Los días de lluvia sirven para follar

Las lluvias duran poco, casi nada, no empiezan.
Esta vez ya pasaron y no fueron.
La próxima vez serán, me dices.
Ya lo verás, me insistes.
Luego te desabrochas el sujetador
y pones un rock suave.
Dejamos que un punteo nos cubra.
Te sientas sobre mí
y pones tus pechos en mi barbilla.
La próxima vez serán, me repites.
Ya lo verás, me sonríes.
Dejamos que nuestros cuerpos se busquen,
que nuestros dedos se encuentren.
Nos encendemos y nuestras gónadas se calientan.
Mi boca se hace tuya.
Tu culo, lo siento,
pero no puedo concebir más concepto que tu culo.
Irrumpen nuestros genitales.
Punteo tras punteo,
penetración y ritmo.
Días sin lluvia, momentos a la sombra.

Spotify en un abril confinado

«Una noche sin ti» y «Esto es un atraco», ambas de Burning y la segunda en directo junto a Sabina. La reproducción aleatoria de «canciones que me gustan» en Spotify arranca fuerte; de cuando La Elipa no contaba con una parada de Metro.

La tercera es «Personal Jesus», no la original de Depeche Mode, sino la versión a cargo de Johnny Cash. He de admitirlo, apenas aprecio la música de Cash. Carezco de tal sensibilidad. Me encantan, sin embargo, las versiones que se sacaba de la manga: «Hurt», «One», «I Hung my Head».

La cuarta es una de Phil Collins, cantante al que apenas escuchaba, al que voy descubriendo sin prisa y con infinitas pausas. El tema, en concreto, es «Another Day in Paradise».

La quinta es un descubrimiento muy reciente y aislado: «Snake Charmer», tema interpretado por Parov Stelar y Kovacs. No sé muy bien quiénes son, no sé cómo llegué a ellos, pero suenan bien.

La sexta es «Louco (por ti)», una canción portuguesa, pero no un fado. Portugal, como todos los sitios, es algo más que sus tópicos. La interpreta Mafalda Veiga con la colaboración de João Pedro Pais. O viceversa. Bien pudiera ser un tema de João Pedro Pais en el que colabora Mafalda Veiga. De Mafalda Veiga, recomendaría «Por outras palavras» y «Cúmplices», aunque la más conocida sea «Cada lugar teu». No se trata de rock, sino de pop de cantautora.

La séptima es «Dream On» de Aerosmith, una obra maestra que, además, como curiosidad, serviría de base para «Sing for the Moment» de Eminem.

La octava es «House of the Rising Sun», interpretada —y popularizada— por The Animals. Es una canción popular cuyas raíces se remontan al siglo XIX. La protagonista original, si no me columpio, era una chica que trabajaba en un prostíbulo y no un borracho ludópata. Existen, no obstante, multitud de versiones.

La novena es mi favorita de los Rolling Stones: «Paint it black». Ni la canción ni el grupo necesitan explicaciones.

La décima —y última de la noche— es «Apply Some Pressure» de los británicos Maxïmo Park. Se trata de una banda de los años 2000 formada en Newcastle. Durante un tiempo, me aficioné a ellos.

Música para confinarse (2)

«Dirty Blvd» es el relato de un niño, sin sueños, que sueña con crecer y matar a un padre que lo maltrata. Una maravillosa creación, un texto doloroso, una descripción oscura, una inmensa interpretación, otra genialidad de Lou Reed. Su versión de estudio, en el «New York» (1989), conmueve. Existen, a lo largo de los años, distintas versiones en directo; personalmente me quedo con la del «Animal Serenade» (2003) por la potencia e intensidad que alcanza a mitad de actuación. Al final de la canción, a propósito de un libro de magia, aparece la esperanza de escapar volando del bulevar.

