Montaje y reparación de veletas (2)

Callados, Verónica perpleja y yo triste, regresamos a nuestros dominios, que en verdad pertenecían y siguen perteneciendo al BBVA. En nuestro apartamento de Santa María de Benquerencia, más conocido como el Polígono, no cesaba el eco de «la ostentosa relación entre el patriotismo y la masturbación». Entre mi tristeza y su asombro, no copulamos. Mientras mi pareja se duchaba por enésima vez, yo encendí el MacBook Pro y creé un documento ODT. La tipografía Helvética y el interlineado doble me hicieron encarar la provocación de Verónica. Pronto me vine arriba. A punto estuve de subirlo a Facebook y copiar su enlace en Twitter. Tras las correcciones, su última versión lucía con dignidad: «Viva España. Afirmación prudente, sin signos de exclamación ni brindis de sidra, dado que mi sentimiento es jurídico. Yo soy español, español, español. Repetición mesurada. Sin música ni goles de Iniesta, solo para recalcar que mi identidad se ajusta a derecho. Mi patria es España por casualidad legislada. Conforme a ley, soy español. Lo acepto. Hay nacimientos en Oporto y la mayoría de sus nacidos resultan portugueses». Lo imprimí. Luego me sentí mal por derrochar papel, pero ya no había vuelta atrás. Lo colgué en la puerta del frigorífico con un imán rojo del Bazinga de Sheldon Cooper. Me sentía un investigador del Instituto de Tecnología de California. Orgulloso me fui a echar una siesta tardía.

Montaje y reparación de veletas

Irrumpió el Mundial de Fútbol y todo lo demás prácticamente se olvidó. Recuerdo una tarde de partido, cerveza Mahou y pipas saladas. Estaba durmiéndome con el toque y la monótona superioridad de La Roja. Allí, sentado en una mesita del Otto Max, de esas que dan al sillón alargado del lateral, yo poco más le pedía a la vida. Acaso unos cacahuetes, pero no había que abusar de la simpatía de los camareros. En medio de un saque de esquina, Verónica, sin venir a cuento, me planteó «la ostentosa relación entre el patriotismo y la masturbación». Alarmado, me perdí un golazo de cabeza de Puyol. Más que nada por lo gratuito de la afirmación. Yo, católico aletargado, no era facha. Como consecuencia de una sexualidad fuera del matrimonio, por aquella época, vivíamos en pecado y difícilmente podía ser yo más papista que el Papa. A pesar de todo, es cierto, me quedé de piedra y me puse de morros. Así que exigí en la barra del Otto Max mi platito de cacahuetes, que para los pecadores, constituye la alternativa eficaz a una dura penitencia. Aquella noche, desganado, ya no querría ni follar. En cualquier caso, para disfrutar los cacahuetes, no hace falta hallarse de buen humor. El truco es simple. Basta tirar las cáscaras al suelo y acto seguido, pisarlas.

El vodka como estereotipo

Olga se detiene frente al ascensor sin pulsar el botón de llamada. Espera. Comprueba la hora. Sigue esperando. Resopla. Busca en su bolso. Mira a la pared, no al cartel de propaganda, sino a la advertencia de peligro. Da un segundo resoplido. Su pierna izquierda amaga, pero no se desplaza. La derecha, con un pisotón, protesta. Ruidosa, pero callada, Olga retoma su pequeña búsqueda. Minutos después, por fin, sus dedos emergen con un caramelo.

Varias plantas más abajo, Boris entra al aparcamiento del área restringida. Sonríe mientras sube al ascensor. Porta un maletín y una bolsa. En cuanto se abren las compuertas, Olga escupe su caramelo para morder los labios de Boris. El mordisco se prolonga. La sonrisa de Boris, perenne y mordida, contagia a Olga. Ambos sonríen. Ninguno se siente incómodo, pues no hay espectadores alrededor.

—Solo nos falta el vodka —Olga ignora el maletín, fija su vista en la bolsa y su gesto explota—. ¿Pero? ¡Esa no es la bolsa! Te retrasas y, para colmo, esto.
—Tranquilízate —se apresura un Boris todavía sonriente—, ya verás, aquí están nuestros trajes. Lo he comprobado. ¿Por quién me tomas?
—¡No fastidies! Ahí guardé los monos azules. ¡Siempre en Babia, cariño! Esto no es ninguna cadena de montaje. Aquí hay polvo radiactivo, fosforescencia y mierda tóxica. ¡Rápido! Baja al coche. Trae la bolsa plateada.
—¿La bolsa plateada? —La sonrisa de Boris caduca de sopetón— Me temo que no está en el maletero.
—¿En serio? ¿Bromeas? Esto es increíble, pero dejémoslo, vayamos al hotel. ¡Y vayamos ya!
—Es una opción, pero tampoco se encuentra en el hotel. Lo siento, vida mía. Quedó en Leningrado.

