Tomás y el hámster gafe

La respiración de Tomás se aceleró al encontrarse ante el baúl que no debía abrirse, incluso si ya estuviese abierto, porque jamás habría ni de tocarse. Hasta ese punto, Tomás había saqueado su propia casa poniendo todo patas arriba. Abrigos por aquí, pelotas de tenis a los pies de la jaula de Atila, manzanas fuera del frutero, yogures sobre la vitrocerámica. Un desastre. Había revuelto armarios, estanterías e incluso la mesita de noche de su padre. Mucha agitación. Se había subido a la encimera para alcanzar los cajones superiores de la cocina. Tomás bien pudo haberse caído y romperse el fémur, pero había pensado que el peligro era mínimo, pues Atila, que era su hámster gafe, seguía en su jaula.

Modelo de seriedad

Vibra el móvil. Me llama mi padre. Me querrá felicitar. Hoy cumplo veintidós años. Seguro que se lo ha recordado Lorena, su pareja. No le cuelgo, pero tampoco le contesto. La vibración es corta. Mi padre tampoco insiste mucho. Ambos pensamos en una fecha. Fue hace once años.

Aquel día, como tantos otros, oí a mi padre. Era su portazo habitual. Eran sus pasos apelotonados. Era él. Había entrado en casa, como siempre, sin saludar. No pasó, ni siquiera ese día, al salón. Aquel día tampoco se acercó a verme. Le daba igual. Poco importaba que hubiese una piñata. Como consultor financiero, mi padre era un hombre práctico, formal y serio. Mi undécimo cumpleaños era un capricho de su esposa, mi madre. Sus asuntos eran otros. Yo no era más que una boca que alimentar. Mi padre me lo recordaba con frecuencia. Tras el divorcio, sorpresas de la vida, me enteraría que mi padre, en realidad, hacía menos dinero que mi madre. Sin embargo, por entonces, todos pensábamos que él traía el pan a casa. Y, por ello, le permitíamos pasar de esos caprichos de mi madre, incluso cuando ese capricho era un hijo, en este caso, yo, su primogénito. Sus asuntos, lo teníamos asumido, eran otros. Los hermanos éramos un gasto en toda regla.

Mi padre, sin parar por el salón, anduvo el pasillo. Se metió en su despacho. Alcanzado ese momento, eché en falta un segundo portazo. No sonó. No obstante, visto en retrospectiva, tampoco fue tan raro. Mi padre, malhumorado, pero obsesionado con las apariencias, probablemente intentase no alarmar a mis amigos. A lo mejor, quién sabe, luego mis amigos se lo hubiesen contado a sus padres. Era obvio. Mi padre no quería perder su fama de serio y formal.

A escasos metros, en el salón, la piñata reventó. Noté dos ausencias. La ausencia prevista, la de mi padre, y una segunda, la que me decepcionó, la de Lorena, que por entonces era mi canguro. Aquel día Lorena no trabajaba, pero había venido por mí, a celebrar mi cumpleaños. Las chucherías cayeron. Mis amigos se lanzaron a por ellas. Mi padre permaneció ajeno, protegido por la puerta de su despacho. Yo me centré en coger regaliz, pues era el único vicio de Lorena.

El tiempo voló. La celebración acabó. Mi padre seguía en su despacho. Era tarde. Lorena se habría ido ya. Mientras me comía su regaliz, mi madre me pidió que pasase al despacho de mi padre. Mi madre insistía. Mi padre no era malhumorado. Mi padre nos cuidaba. Mi padre esto y mi padre lo otro. Mi padre era un buen modelo. Mi padre aquí y mi padre allá. Mi padre era todo.

Por mi madre, no por mi padre, cedí. No llamé a la puerta del despacho. Simplemente entré. Según me lo reprochaba mi madre, la puerta se terminó de abrir. Lo vimos mi madre y yo. Nos vieron ellos. Todos recordamos la escena. Allí estaba Lorena y en sus labios, los labios, no tan serios, de mi padre.

El aviador

Aquel día cierto desconocido sobrevolaba una estampida de corceles. Se frotó los ojos. Sobre la alfombra, caballitos de madera. La avioneta era de papel. Repostaba virutas vegetales. A su paso, efluvios de celulosa. La fachada era de arcilla, pero la intrepidez del aviador era la imaginación del pequeño desconocido. Un trasto que de mayor quería ser piloto. Un piloto que hoy querría ser aquel crío.

Lo aprendido

Íbamos a «San Pavo» a ver la «nueva pota», pero mi padre dio un volantazo y nos plantamos en Madrid. Se entrevistó con el presidente de la Real Academia. Estuvieron horas. Los académicos, muy rigurosos, se resistían a simplificar la fonología del castellano. Mi madre, más práctica, consultó al logopeda. El fracaso paterno es obvio. Las reglas de pronunciación se mantuvieron. Mi madre, por el contrario, conoció el éxito. Pronuncié San Pablo. Sin embargo, jamás dije potra. Ya era una yegua. No perdí el tiempo con el pasado.

La expedición de mayo

La olla, con un juego de reflejos por el sol abrasador, vibraba sobre un hornillo portátil. El viento ponía a prueba la tienda de campaña. Teresa y, en especial, Nora observaban una jirafa, quizá empequeñecida por la distancia. Una oficial se acercó.

—¿Qué habéis montado aquí?
—Un pequeño tentempié con Nora para que conozca un poco la naturaleza.
—¡Ya! Luego me tocará recoger a mí. —La oficial agarró la jirafa, que resultó caber en su mano—. ¡Qué me lo haga Nora, pero tú!
—No regañes a la yaya, mamá.

Nora rompió a llorar. Ante sus lágrimas, la oficial, aunque muy harta, recordó ser la hija de Teresa y la mamá de Nora.

La innata

Echó las hojas secas, ya machacadas, en el vaso. Añadió agua, no cualquier agua, sino una que traía de la fuente más profunda del bosque. Removió el mejunje. Desenroscó, como si fuese una bombilla, la cabeza de la muñeca y, en su interior, derramó el líquido. Volvió a enroscar la cabeza y, a modo de cóctel, agitó la muñeca. Unas gotas, en forma de hilo, salieron por el cuello, pero fueron las menos. Arropó la muñeca con una camiseta. Se la llevó a sus brazos y, con un cuidado no exorbitante, le dio un azote. Con una precisión de reloj suizo, la muñeca empezó a llorar. El plástico, que ya no era plástico, respiraba.