El guitarrista

Aquel día Ernesto Julca observaba su guitarra. Había una pena instalada en ella. Una aflicción que se condensaba en cada arpegio. Cada sonido nacía siendo un cálculo errado. Esa balada dolida era el ataúd que reposaba en lo alto de un columpio. ¿Qué dedos sabrían juguetear con la Gibson Les Paul? ¿Quién sostendría la púa? Era septiembre. Ernesto Julca se marchaba. Su vieja Gibson lo sabía. Nadie podía evitar la lágrima sonora. Nadie la evitó.

Música para confinarse

No he visto el documental «Mujeres en pie de guerra», pero he disfrutado su banda sonora, obra de Loquillo. «Mujeres silenciosas, mujeres silenciadas, en pie de guerra permanente, al final del túnel la libertad robada».

Últimamente me obsesiona una canción del «Berlín» de Lou Reed, una canción lóbregamente amarga que transmite una tristeza nítida. Se trata de «The Bed». Es una canción que empieza en otras canciones, de hecho, el álbum «Berlín» se conforma como una secuencia. En la canción anterior, en «The Kids», la protagonista ha perdido a sus hijos porque dicen que es mala madre. En «The Bed», la mujer se suicida. La canción termina con un inquietante: «But funny thing I’m not at all sad that it stopped this way».

Estoy descubriendo, mejor tarde que nunca, a R.E.M. a los que hasta ahora no había prestado ninguna atención. El disco «Automatic for the People» es joya tras joya. Destaco «Drive», «Everybody Hurts», «Monty Got a Raw Deal», «Man on the Moon» y «Find the River», pero no descarto ninguna.

En 2009, Love of Lesbian volvieron al taxi en cuya ventana el final se hizo vapor de cristal. El álbum «1999», salvo un par de temas accesorios, es una obra magistral. Para redondearlo, los videoclips de Lyona son una delicia. Mi canción predilecta, y la de tantos, es «Club de fans de John Boy». No obstante, «Segundo asalto», «1999» o «Allí donde solíamos gritar» no se quedan atrás. Soberbio. Fuera de este álbum, disfruto muchas de sus canciones, pero de una manera muy desordenada, sin organización alguna.

Cuatro canciones lentas de Rosendo y dos de Leño

«A la sombra de una mentira», bien en Carabanchel con Luz Casal, bien de estudio, inocula una sensación que impide, durante unos instantes, gesticular. Constituye un reproche a una ausencia: «¿Dónde estás que tan poco se te ve?». Transmite, desde luego, una súbita desilusión. Trata de la confusión, del sufrimiento, de una incomprensión hasta la tumba, de un desasosiego que confluye en el abandono hacia uno mismo. Si bien, a la vez, se niega a aceptar tan mediocre realidad.

«Del pulmón» es el resumen de un amor no correspondido: «uno quiere y otro no». La temática es sencilla, así como la letra, pero la melodía envuelve el conjunto no solo como un guante, sino como el papel de uno de tantos regalos que nos ha legado Rosendo.

«Entonces, duerme», que cuenta con una versión en la que Los Enemigos ciertamente superaron al maestro, comparte temática con la anterior, pero con sus oportunas diferencias. Primero, la letra es más rica. No por ello mejor. A veces, la sencillez es un premio. Ambas son grandes himnos. Segundo, el protagonista, que haría de parte rechazada, no aparece resignado, por lo menos, no por completo, entre otras cosas, cuenta con «un rincón donde sabrá defenderse».

«No son gigantes» es cargante y, a un mismo tiempo, deliciosamente bella. Ante un equívoco del protagonista, la canción empieza como un pesado lamento repleto de impotencia, pero según avanza, ya en el estribillo, desemboca hacia un «no son gigantes, no le des más vueltas».

«¡Qué desilusión!», de la época de Leño, describe la importancia de la música, la manera en la que el rock es un arte y como una simple canción reconforta cuando uno viaja solo en su vagón. También de la época de Leño, «La Fina», pero ya no adelanto más.

Hasta aquí mi mera interpretación de estas seis canciones, con las cuales, podría haber patinado: Rosendo resulta críptico.