Los ojos de Olga se enrojecen. Un enrojecimiento que prende. Sus pupilas ya arden. Boris, bien reflejado en ellas, se consume entre las llamas.

—Estamos atacados, amor. Los nervios son malos consejeros —Boris reacciona con celeridad—. Respiremos hondo.
—Tienes razón —Olga llena sus pulmones—, pero solo veo una solución.
—Lo sé. Me imagino.

Boris abre su maletín, saca un formulario y se lo facilita a Olga. Aunque Olga lo rellena por su cuenta, ambos lo firman.

—Pues así, la inspección ha concluido —se lamenta Olga—, la central nuclear queda, de este modo, oficialmente verificada —Olga aprieta los puños y vacía sus pulmones—. ¡No lo pensemos más! Volvamos al hotel. Mañana nos toca la vuelta a Leningrado.
—De acuerdo, amor. Seguro que los parámetros permanecen en los rangos adecuados. Seguro que los dispositivos están intactos. Seguro que este formulario no contiene ninguna inexactitud —sentencia Boris—. Vivimos en la Unión Soviética. Contamos con la tecnología más puntera.
—Es cierto, cariño —Olga relaja sus manos y el aire fluye—, me enorgullezco de nuestra patria.
—Desde luego. Aquí nunca suceden crisis apocalípticas. Los reactores están bien mantenidos. El vodka es vodka. La vida vale la pena —Boris recupera su sonrisa—. Siempre sopla un viento limpio en Chernóbil.

Beatriz Supernova (3)

Es imposible quitarse a Beatriz Supernova de la cabeza. Bea tiene algo, algo tan firme como sus pechos, a lo mejor como sus labios, pero no somos —ni seremos— pareja. No lo somos cuando me clava las uñas al fingir —o experimentar, aunque con esa precisión, no sé yo— una corrida al mismo tiempo. No lo somos cuando, mientras me alejo de su apartamento, me cruzo con su culo en los vestidos ajustados de las tendencias de hoy en día. No lo somos cuando imagino la complicidad de su mirada en el falso lésbico de dos actrices porno. No lo somos cuando, con la mano izquierda, pensando en ella o en cualquiera, me masturbo. No lo somos. No lo somos, simplemente no lo somos y eso es todo. Bea sale de una relación complicada, de los desvíos de mirada de Alfredo Cebollada. A veces, es cierto, no lo niego, me ha propuesto lo que podría verse como un paso, por ejemplo, afeitarme la barba. No sé si esa propuesta es típica de una relación de pareja. Pudiera ser. Yo —no sabría explicarlo, al fin y al cabo, me da igual mi vello facial— he accedido a afeitarme. Son cosas que se hacen. Pese a que Bea tiene algo, tengo claro que no le convengo. Me encuentro algo más animado, pero no es suficiente. Hablo lo justo —Bea me ha sonsacado cosas sobre mí, pero no le he confiado ninguna anécdota simpática— y, por esto o por lo otro, nunca escapo de mi apagón interno. Vivo en mitad de una encrucijada y, por ello, no somos —ni seremos— pareja.

Temblores

I

—Quiero que tengamos un hijo, amor —es la primera vez que compartes ese sentimiento conmigo—, y me gustaría que lo tuviéramos ya.

La lámpara se ha desplomado y, con ella, su luz. Trizas a los pies de la cama, cuyo somier se ha hundido. Los cables han quedado semidesnudos. Los cajones superiores, desencajados. Clavos solitarios por algún cuadro caído. Alguna chispa baila en la oscuridad. Han sido dos sacudidas y no ha sido nuestra fogosidad. Tu voz suena a unos centímetros de mí, pero forman una maratón. Mi respuesta no es capaz de salvar tal distancia. Permanezco en el sitio. Me paso, con lentitud, la mano por el muslo derecho y noto pequeños cristales con una sustancia viscosa, pegajosa. Será sangre, no en torrente, pero sangre asquerosa. Mi sangre y tú me hablas de sangre de mi sangre, un hijo. Siento esa sangre entre mis dedos y tiemblo al imaginarme como padre.

—Quiero ser madre —me repites—, me gustaría tener un hijo.

