The Name of a Mother

After years away from her hometown, Sarah knocked on the door of her childhood house. She was looking for the box in which her mother kept the family jewelry. Once the door was opened, three terrible memories came to Sarah. A burial, the first Christmas at the orphanage for girls, the forgotten jewels. When the new owner asked her about her visit, Sarah’s hands started shaking. A new owner meant no mom yelling at her because of the dirty rabbit’s cage. No mom at all. Sarah could not give a good answer, just said her mom’s name: “Emily Smith.” In those few words, she felt the taste of a rotten carrot from her past. The rabbit was killed two days after her mom committed suicide. Sarah ate the remaining carrots. The owner probably knew nothing: just a good purchase in a peaceful neighborhood. “Emily Smith,” Sarah said again.

Unfortunately or fortunately, something exploded inside the house, probably a kitchen appliance. Sarah got the chance and walked in. The living room was filthier than ever: not only dust but also a sticky carpet. Sarah tried not to think, not to see, not to pay attention to the bizarre painting of a pink tiger. She went to the master bedroom and stared at the tiled floor. Luckily the same tiles. She rummaged in her purse for a hammer and broke the third tile. In the created hole, she found a box: the box. “What the hell?” the owner angrily turned up. Sarah reacted quickly and ran fast but she slipped on the sticky carpet and fell.

An ambulance and the police. The day after, a police officer brought her the box to the hospital. “Emily Smith is engraved in all the jewels,” the police officer said, “and therefore no charges against you.”

Reencuentro sin nicotina

Me llamo Beatriz. Soy una de esas toledana que jamás han abandonado Toledo y que, hasta hace poco, no tenían intención de hacerlo. Esta tarde me he plantado en la calle Lisboa con antelación. Dentro de un rato, he quedado con Alfredo. Me sobra tiempo y tengo un estanco a mano. Necesito nicotina. Mi memoria retrocede a octubre de 2013, cuando defendí la tesis del máster que me habilitaría como profesora de secundaria. Tras la presentación y las preguntas del tribunal, esperé nerviosa. Me subía por las paredes. Mientras deliberaban los catedráticos, una compañera me pidió fuego. Sacó un cigarrillo para mí. Cuando anunciaron mi sobresaliente, la calada se hizo gloria. Pese a ello, aquel mismo día, en aquel mismísimo momento, dejé el vicio.

Antes de abandonar aquel recuerdo, doy una bocanada al aire. Me muero por unos miligramos de nicotina, pero me mantengo firme. No visito el estanco. Entro al Gressy sin nada de tabaco. En realidad, ya no se llama Gressy, pero sigue siendo tal y como ha sido siempre.

—Una de mermelada y otra con chocolate, por favor —señalo ambas pastas.
—Perfecto, ya se las acerco —me indica la camarera.
—Pues a mí —enfatiza el siguiente cliente— unos pastelitos. Las pastas para esa inglesita. De verdad lo digo, no comprendo a estos jóvenes.
—Imagino que he faltado a su respeto —intervengo.
—¡Calla, mierda de guiri! —leo en su ceño, a la par que se disculpa.
—¿Así de fácil? —pienso, pero acepto sus disculpas.

Bien disculpado, el señor se retira al otro extremo de la cafetería. Miro el reloj. Pruebo el café y mi lengua se quema. Pido un vaso de agua del grifo. No quiero gastar más dinero. He de ahorrar. El agua es blanco, pero agradablemente frío. Al segundo sorbo, llega Alfredo.

—¡Qué recuerdos! Antes se llamaba Gressy. ¿Te acuerdas? Sigue calcado. Es como volver al pasado —me saluda.
—Cambió de dueño. Se oyen diversas versiones —ya es una noticia pasada.
—¡Bueno! ¿Cómo te trata la vida? Hacía siglos, Bea. En fin. Agradezco tu mensaje. ¡Cuéntame! Si quieres, arranco yo.
—¿Estuviste verdaderamente enamorado de mí? —le corto.
—¿Amor? Éramos unos mocosos.
—Siempre fui tu pañuelo de consolación. Estabas colado por Montse.
—¡Qué va!
—Supuse que sería transitorio, pero duró —apunto a sus lentillas.

Alfredo tarda en reaccionar. Trata de articular cualquier palabra, pero ha quedado mudo. Bebe, con agitación, de mi vasito de agua. Mira al suelo. Compartimos un silencio largo. Echo en falta un pitillo. Cuando recobra la saliva, me levanto y me voy. A propósito de Montse, justo nada más salir del Gressy, me llama.

El olvido nos salió rana

Yo jamás había visto una pistola, salvo en la televisión o en la cintura de algún policía. Cuando el chaval la sacó, me quedé bloqueado, como un cacho de hardware sin software, como aquella vez que abrí un yogur y me topé con un pedazo de moho gigante. En otros países, simplemente tenerla hubiese sido una ofensa. Nuestro país, en cambio, es un proyecto piloto para la muerte. Nos recorre, y nos recorría, una ola de violencia. La vara de medir es, y era, el número de homicidios. El chaval giró su pistola, la apuntó hacia mi cuello y pude ver el anuncio del final de mis días. No pedí socorro. Me preguntaba si tan incriminatorio era lo que había visto, si en lugar de un simple trapicheo, había presenciado tráfico de drogas, algo por lo que aquel chaval, posiblemente todavía menor de edad, quisiera quitarme de en medio. Recordaba especialmente una caída que tuve con la bicicleta de pequeño ya que, hasta ese momento, era lo más cercano a la muerte que había estado, si bien, habían sido apenas dos rasguños. Mi abuelo me llevó a la sombra de un olivo y sin agua oxigenada a mano, sopló los tímidos rasguños de mi piel. Era una ola de miel, nada que ver con la violencia que en aquel momento se cruzaba en mi camino, con el demonio de chaval aquel.

El aviador

Aquel día cierto desconocido sobrevolaba una estampida de corceles. Se frotó los ojos. Sobre la alfombra, caballitos de madera. La avioneta era de papel. Repostaba virutas vegetales. A su paso, efluvios de celulosa. La fachada era de arcilla, pero la intrepidez del aviador era la imaginación del pequeño desconocido. Un trasto que de mayor quería ser piloto. Un piloto que hoy querría ser aquel crío.

Postal de una relación

Permíteme un momento. Veamos.

Las escaleras de la piscina termal estaban ocupadas por un par de hombres de diferentes edades, con sus bañadores y gorros de natación. Se encontraban, entre el agua y el vapor, finalizando una partida. Les quedaban los reyes y poco más —ninguna reina—. Bien podían ser padre e hijo, maestro de ajedrez y pupilo.

Hablo de memoria. No conservo, ya imaginas, la postal. La compraste en Budapest, me la enviaste, al final de tu viaje, ya desde Sofía. Me pusiste, en el reverso, un falso —aunque, por entonces, palpitante— «te quiero».