Donde solíamos gritar

No me salpiques. Bebe con talento. No te preocupes. La distancia entre la ausencia y el jamás no es tan reducida. Ya volverá. Al final, sois la una para el otro. Ya verás, vendrá y yo me iré donde solíamos gritar. Volverá y yo, en el peor de los casos, me quedaré con las ganas de volver a follarte. Será, a saber, agosto. Traerá vino blanco. Y yo, ya en un jamás definitivo, quedaré afónico.

Una súplica por Marte

No subiré por ti a la primera planta de la Luz del Tajo. No partiré por ti ―ni contigo― a Marte. Estarás con el inventario. Tras un tirón de orejas a alguna operaria novata, todo acabará bien cuadrado. Serán las tantas de un viernes. Subirás al coche tras matar la última colilla. Pensarás ―sin plantearte― si parar en mi piso. Te acordarás que dejé de fumar. Conducirás a casa. Subiré, por mi cuenta, al Círculo. Será realmente tarde. Los conciertos habrán acabado hace mil y pondrán algo de pachangueo. Me tomaré una y quizá tres. Saludaré a un par de conocidas y, cuando nadie me haga caso, me iré. Pensaré si acercarme a tu casa, pero recordaré que Marte queda un tanto lejos, que tienes derecho a ser un tanto marciana.