Rebuscas

Me duele que me escribas,
con tu lápiz de ojos,
en mi servilleta,
las gracias.
Algo se revuelve,
son mis tripas,
pero ya has oído miedos mejores.
Sales con los ánimos de estos días.
Controlo mi respiración,
pero derramo la sopa en la servilleta
y se borran las gracias.
Rebuscas el lápiz en tu bolso.
Rebuscas no sé qué en mí.

Una disculpa en el reencuentro

Castillos de Escocia, molinos de Campo de Criptana. A saber. Te saqué tantas y tantas, pero le conociste por la foto de Leganitos. Una calle con todos los lamentos: los nuestros, los de su propio asfalto. Pero la pose, pero tu mueca.

No creas. Nadie me contó. Me topé contigo sobre aquel recuerdo gris de Leganitos. Ya ves. Yo también. Tinder es la nueva verdulería.

Rompiste con él y con el siguiente del otro más. Un día nos cruzamos por Atocha. Dos besos, un «no me quejo» y una disculpa por mi parte. Ya mediocre como marido, había sido peor como fotógrafo.

La excusa valiente

«Lo siento», dices,
y sonrío
pues lo dices
sin sentirlo
y, desde luego, no soy quién
para que sientas
nada.
No tengo por qué reprocharte
que la aurora austral
se dé en el sur.
Calma,
no, nada, no.
No tengo por qué reprocharte
que tus reproches
no me los dirijas a mí.
Bueno,
un café rápido.
No tengo por qué reprocharte
que la excusa valiente
la sientas en otro cuerpo.
Quizá,
será cierto, ya no sonrío tanto.

La vez que me pidieron insert coin

Mi camisa oscurecida y más allá de las axilas. Sudor everyfuckingwhere que diría mi ex, que no era angloparlante, pero que repetía chance, meeting, affaire. El affaire que tuvo conmigo al inicio, el que luego tuvo, overtime mediante, con su colleague. Así que acabamos en game over. Y todo para que al final me pidiese, cuando su colleague no abandonó a su pareja, como si la vida fuera una recreativa, insert coin. Pero esta vez no había calderilla. Pero esta vez los billetes estaban empapados de sudor y no me dieron cambio; bueno, para total sinceridad, ni siquiera pregunté por ese cambio.

Beatriz Supernova (7)

Me despierto por la respiración de Bea, una respiración que se ha vuelto muy intensa, una respiración que, sin transformarse en ronquidos, resulta un tanto ruidosa e irregular. Me despierto, secretos de una salud recuperada, empalmado. El apartamento de Bea sigue oliendo a cerrado y a ambientador. No tengo objeción, no puedo quejarme. Yo todavía vivo con el señor Mur y mi colaboración en la limpieza se limita a dejar deshecha la cama. Ayer, en la cena, Bea sacó el tema de la vivienda. Me habló, como sin querer, de la señora mayor de su apartamento: es su casera. Se lo alquiló así, con los muebles de otra época, con un ambiente a viejo que, a ratos, aparece. «Peor sería una peste a cañerías», sostiene Bea. No le falta razón. El apartamento, visto así, no está tan mal.

La almohada está pringosa. Se limpió el vómito —se enjuagó bien, se limpió los dientes—, pero no se desmaquilló. Gajes de la belleza. El maquillaje de ayer, el pequeño estrago de hoy. Me abrazo a Bea. Se mueve, pero no separa su cuerpo de mis brazos. Su maquillaje está por aquí y por allá; por la almohada —la suya—, por el arco de los labios que hemos compartido. Vuelvo a cerrar los ojos. Aunque no me quedo dormido, estoy a gusto. Bea, todavía dormida, se acurruca en mi torso. No ha perdido su toque. Vuelve a moverse. Su respiración —así como la persistencia de su cálido perfume— me recuerda que hacía tiempo que no me sentía en paz.

