Mi acceso al funcionariado (2)

Había sofocado un fuego tras otro. Había estudiado duro durante un tiempo razonable. El primer ejercicio se acercaba. Era un test. Poco antes del día señalado, sin embargo, una idea me carcomía. No avanzaba en mi último repaso. Estaba en la biblioteca, como tantos otros días, pero me sentía extrañamente incómodo. Consideré todas las preguntas que desconocía. Las reuní y me imaginé un test con todas ellas. Aunque era una suerte suficientemente mala y parecía improbable, no terminaba yo de estar contento. Pretendía ser el mejor agonías y hundirme dramáticamente en mi miseria. Así que fui más allá y dejé volar lo peor de mi creatividad. Supuse a la vez, que ese examen imposible lo resolvían tranquilamente el resto de opositores. ¿De verdad?

El fontanero

Aquel día Ernesto Julca comprobó que se había convertido en fontanero. Muy apropiado, se dijo a sí mismo. No era para menos. Venían unos fuertes olores del cuarto de baño. Las cañerías posiblemente. Se puso manos a la obra. A mitad de la chapuza, se esfumaron todas sus nociones de fontanería. Justo a tiempo, pensó nuevamente. Era la hora del bocadillo.

Terremoto

El lloro, las voces, los gritos. El mimbre del cesto de la ropa sucia estaba aplastado por el espejo del tocador y éste, a su vez, por el propio tocador, del que se había separado, pero no escapado. Vecinos en pijama, desnudos o improvisadamente vestidos. A mis pies, paredes caídas, ladrillos empapados y la peste de las cañerías rotas. Las sirenas de varias ambulancias. La sirena de un camión de bomberos. En mi cara, chorretones de sudor y el paladar seco por alguna pizca de escombro. En mi mano izquierda, sangre. En mi brazo izquierdo, cristales sin profundidad que, en cierto modo, me confirmaban: «has tenido suerte». Poco más en mi cuerpo, un cuerpo como el de muchos vecinos, escasamente tapado por unos boxer y la polvareda.