Beatriz Supernova (8)

Los trenes, a menudo, presentan distintos modelos, pero llegan al mismo destino. Cada día me subo a uno y acabo, tantas veces, en la misma estación de llegada. No es menos cierto que, otras veces, los trenes simplemente comparten raíles, pero no vagones e, incluso si comparten vagones, las conversaciones —también las más trilladas— cambian. Las conversaciones pertenecen a los pasajeros y todo pasajero, he de admitirlo, deja su impronta, su vaho sobre la ventanilla. En cualquier caso, lo del tren y la vida es una estupidez, un cliché de tantos y tan estúpidos. Siempre hay trenes con frecuencias y horarios regulares. Basta consultar un folleto, una página, una milésima de un día. En la vida, aunque de un modo menos señalizado, vuelven a pasar todos los trenes. Todos y siempre. Todos, aunque bien pueda ser a cámara lenta en el final de mis días. Todos, pues ese final realmente cuenta. Todos y en breve. Todos y ahora. Todos.

El tren que estoy perdiendo en este instante, de cualquier manera, no es necesariamente el mejor de los que he perdido y, lo que es más, bien podría volver a su estación de origen.

Beatriz Supernova (7)

Me despierto por la respiración de Bea, una respiración que se ha vuelto muy intensa, una respiración que, sin transformarse en ronquidos, resulta un tanto ruidosa e irregular. Me despierto, secretos de una salud recuperada, empalmado. El apartamento de Bea sigue oliendo a cerrado y a ambientador. No tengo objeción, no puedo quejarme. Yo todavía vivo con el señor Mur y mi colaboración en la limpieza se limita a dejar deshecha la cama. Ayer, en la cena, Bea sacó el tema de la vivienda. Me habló, como sin querer, de la señora mayor de su apartamento: es su casera. Se lo alquiló así, con los muebles de otra época, con un ambiente a viejo que, a ratos, aparece. «Peor sería una peste a cañerías», sostiene Bea. No le falta razón. El apartamento, visto así, no está tan mal.

La almohada está pringosa. Se limpió el vómito —se enjuagó bien, se limpió los dientes—, pero no se desmaquilló. Gajes de la belleza. El maquillaje de ayer, el pequeño estrago de hoy. Me abrazo a Bea. Se mueve, pero no separa su cuerpo de mis brazos. Su maquillaje está por aquí y por allá; por la almohada —la suya—, por el arco de los labios que hemos compartido. Vuelvo a cerrar los ojos. Aunque no me quedo dormido, estoy a gusto. Bea, todavía dormida, se acurruca en mi torso. No ha perdido su toque. Vuelve a moverse. Su respiración —así como la persistencia de su cálido perfume— me recuerda que hacía tiempo que no me sentía en paz.

Beatriz Supernova (6)

Mi apagón interno persiste. Todavía no he eyaculado, pero Bea se detiene de golpe. Rompe a llorar. Me suplica que me vaya, que desaparezca. Mientras me marcho, Bea se disculpa por haberme utilizado. Se lamenta, hasta que de repente y sin parar de llorar, me abraza. Aferrada a mí y con un temblor en la voz, me descubre sus fantasmas. Quería vengarse del tal Alfredo Cebollada; me había olvidado de él, si es que alguna vez lo recordé. Nuestros cuerpos continúan pegados, pero no sé qué decir. Vivimos tiempos extraños. El abrazo de Bea es una demanda de auxilio, pero me veo incapaz de ayudarla. De un tiempo a esta parte —desde lo de mi madre—, hablo poco, me noto débil y huyo ante cualquier berenjenal. Bea, que sigue desnuda de cintura hacia arriba, aprieta mi cuerpo. Siento sus pechos y, de alguna manera, su alma. Está abatida. Me produce un hormigueo, tal vez por compasión. Me da lástima, pero no puedo hacer nada. Me zafo de su cerco y me subo los vaqueros. No sé qué hacer. Tengo la piel de gallina. Dejo el sobre del azucarillo —completamente arrugado— sobre las sábanas. Me decepciono a mí mismo y me marcho. Su perfume se evapora de mi ropa poco a poco. La erección no me ha bajado. Es lo de menos. Nadie se muere por un calentón.