Dramático o dramatizado

¿Qué bobada es esa de irse con la cabeza alta? No seas imbécil. No te precipites. Puedes romper con ella, pero sin prisas. Si lo piensas, no te ha engañado ya que te lo ha confesado. Sois felices juntos y eso vale mucho.

Ya. Yo tampoco lo hubiese esperado. Lo sé, pero tampoco estás ante la decisión de tu vida. Has vivido momentos más delicados. Por ahora, un ron nos sentará bien. Tengo una botella a medias. Acabar algo juntos nos vendrá de lujo. ¡Qué vida! Pese a que somos amigos desde críos, cada vez nos vemos menos y para momentos así: drásticos, dramáticos o dramatizados. Mira. En esta foto, estamos los tres. Ella nos gustaba a ambos y no sólo a nosotros, sino a medio instituto. Tú la cautivaste. Te la llevaste.

Comparte tu tristeza, pero no te lamentes ahora de haber conocido un único amor. Yo, ya sabes, he tenido tres novias y me sirven para pedirte que rematemos cada copa de un trago. ¡Eh! ¿Qué dices de mis ligues de una noche? Apenas tuve un par. Soy, en el fondo, tan serio como tú. Nos puede la formalidad, pero esta noche va a ser distinta. ¡Basta de drama! Mientras llamo al radiotaxi, apura el ron. Salgamos y dejemos que la noche hable.

El taxi no ha salido caro y la entrada a la discoteca ha incluido una consumición. A tu salud. Es garrafón, pero mejor no darlo ninguna vuelta. Pensar mucho es malo. Beber lento, también.

Montaje y reparación de veletas (2)

Callados, Verónica perpleja y yo triste, regresamos a nuestros dominios, que en verdad pertenecían y siguen perteneciendo al BBVA. En nuestro apartamento de Santa María de Benquerencia, más conocido como el Polígono, no cesaba el eco de «la ostentosa relación entre el patriotismo y la masturbación». Entre mi tristeza y su asombro, no copulamos. Mientras mi pareja se duchaba por enésima vez, yo encendí el MacBook Pro y creé un documento ODT. La tipografía Helvética y el interlineado doble me hicieron encarar la provocación de Verónica. Pronto me vine arriba. A punto estuve de subirlo a Facebook y copiar su enlace en Twitter. Tras las correcciones, su última versión lucía con dignidad: «Viva España. Afirmación prudente, sin signos de exclamación ni brindis de sidra, dado que mi sentimiento es jurídico. Yo soy español, español, español. Repetición mesurada. Sin música ni goles de Iniesta, solo para recalcar que mi identidad se ajusta a derecho. Mi patria es España por casualidad legislada. Conforme a ley, soy español. Lo acepto. Hay nacimientos en Oporto y la mayoría de sus nacidos resultan portugueses». Lo imprimí. Luego me sentí mal por derrochar papel, pero ya no había vuelta atrás. Lo colgué en la puerta del frigorífico con un imán rojo del Bazinga de Sheldon Cooper. Me sentía un investigador del Instituto de Tecnología de California. Orgulloso me fui a echar una siesta tardía.

Montaje y reparación de veletas

Irrumpió el Mundial de Fútbol y todo lo demás prácticamente se olvidó. Recuerdo una tarde de partido, cerveza Mahou y pipas saladas. Estaba durmiéndome con el toque y la monótona superioridad de La Roja. Allí, sentado en una mesita del Otto Max, de esas que dan al sillón alargado del lateral, yo poco más le pedía a la vida. Acaso unos cacahuetes, pero no había que abusar de la simpatía de los camareros. En medio de un saque de esquina, Verónica, sin venir a cuento, me planteó «la ostentosa relación entre el patriotismo y la masturbación». Alarmado, me perdí un golazo de cabeza de Puyol. Más que nada por lo gratuito de la afirmación. Yo, católico aletargado, no era facha. Como consecuencia de una sexualidad fuera del matrimonio, por aquella época, vivíamos en pecado y difícilmente podía ser yo más papista que el Papa. A pesar de todo, es cierto, me quedé de piedra y me puse de morros. Así que exigí en la barra del Otto Max mi platito de cacahuetes, que para los pecadores, constituye la alternativa eficaz a una dura penitencia. Aquella noche, desganado, ya no querría ni follar. En cualquier caso, para disfrutar los cacahuetes, no hace falta hallarse de buen humor. El truco es simple. Basta tirar las cáscaras al suelo y acto seguido, pisarlas.

