Mi acceso al funcionariado (3)

Completada mi ingeniería en informática, accedí al sector privado, lo abandoné y me puse con el máster de profesor. A continuación, oposité no como docente sino como informático. Era septiembre de 2013 y puse mis ojos en la Administración General del Estado. A mitad de camino, también participé, de modo imprevisto, en un proceso selectivo del Senado.

«Ad astra per aspera» se convirtió en mi lema para afrontar las oposiciones. Es una expresión latina. A las estrellas a través de la adversidad. Explico mi interpretación. Jamás soñé con alcanzar las estrellas. De haber tenido esa potestad, no me hubiese ni siquiera acercado. Tampoco tengo madera de astronauta. Me ha impresionado siempre, eso sí, una noche repleta de estrellas. Las estrellas nunca han simbolizado mi objetivo, sino mis ganas. Atravesar la adversidad refleja los reveses que siempre depara la vida.

Mi acceso al funcionariado (2)

Había sofocado un fuego tras otro. Había estudiado duro durante un tiempo razonable. El primer ejercicio se acercaba. Era un test. Poco antes del día señalado, sin embargo, una idea me carcomía. No avanzaba en mi último repaso. Estaba en la biblioteca, como tantos otros días, pero me sentía extrañamente incómodo. Consideré todas las preguntas que desconocía. Las reuní y me imaginé un test con todas ellas. Aunque era una suerte suficientemente mala y parecía improbable, no terminaba yo de estar contento. Pretendía ser el mejor agonías y hundirme dramáticamente en mi miseria. Así que fui más allá y dejé volar lo peor de mi creatividad. Supuse a la vez, que ese examen imposible lo resolvían tranquilamente el resto de opositores. ¿De verdad?

Mi acceso al funcionariado

Mi mayor rival era el más sufrido, preparado e inteligente de los opositores. Era un clérigo enclaustrado que siempre estudiaba y nunca fallaba. A diferencia de mí, él iba tan sobrado que por las tardes, se metía en una cabina telefónica, salía de ella y se disponía a salvar el mundo. Por desgracia para la Administración Pública, ese superhéroe jamás existió. Bueno, quizá durante algún tiempo, dentro de mi cabecita. Sin restar mérito a nadie, supermán no concurrió a mis oposiciones. Mi mayor contrincante era una ilusión que yo mismo había creado. No digo que no hubiese competencia. La había. No obstante, competía contra humanos, no contra la élite de una maravillosa ficción. En momentos puntuales, fui absurdo y pasé miedo pues, envuelto en nerviosismos transitorios, no consideraba buenos opositores, sino auténticos gigantes.