Diez, quince, diecinueve chispas. El mundo se detiene para que mis ojos puedan capturar la trayectoria de la vigésima chispa. Es tan diminuta como las otras, pero mi intuición me grita que no es baladí. Sigo su salto al vacío, que no es el vacío, pues están nuestras sábanas. Resulta tan irrisoria como las restantes, pero va a ser esa. No veo cómo llega, pero prende. Brillo, ruido y calor creciente. No reacciono. Chillas con un tono inimaginable. Me taponas los oídos. Hasta ahora nunca te había oído chillar de tal manera, parece que sufrieses por algo más que por nuestras vidas. Me empujas de la cama. Yo no puedo.

—¿Un hijo? —el empujón y la consiguiente caída me han activado.

II

Aunque todavía estemos medio vestidos, parece que no me conocieras, preferiría apagar las luces. A lo más, unas velas. En cualquier caso, mejor me centro en devorar tus labios y no te digo nada. Ya tengo mucho que contarte y no sé por dónde empezar. Ya veré, ya pensaré algo, ya te contaré. Ha sido tan de repente. Combato, en soledad, una guerra interna. No sé qué debería hacer. Ya decidiré, ya te enterarás. Ahora, tus labios en mis labios, mi ritmo con tu ritmo.

—¿Qué ha sido eso? —bien querría contestarte, amor, pero yo tampoco lo tengo claro.

La lámpara se balancea. La cama nos traga. El almohadón sale disparado. Me das un cabezazo en la mandíbula y me muerdo. Apenas tengo tiempo de notar el dolor, cuando viene una réplica. Ahora lo tengo claro. Es un temblor de esos que se ven en las noticias. Un terremoto. Nunca pasa aquí y justo ahora, en este momento de mi vida. No puede ser.

—Quiero que tengamos un hijo, amor —te repito un par de veces mientras busco tus ojos, pero miras fijamente al techo sin emitir más que un murmullo incomprensible—. Quiero ser madre.

Espero que sea el susto y que no te pase nada. Sí, te habré asustado. Te habré asustado mucho. Incluso con una hipoteca en común, jamás hemos tratado el tema de la planificación familiar. Además, nunca te he visto sonreír a un bebé, de hecho, con ellos, tu cara se vuelve un poema. Aunque rechazo admitirlo, no eres nada niñero. Nunca me ha importado, bueno, hasta ahora.

De pronto, una llama aflora sobre la sábana bajera. Abandono mis pensamientos, mis penas. Salto de la cama. El fuego hace que me plantee todo y chillo. Te doy una voz, pero permaneces inmutable. Tengo que ir a por ti y moverte a rastras. No es fácil, pesas más que yo, pero consigo sacarte de la cama.

—¿Un hijo? —recuperas la voz.
—O una hija —lo murmuro tan bajito que no sé si me oyes.

Un chicle para tazas imaginarias

Tira de la manta hacia sí y el movimiento de la manta resulta imperceptible. Juan se gira, deja de mirar la nuca de Inés y salta de la cama. Se acerca a la cortina, la corre y pone la mano en el radiador que hay bajo la ventana. Primero, pasea sus dedos con delicadeza, luego los posa por completo. El radiador pica como un cubito de hielo. Juan abandona el dormitorio, tropieza con un camión de bomberos en miniatura, lo recoge y, al llegar al salón, sube el termostato. Antes de volver a la cama, se prepara una taza de leche caliente y, sin pensar, deja el camión de bomberos sobre el microondas.

Cuando el despertador irrumpe, solo se levanta Inés que repara en la ausencia de Juan al enjabonarse sola en la ducha. Se termina, con su parsimonia habitual, de asear. Vuelve al dormitorio. Juan no está. Se pasa por la habitación de Marina, su mocosa. No hay nadie. Cocina, salón, terraza. Parece todo en orden, excepto por su inédita soledad. Corre, una vez y dos veces más, por toda la casa. Nadie. Aunque nota que está semidesnuda, no se viste. Aunque busca su móvil, no lo encuentra ni en su sitio ni allá donde suele encontrarlo cuando lo olvida. Inés se lleva las manos a la tripa, suspira y, con el tercer suspiro, agarra el teléfono fijo. No da señal. Inés acaba sentada en la mesa de la cocina. Habla sola sin decirse nada y, mientras mira al infinito, se topa con el camión de bomberos de Marina.

El reloj de la cocina marca una hora nada arbitraria, a esa hora Inés y Juan, con la pequeña colaboración de Marina, deberían comenzar la limpieza general. Sin embargo, Inés está removiendo una taza imaginaria con la uña rota de su índice derecho. De repente, suena la puerta principal y, casi a un mismo tiempo, la risotada molesta con la que parece caricaturizarse a sí mismo Juan cuando hace una payasada ante Marina.