Beatriz Supernova (5)

Entra una chica y, de súbito, caigo. No hay duda. La reconozco al vuelo. Es Beatriz Supernova. Sin embargo, no la conozco de la discoteca Supernova, sino de unas jornadas para jóvenes emprendedores. Supernova era un proyecto piloto en el que estuvimos involucrados. Aunque, en su momento, llegamos a contactar con un vivero de empresas, el proyecto no cuajó y enseguida, nos olvidamos los unos de los otros. Ahora eso es agua pasada y simplemente espero, sin hacer ningún gesto, a que la chica me localice. Me pregunto por qué me habrá llamado, qué esperará de mí. Es extraño que haya conservado mi número, claro que yo, por pereza al limpiar la agenda del móvil, he hecho lo propio con el suyo. Desconozco si me reconocerá. Mira a un extremo y a otro. Acude a la barra, a la camarera del Momo. Hablan. Vuelve a mirar por todos lados. Finalmente detiene sus ojos en mí —posiblemente en mi nariz, es lo que más resalta— y se acerca. No hay duda. Ahí viene. Me ha reconocido. Aquí llega. Me saluda, me invade su perfume y tras su saludo, dejo el azucarillo que no he echado al té. Me pide que la llame Bea. Aunque accedo, en verdad, no sé qué decir. Tampoco importa. Bea habla por los codos, habla por ambos. Me pregunta, de pasada, por un tal Alfredo Cebollada. Es un amigo, en principio común, pero lo conoce mejor ella. En realidad, no es mi amigo, a lo más, un conocido de esos que soy incapaz de situar. Pese a ello, Bea me cuenta que ese tipo también asistió a las jornadas sobre emprendimiento. No me despierta ninguna curiosidad. Asiento por asentir, vuelvo a coger el azucarillo y Bea, ya satisfecha, cambia de tema.

El té —lo que queda de él— se ha enfriado. Nuestro diálogo —más bien su monólogo— se prolonga. Echo, sin saber por qué, el azucarillo a la taza. Bea es preciosa. A lo tonto, me propone comer juntos. No me apetece. Estoy apagado, vivo en un apagón. Me quedo callado y sube su oferta. Habla de invitarme. No suelto palabra. Doy un sorbo al té; resulta demasiado dulce. Bea insiste con un tono de esos que se oyen en el cine, un tono que insinúa, un tono que me excita. Sería mi día de suerte, no lo dudo, pero nada, aunque excitado, me encuentro alicaído, gris, desganado. Prefiero los macarrones que llevo en la bandolera, los que me preparó el señor Mur, los de la receta de Paco. Se me ocurren, de porrazo, mil inconvenientes. Habla mucho y yo no tengo nada que decir. Estoy cansado. Tampoco es el momento de una aventura. El caso es que Bea, más allá de su palique, tiene algo. Seguro que es una fiera, una de esas que me destrozarían al primer polvo. Aun así, sigo cansado. Busco el azucarillo —necesito sujetar algo— y solo queda su sobre abierto, rasgado. Doy otro sorbo al té. Un té dos veces echado a perder: por su enfriamiento, por el dulzor. Analizo, con prisas, mis excusas. Elijo la del cansancio, es la más correcta, pero llega tarde. No empiezo a excusarme, cuando Bea —y no solo su cálido perfume— invade mi espacio personal y me besa, o más bien, me come los labios. No olvido mis pretextos, pero ella no olvida mi boca. Bea acapara mi boca por completo. Sigo sin ganas, pero no soy de piedra. Salta alguna chispa. Mi tibieza se va calentando. Su lengua tumba a la mía. Quedo en desventaja. Bea gana. Dejo de resistirme. Cedo. Caliente y con el sobre del azucarillo en la mano, me dejo llevar por Bea. A veces, lo mejor es dejarse llevar.

Beatriz Supernova (4)

El señor Mur apaga la televisión y prepara la segunda tanda de tostadas. Aunque su cuchillo carece de punta y su sonrisa es la de todos los días, hoy me pregunto si ese cuchillo es el mismo que clavó en mi espalda. El señor Mur, hasta hace poco, era Paco, mi padre. Todo ha cambiado. Él no lo sabe, pero los secretos saltan a la luz. Uno se entera. A veces, leyendo. Así es. Me enteré. Lo leí. Lo sé todo. Esta cocina ya no forma parte de mi hogar. Esta cocina es una salita de espera. Espero noticias. El señor Mur, aún sonriente, pero en Babia, parece un cobarde, de esos que arrojan la toalla. Da igual. Su hermetismo no es lo que me afecta. Ya conozco el notición, incluso los detalles.

Contrariado por la seriedad de mi rostro, el señor Mur ralla más queso del habitual. Abre la nevera y saca un plato de macarrones. Su olor me derrite la boca. Los pasa a una fiambrera que, a continuación, guarda en mi bandolera. Los macarrones son a la boloñesa. Son mis favoritos. Me gustan tanto que resulta imposible. Ojalá los pudiese odiar, pero son aromáticos y deliciosos, nada vomitivos. Consiguen, incluso en este momento, proyectar luz sobre la oscuridad de mi alma. El señor Mur me los prepara todos los lunes para facilitarme el comienzo de la semana.

