El rito

Son nervios. Ante su atenta mirada, quedo inmóvil. Mis cuerdas vocales se agitan y espachurran las palabras. Acabo masticando una agria papilla de ruegos rotos. Flaqueo. Preparo palomitas de mantequilla y me distraigo con YouTube. Aguardo hasta el silencio de la noche profunda. Entonces mis dioses cuelgan su letrero luminoso. Estarán fuera de servicio hasta el amanecer. Así entono tímidamente una oración protocolaria. La recito con prisas por el miedo a ser oído. Espero. Tanteo. Compruebo que nadie responda. Me limpio los dientes y hago gárgaras para que mi voz se afine. Escupo. Es mi determinación. Recobro la confianza. Allí mismo, en el cuarto de baño, paso a mis plegarias.