—¡Pero, pero, pero! ¿Se puede saber de dónde venís?
—¡Mira, mamá, chicles!
—¡Juan!
—¿Qué sucede, cariño? Hemos bajado a comprar mientras acababas de ducharte y, lo siento, es verdad, nos hemos entretenido. Ahora, nos ponemos a limpiar.
—¡Yo no! —grita Marina.
—¿Y el teléfono?
—Lo tendrás a saber dónde. Eres muy despistada con el móvil. Ni siquiera donde crees que está cuando no está en su sitio.
—¡El fijo, digo!
—¿El que dimos de baja porque jamás usamos?
—Yo —Inés hace una pausa y abre los brazos a Marina—, yo necesito un chicle, tesoro.

Una pareja ante la playa

La cafetería Tiburón se sitúa en un extremo de la Avenida Europa. El Casco Histórico queda a cuarto de hora, es decir, retirado para una ciudad pequeña. El techo está pintado de azul cielo. Las paredes presentan distintas tonalidades de amarillo.

—Todavía recuerdo el día en que elegimos la decoración. Justo veníamos de la Luna de Miel en Formentera —apunta la dueña—. ¡Éramos unos críos! Quisimos traer todo aquello a Toledo. ¡Vaya si la trajimos! Antes de pintar, cambiamos el suelo. Las baldosas, quemadas y marrones, son la arena.

Es media mañana. Todos los clientes, incluso los extranjeros, son residentes. Los turistas no se alejan del Casco Histórico. En la barra del Tiburón, se despachan los cafés con leche, los cortados, los manchados y los solos con hielo.

—Algunos, como Fátima y su chico, piden té rojo —indica el camarero de las mañanas—. El té verde, en cambio, nada. Aquí no tiene salida.
—¡Mejor tenerlo! —reflexiona la dueña—. Basta que un día un bolo se nos ponga payasete.

Entra la tarde. Los colegios de la zona liberan a los más pequeños. Dos policías locales llegan a la Avenida Europa. Una madre pita a otra madre. Un padre estaciona en un vado. Varios progenitores aparcan en doble fila. El agente más joven rompe a sudar mientras su compañera, más canosa, regula el tráfico. De repente, salen gritos infantiles del Tiburón.

—¡Pero hablo yo primero! —Un trasto se apunta a sí mismo.
—¡Anda, quita! —Su hermano, otro renacuajo, lo aparta y se centra en el móvil— ¿Mami?
—¿Mami? —El padre levanta la vista del iPad— ¿Pero qué hacéis llamando a mamá? ¡Dadme el teléfono ahora mismo! ¡No os lo digo más!

Al tiempo que Israel vuelve del baño, los diablillos echan a correr. Israel se topa con ellos, pero deja que sigan su curso. El padre se apresura en pagar la cuenta para salir detrás de su prole. Israel se gira, busca las pupilas de Fátima y sonríe.

—Nuestro futuro —Israel guiña el ojo izquierdo.

Fátima permanece inmóvil, excepto para llevarse una mano a la oreja.

Cae la tarde. Muchos deportistas se acercan desde la Escuela de Gimnasia, un viejo espacio reservado para los militares, ahora reconvertido en un centro deportivo municipal. Fátima y su equipo vienen de sudar la camiseta.

—¡No sé qué me ha pasado! Ni que tuviese manos de mantequilla —Fátima se hace pequeñita—. Lo siento, chicas. He estado ausente. Habéis jugado sin portera.
—¿Aquarius de limón o de naranja? —El camarero vespertino interrumpe.
—¡Anda, bolo! Hoy es viernes. Saca unos botellines —Fátima mira al infinito, en realidad, a las paredes amarillas, y en cierta forma, al sol de la costa balear—. ¡Quita! Mejor vamos a tercios.
—¿Tercios? ¡Hoy estamos animadas! —El camarero ríe más vacilón que sorprendido.
—Es un modo de decirlo —Fátima baja la voz y se rasca el pelo.

Las horas pasan. Mahou hace su agosto. El camarero de la tarde acaba su jornada. Las compañeras de Fátima ya no están.

—¿Estás bien, cielo? —se preocupa la dueña.
—Tuviste que haber visto al padre del iPad —balbucea Fátima.
—Veo a miles de madres y padres cada día. Mírame, Fátima. No me has contestado.
—¡Estoy fenomenal! ¿Por qué no iba a estarlo? Trajiste la playa a Toledo —los lagrimales de Fátima piden paso—, muchas gracias.
—Algo te pasa —la dueña insiste.
—Israel quiere construir castillos aquí —Fátima da un pisotón—, sobre estas baldosas marrones. Espera dos palas y un cubo. Espera un mocoso que le ayude.
—¿Y tú?
—¿Yo? Yo lo siento, pero la arena de playa no está para levantar castillos con enanos sino para echar un fútbol playa entre amigas.