Precisamente fue un lunes cuando la esposa del señor Mur, que por entonces era mi madre, falleció. Luego vendría el papeleo. En uno de los trámites, siempre sencillos, el notario se confió. Con dejadez, posiblemente sin prestar atención a lo que hacía, me entregó el diario olvidado, tal vez secreto, de la fallecida. De estilo pobre y tono aburrido, seguí la lectura más por respeto que por interés. Resultaba monótono hasta que, hace unas semanas, alcancé el día de mi nacimiento. El diario no hablaba de un parto sino de una adopción, que en realidad, allí descrita, no tenía nada de adopción. Había sido un robo. La descripción era detallada. No había duda. Había sido un robo como los que cuentan en las noticias. A mi madre biológica le hablaron de un niño muerto. La fallecida sabía perfectamente la procedencia de aquel niño, es decir, mi origen. El señor Mur, que contaba con la simpatía de las medianas esferas, había intercedido para, en palabras de la fallecida, «ofrecer un futuro al retoño de aquella joven de malvivir». Desde que leí aquello —desde que lloré con aquello— soy un extraño para mí mismo, un extraño asustado ante el apagón de su vida.

Beatriz Supernova (3)

Es imposible quitarse a Beatriz Supernova de la cabeza. Bea tiene algo, algo tan firme como sus pechos, a lo mejor como sus labios, pero no somos —ni seremos— pareja. No lo somos cuando me clava las uñas al fingir —o experimentar, aunque con esa precisión, no sé yo— una corrida al mismo tiempo. No lo somos cuando, mientras me alejo de su apartamento, me cruzo con su culo en los vestidos ajustados de las tendencias de hoy en día. No lo somos cuando imagino la complicidad de su mirada en el falso lésbico de dos actrices porno. No lo somos cuando, con la mano izquierda, pensando en ella o en cualquiera, me masturbo. No lo somos. No lo somos, simplemente no lo somos y eso es todo. Bea sale de una relación complicada, de los desvíos de mirada de Alfredo Cebollada. A veces, es cierto, no lo niego, me ha propuesto lo que podría verse como un paso, por ejemplo, afeitarme la barba. No sé si esa propuesta es típica de una relación de pareja. Pudiera ser. Yo —no sabría explicarlo, al fin y al cabo, me da igual mi vello facial— he accedido a afeitarme. Son cosas que se hacen. Pese a que Bea tiene algo, tengo claro que no le convengo. Me encuentro algo más animado, pero no es suficiente. Hablo lo justo —Bea me ha sonsacado cosas sobre mí, pero no le he confiado ninguna anécdota simpática— y, por esto o por lo otro, nunca escapo de mi apagón interno. Vivo en mitad de una encrucijada y, por ello, no somos —ni seremos— pareja.

Beatriz Supernova (2)

Las últimas semanas me han enseñado a conjugar algunos verbos vomitivos. En primera persona del plural, el pasado de «apostar» es, en el mejor de los casos, «teníamos» y su futuro, sin duda, «perderemos». No hablo de una probabilidad adversa, sino de una cronología. No son los efectos de una suerte venida a menos por un par de manos ingratas. Se trata de tres sucesos en escrupuloso orden de aparición: tener, apostar, perder. Eso es la vida. Esto es nuestra vida. Vivir conlleva apostarse a uno mismo y, por tanto, perderse —ni siquiera jugarse— el futuro. Evaristo Páramos lo resumió con su «morir democráticamente», ante lo que yo, a diferencia de él, he aprendido a callarme.

Beatriz Supernova

Tras salir del piso de Verónica, Bea me invita a su apartamento. No me lo pienso: pongo una excusa, una cualquiera, la primera. Me niego. Está muy borracha. Rehúso. Ha hecho un amago de vomitar y apenas se tiene en pie. No es plan. Le beso la frente y le paro un taxi. En ese instante, me vomita encima. El taxista lo ve y se niega a acercarla. Discuto —sin energías— con él, resulta inútil. No cede, no quiere arriesgar su tapicería. Me temo que nos va a tocar andar.

A mitad de camino, Bea se abraza a mí y se mancha de su propio vómito. Supongo que lo nota, supongo que le da igual. No se separa de mí. El tiempo se congela. Posa su cara en mi cuello, me besa detrás de la oreja y su perfume me invade. Sube sus labios lentamente, sin prisas. El mundo detiene su giro para nosotros. Empieza a lamerme el lóbulo de la oreja izquierda. Sigue con mi mejilla. Para por mi nariz. Baja hacia mis labios. Me los come. Su aliento apesta, pero no importa. Me agarra, a la vez, el paquete; primero por fuera, luego por dentro de los vaqueros. Todavía llevo su vomito encima, pero incluso así me la pone tiesa.

—Ya no estoy tan borracha. —Eructa—. Perdón. Estoy mejor, estoy bien.