Mi acceso al funcionariado (2)

Había sofocado un fuego tras otro. Había estudiado duro durante un tiempo razonable. El primer ejercicio se acercaba. Era un test. Poco antes del día señalado, sin embargo, una idea me carcomía. No avanzaba en mi último repaso. Estaba en la biblioteca, como tantos otros días, pero me sentía extrañamente incómodo. Consideré todas las preguntas que desconocía. Las reuní y me imaginé un test con todas ellas. Aunque era una suerte suficientemente mala y parecía improbable, no terminaba yo de estar contento. Pretendía ser el mejor agonías y hundirme dramáticamente en mi miseria. Así que fui más allá y dejé volar lo peor de mi creatividad. Supuse a la vez, que ese examen imposible lo resolvían tranquilamente el resto de opositores. ¿De verdad?

Aire manoseado

Mientras el tribunal delibera a puerta cerrada, Elvira recorre el pasillo de un extremo a otro, una y otra vez. Al ser un espacio concurrido, Elvira se hace invisible a ratos, pues aparece y desaparece intermitentemente, al menos, de la vista de sus familiares.

—Serénate —Fran, su hermano, aprovecha una de las aproximaciones de Elvira—. Soy yo quien ha presentado su tesis. Tú no te juegas nada.
—¿Yo? Si estoy la mar de tranquila —Elvira echa un vistazo al reloj—. En un momento, estás aprobado. El caso es que me cuesta respirar cuando otros respiran mi aire.
—No empieces con la tema.
—Tres son multitud y más cuando por anatomía, se suman seis pulmones. El aire queda muy respirado, así como manoseado, sin calidad. Aquí habrá tropecientas personas —Elvira vuelve a mirar la hora—. Mejor me voy a fumar.

Elvira sale por la puerta más cercana. Al ir a encender un cigarrillo, por un temblor en sus manos, le resbala el mechero y se quema ligeramente una de las mangas de su jersey. Elvira patalea e intenta todo. Sopla y echa saliva. Restriega con la mano y con un pañuelo. El tejido, con todo, queda agujereado. Ya no hay tiempo para fumar. Su madre ha ido a buscarla.

—¡Ha aprobado! ¡Entra!
—¿Ahora? ¿Tan de repente? Vaya —Elvira piensa en el tabaco.
—Sí, así es. En una salita, han preparado un cóctel. Han venido sus amigos, sus profesores y su director de tesis.
—Una salita suena a sala pequeña y tanta gente parece mucha gente. Te apuesto lo que quieras. No habrá aire de calidad para todos.
—¡Déjate de bobadas, María Elvira, y entra! La guerra que no me has dado de pequeña, me la das ahora.

Elvira entra a la salita. Ahora el invisible a ratos es su hermano, que está rodeado de colegas. Cuando lo localiza, en lugar de acercarse a él, Elvira grita la enhorabuena y aunque Fran no se entera, para ella queda felicitado. La celebración continúa. Fran atiende a los invitados. Elvira se mueve de un sitio a otro sin parar en ningún lado. Coge refrigerios que no acaba. Mira una y otra vez la hora. A veces, se arrima a una esquina, inhala aire, lo expulsa y tose. Al toser, se dice a sí misma «lo sabía, mira que lo sabía».

En un restaurante de los caros

Aunque continuaste con naturalidad,
una sorpresa saltó por tus ojos.
Tu ceño, en un no visto, a medio fruncir.
Escuchaste mis tripas.
Las escuchaste
y no fueron las tripas
sino el instinto
lo que, por un suspiro, te incomodó.
En el siguiente suspiro, el mío,
noté tu incomodidad
y me inquieté.
El camarero trajo la carta de postres.
Habían sido dos suspiros,
pero parecían tempestades.
No pedimos nada.
Aceptamos, eso sí, unos chupitos.
Pusieron un licor de la casa.
En realidad, el restaurante no era tan caro.
No dejamos propina.