Un dulce asco

Mitad de un camino olvidado,
mitad de un otoño para olvidar.
Un coche
—con alerón, pero sin publicidad—
derrapa en el Atlántico más próximo.
Nos empapamos.
El olvido se redondea,
pero te iluminas.
Aunque no te sigo,
caen las primeras risas del otoño,
unas que, de olvidadas,
no habían existido nunca.
Y el Atlántico era más lodo.
Y tu luz.
Y las antinieblas traseras embarradas.
El otoño se redondea.
Un dulce asco,
supongo.
«Pero mantengamos la amistad»,
me veo proponiendo
y asientes y me abrazas.
Y quedo calado por otro tipo de barro.
Un dulce asco.
A veces, no sé por qué hablo.
A veces, no sé por qué me cubro de asco.

El padre

Derecha, izquierda, derecha, pausa. A veces, sin darse cuenta, Uglu Virtanen marca tres pasos y detiene el cuarto tiempo. Uglu Virtanen es un traductor que calla tres lenguas. Domina una cuarta, el latín, para sus oraciones. No pide. No ruega. No suplica. Sólo se distrae. La repetición solemne es buena. En otro caso, imaginaría. Pensaría mucho. Recordaría todo. Su espalda, debilitada por algo más que la vejez, no podría con semejante carga. Izquierda, derecha, izquierda, pausa. Siempre que Uglu Virtanen sale a la calle, se cruza con su único hijo. En la fila del supermercado, frente a los escaparates o bajo las sombras del parque. En todos los lugares, su hijo. El psiquiatra, que también es su hijo, ha de tener razón. Cualquier otra hipótesis desafiaría las leyes de la muerte.

Al calor de la familia

Es tarde de Reyes, la cabalgata
edulcora los lamentos paternos.
En el «compro oro» se acepta la plata,
pero se caen los rizos maternos.

Su diadema no contiene más plata
que las canas de la enferma, su madre.
Los cabellos enfermos, vaya lata,
menuda lata, repite su padre.

Ya sin la diadema, compra una caja
de fideos chinos de marca blanca.
Regresa firme, pero cabizbaja.

Se lo cuenta a su padre escuetamente.
Abraza a su madre con tantas ganas.
Su madre sorbe lento, sorbe ausente.