflexiona la dueña—. Basta que un día un bolo se nos ponga payasete.

Entra la tarde. Los colegios de la zona liberan a los más pequeños. Dos policías locales llegan a la Avenida Europa. Una madre pita a otra madre. Un padre estaciona en un vado. Varios progenitores aparcan en doble fila. El agente más joven rompe a sudar mientras su compañera, más canosa, regula el tráfico. De repente, salen gritos infantiles del Tiburón.

—¡Pero hablo yo primero! —Un trasto se apunta a sí mismo.
—¡Anda, quita! —Su hermano, otro renacuajo, lo aparta y se centra en el móvil— ¿Mami?
—¿Mami? —El padre levanta la vista del iPad— ¿Pero qué hacéis llamando a mamá? ¡Dadme el teléfono ahora mismo! ¡No os lo digo más!

Al tiempo que Israel vuelve del baño, los diablillos echan a correr. Israel se topa con ellos, pero deja que sigan su curso. El padre se apresura en pagar la cuenta para salir detrás de su prole. Israel se gira, busca las pupilas de Fátima y sonríe.

—Nuestro futuro —Israel guiña el ojo izquierdo.

Fátima permanece inmóvil, excepto para llevarse una mano a la oreja.

Cae la tarde. Muchos deportistas se acercan desde la Escuela de Gimnasia, un viejo espacio reservado para los militares, ahora reconvertido en un centro deportivo municipal. Fátima y su equipo vienen de sudar la camiseta.

—¡No sé qué me ha pasado! Ni que tuviese manos de mantequilla —Fátima se hace pequeñita—. Lo siento, chicas. He estado ausente. Habéis jugado sin portera.
—¿Aquarius de limón o de naranja? —El camarero vespertino interrumpe.
—¡Anda, bolo! Hoy es viernes. Saca unos botellines —Fátima mira al infinito, en realidad, a las paredes amarillas, y en cierta forma, al sol de la costa balear—. ¡Quita! Mejor vamos a tercios.
—¿Tercios? ¡Hoy estamos animadas! —El camarero ríe más vacilón que sorprendido.
—Es un modo de decirlo —Fátima baja la voz y se rasca el pelo.

Las horas pasan. Mahou hace su agosto. El camarero de la tarde acaba su jornada. Las compañeras de Fátima ya no están.

—¿Estás bien, cielo? —se preocupa la dueña.
—Tuviste que haber visto al padre del iPad —balbucea Fátima.
—Veo a miles de madres y padres cada día. Mírame, Fátima. No me has contestado.
—¡Estoy fenomenal! ¿Por qué no iba a estarlo? Trajiste la playa a Toledo —los lagrimales de Fátima piden paso—, muchas gracias.
—Algo te pasa —la dueña insiste.
—Israel quiere construir castillos aquí —Fátima da un pisotón—, sobre estas baldosas marrones. Espera dos palas y un cubo. Espera un mocoso que le ayude.
—¿Y tú?
—¿Yo? Yo lo siento, pero la arena de playa no está para levantar castillos con enanos sino para echar un fútbol playa entre amigas.

El tonteo

Paseábamos por Martín de los Heros. Los cines Golem se llamaban todavía Alphaville. No recuerdo la cafetería. Apenas tomé un par de notas. Nos agradó la mordida del café en nuestros labios. Estaba helado. Al atardecer fuimos al parque del Oeste. Alcanzamos el merendero. Un cosquilleo nos despertó. El frío comenzó besando los dedos de nuestros pies. En su gélido ascenso, consiguió activar nuestros instintos más primarios. Tiritábamos. Regresaron sentimientos que habíamos dado por perdidos. Me hiciste prometer que no reduciría la inmensidad de nuestro hielo a un triste párrafo. Realizamos nuestra ofrenda a los petirrojos. Con el corazón aún destemplado, partimos al bullicio de Moncloa. Las pequeñas deidades aladas habían agradecido nuestras migas. Gozábamos de su favor. En el intercambiador, te dirigiste a la línea 3. Nuestro adiós quedó congelado, mientras yo tonteaba con los andenes del circular. En el autobús a Toledo, me agobié. Me sacudió el calor. De repente, sudaba. Tuve que recurrir a tu recuerdo helado.