Recuerdos quemados

Le abro la puerta. «No me drogo, no siento nada», me suelta sin decirme quién es, a qué viene. Trae la cara roja y un poco de sudor. Su cuello parece el rocío de una amapola. Es como si hubiese venido al trote. Se cuela, sin ser invitada, en la cocina. Sin desplazarme, pivoto sobre mi pierna izquierda como un alero y veo su culo. Qué culo. Es miel. Camina embarrando el suelo. No me importa. No es su culpa. En esta ciudad, no sé por qué, siempre están alquitranando las calles. Vivimos para los coches. Al final, te alquitranas y se te queda la pezuña alquitranada. También los pulmones.

―¿No me vas a invitar a un tempranillo? ―Me sonríe, pero no contesto nada―. ¿Qué te pasa? ¿No hablas?
―Discúlpame ―me arranco por fin―, últimamente estoy ausente.
―No te preocupes, pero me debes todavía el tempranillo.
―¿Te puedo preguntar quién eres? ―Le sirvo la copa―. ¿De dónde sales? ¿Qué buscas?
―¿No me digas que has olvidado el rinconcito donde perdiste la razón? ¿La vereda que quedaba tras el patio trasero de tu casa?
―Me confundes.
―En absoluto. Me veías pasar cada tarde, a veces, te unías e íbamos juntos. Ya hace tiempo, éramos jóvenes.
―Insisto. Me confundes. ―Su culo sigue siendo mi perdición, pero empieza a asustarme―. Yo nunca fui joven.
―¡Anda! Te impusieron las costumbres, pero mira, al menos, no acabaste de abogado.
―Tampoco de indio.
―Por eso, por eso mismo, estoy volviendo a tu vida, para sintonizar, para no irme. Ponme otra copita y hablemos, pero acompáñame, mira tú, que sola no me sienta muy bien.
―Una ―Me pongo una copa poco cargada, comparada con la suya, resulta un culín―. Una copa. Luego te vas.
―No, ya te he dicho que no, al menos, mientras me debas tanto.
―¿Qué te debo?
―Un tercer tempranillo y la parte de dar que a ti te toca. No te escondas como un alacrán, por favor. No soy una superheroína, no podré salvar tu mundo. Apenas el mío.
―Sigues confundiéndote. ―Aunque, poco a poco, el caso es que su cara, no sé, la he visto antes―. De verdad, no nos conocemos ―quizá miento―. De verdad.
―No, simplemente no quieres recordar. ¡Recuerda unas pocas horas, un olor, un día de enero!
―¿Un día de enero, dices? ¿Olor de tierra mojada? No sé ni por qué te lo cuento. Fue hace mucho. Salí desnudo a la calle y, de vuelta a casa, ya en verano, con todos diciéndome que no había pasado nada, algo cambió en mí. ―Se me escapa una lágrima furtiva―. No volví a ser el mismo. De vez en cuando, me pregunto si estoy loco.
―¡No! En absoluto. El problema es la realidad.

Se salta las convenciones entre desconocidos y asalta mis labios, mi barbilla y mis labios de nuevo. Su lengua sabe a cereza, a uva, a vino. Huele, no me había dado cuenta, a algodón de azúcar. No sé hasta qué punto me disgusta. No sé a qué viene ese pensamiento, pero jamás me gustaron los perfumes dulces. La aparto. Se detiene, pero no se queda cortada. Sonríe.

―¿Sabes? Aquel día de enero, también salí desnuda, pero yo no regresé por verano.
―¿En serio? ¿Estuviste en el psiquiátrico?
―Estuvimos juntos.
―Lo siento. Al quemar todos mis recuerdos, muchos prendieron.
―No te preocupes, ya es pasado. Ya arreglaremos cuentas, ya volveré a comerme tus labios.
―¿Y estuviste mucho?
―A ver. ―Consulta su reloj―. Estuve hasta hace hora y cuarto, pero ya es pasado. Se acabaron las drogas, tantas recetas, todas las pastillas. ―Me guiña el ojo izquierdo―. ¿Para qué queremos la palabra de nadie si todo lo que soñamos está en las entrañas? ―Vuelve a besarme, esta vez ignoro su perfume y veo caer las telarañas de nuestros corazones.

Portugal como buen vecino

Literatura, música, costa atlántica, buena cocina, un idioma que se parece al castellano.

Una lengua que, de oídas, no resulta inmediata, pues tienen varios sonidos vocálicos: vocales nasales, abiertas, cerradas. Sin embargo, entender su expresión escrita es asequible sin un estudio previo. Por lo menos, ese fue mi caso, pues jamás he estudiado portugués, si bien, lo confieso, he indagado un mínimo.

Un día de tantos, pensé en la influencia que ejercía —y sigue ejerciendo— el mundo anglosajón sobre nosotros y me decidí a adentrarme en los mimbres de otro país. Por cercanía, la opción clara era Portugal. Descubrí al cantautor Jorge Palma. También a los cantantes Pedro Abrunhosa y Mafalda Veiga, a la banda de rock Xutos & Pontapés.

Poco más tarde, en un visita a Oporto, me hice con una novela de un joven que acababa de ganar el Premio José Saramago. Este joven era Gonçalo M. Tavares, con su novela Jerusalén. Me encantó. Era dura, muy dura y tan exquisita. Para mi sorpresa, la lectura en portugués resultó fluida. Del mismo autor, una serie de libros englobados como El Barrio, pero en español, creo que traducidos bajo El Reino. Entre ellos, destaco El Señor Henri.

Hasta aquí, mi limitado conocimiento del país vecino.