El ascensorista

Aquel día Ernesto Julca tenía bajo su custodia un ascensor. No descuidó a los usuarios. Anotó cada subida y el conjunto de bajadas. Todos avanzaban hacia la cúspide en una peregrinación quimérica. Una travesía que desafiaba la naturaleza humana, esto es, la propensión silenciosa que nos inclina a la tierra en vez de al cielo. Por tanto, el ciclo sólo podía acabar con un descenso ulterior. Una vuelta, en palabras de Ernesto Julca, al inflexible reglamento gravitatorio.