El vodka como estereotipo

Olga se detiene frente al ascensor sin pulsar el botón de llamada. Espera. Comprueba la hora. Sigue esperando. Resopla. Busca en su bolso. Mira a la pared, no al cartel de propaganda, sino a la advertencia de peligro. Da un segundo resoplido. Su pierna izquierda amaga, pero no se desplaza. La derecha, con un pisotón, protesta. Ruidosa, pero callada, Olga retoma su pequeña búsqueda. Minutos después, por fin, sus dedos emergen con un caramelo.

Varias plantas más abajo, Boris entra al aparcamiento del área restringida. Sonríe mientras sube al ascensor. Porta un maletín y una bolsa. En cuanto se abren las compuertas, Olga escupe su caramelo para morder los labios de Boris. El mordisco se prolonga. La sonrisa de Boris, perenne y mordida, contagia a Olga. Ambos sonríen. Ninguno se siente incómodo, pues no hay espectadores alrededor.

—Solo nos falta el vodka —Olga ignora el maletín, fija su vista en la bolsa y su gesto explota—. ¿Pero? ¡Esa no es la bolsa! Te retrasas y, para colmo, esto.
—Tranquilízate —se apresura un Boris todavía sonriente—, ya verás, aquí están nuestros trajes. Lo he comprobado. ¿Por quién me tomas?
—¡No fastidies! Ahí guardé los monos azules. ¡Siempre en Babia, cariño! Esto no es ninguna cadena de montaje. Aquí hay polvo radiactivo, fosforescencia y mierda tóxica. ¡Rápido! Baja al coche. Trae la bolsa plateada.
—¿La bolsa plateada? —La sonrisa de Boris caduca de sopetón— Me temo que no está en el maletero.
—¿En serio? ¿Bromeas? Esto es increíble, pero dejémoslo, vayamos al hotel. ¡Y vayamos ya!
—Es una opción, pero tampoco se encuentra en el hotel. Lo siento, vida mía. Quedó en Leningrado.

Los ojos de Olga se enrojecen. Un enrojecimiento que prende. Sus pupilas ya arden. Boris, bien reflejado en ellas, se consume entre las llamas.

—Estamos atacados, amor. Los nervios son malos consejeros —Boris reacciona con celeridad—. Respiremos hondo.
—Tienes razón —Olga llena sus pulmones—, pero solo veo una solución.
—Lo sé. Me imagino.

Boris abre su maletín, saca un formulario y se lo facilita a Olga. Aunque Olga lo rellena por su cuenta, ambos lo firman.

—Pues así, la inspección ha concluido —se lamenta Olga—, la central nuclear queda, de este modo, oficialmente verificada —Olga aprieta los puños y vacía sus pulmones—. ¡No lo pensemos más! Volvamos al hotel. Mañana nos toca la vuelta a Leningrado.
—De acuerdo, amor. Seguro que los parámetros permanecen en los rangos adecuados. Seguro que los dispositivos están intactos. Seguro que este formulario no contiene ninguna inexactitud —sentencia Boris—. Vivimos en la Unión Soviética. Contamos con la tecnología más puntera.
—Es cierto, cariño —Olga relaja sus manos y el aire fluye—, me enorgullezco de nuestra patria.
—Desde luego. Aquí nunca suceden crisis apocalípticas. Los reactores están bien mantenidos. El vodka es vodka. La vida vale la pena —Boris recupera su sonrisa—. Siempre sopla un viento limpio en Chernóbil.