La manzana podrida por el gusanillo de otra vida

Tengo la balda superior vacía. La balda del medio estaría igual si no fuese por una mancha de salsa agridulce. Mi frigorífico, vayamos al grano, guarda una lechuga, la mitad de un limón y, justo tras la puerta, dos cajas de leche del Hacendado, ambas empezadas. Jamás tuve muchos pájaros en la cabeza. De adolescente, quise formar una banda de rock and roll, pero siempre supe que no llenaría el frigorífico con ella. Fui un estudiante de notables. Destacaba, friqui de mí, con los ordenadores y los números. Como hombre de programitas y cálculos, saqué una ingeniería. Pese a mi torpeza inicial, también me encabezoné con el inglés, por aquello de aumentar mis oportunidades de futuro. Las cosas, digamos, eran tal como debían ser. Empecé a trabajar allí, también probé allá. Madrid, Zaragoza. Tenía para queso, tinto y jamoncito. Junté para mi primer coche, un Renault. Las cosas, desde un punto de vista convencional, lo confieso, no me iban mal. Sin embargo, con el vuelo raso del día a día, joven y ya no tan joven, surgieron los pájaros, la vaga ambición de otra vida, el gusanillo de la escritura. Hasta ese momento, nunca había albergado sueños. No sabía siquiera qué era un sueño. Con todo, de repente, soñé a lo grande. Me convertiría en escritor y llenaría el frigorífico con mis libros. Todo, pero todo mi pasado, quedaba retratado como un descuido de juventud responsable, o sin tanto miramiento, como una vida hasta la fecha desperdiciada. Así que me tiré a la piscina. Calculé ahorros y gastos. Me decidí. Aquel día me apretó el cuello de la camisa. Me acaloré mucho, pero dejé el trabajo.

Ha pasado tiempo desde mi gran determinación y ya he descrito mi frigorífico.

La moda es el desapego de lo inmediato

Hace tiempo que no sientes las manoplas mojadas, los dedos agarrotados. La aridez —su silbido desértico, tu sudor— te come terreno cada año. La nieve emigró a latitudes altas, quedó para los anuncios navideños, aguantó en cotas más elevadas. El pozo pierde su aliento al intentar regar la huerta; la que era de tantos, la que cuidaste sola. Con cada berenjena enana, en cada tomatera muerta; pierdes un algo, lloras un pasado. Temes y no es exactamente por la huerta. Son los pulmones de tantos. Te preguntas qué respirarán los críos que jamás quisiste tener. Cuando vuelves al piso —ese que nunca has considerado tu casa—, me llamas. Aparezco tarde. No te quejas, pero la vela de la mesa está casi consumida. Has preparado berenjenas rellenas. Son bonitas, hermosas, parece que no han conocido la tierra. Las compraste en una frutería —al menos, no en un supermercado— y bien sabes que las traen de muy lejos. Prefieres dejar la mente en blanco. Te sirves un tinto y brindas —no eres supersticiosa, tampoco estás para esas memeces— con mi agua de grifo. El brindis es corto. No hay celebración.

—¿Qué tal el día?

No me contestas, no es necesario. Ha sido como la semana pasada, como últimamente. Te has entretenido con una clienta dicharachera, con otra exquisita, con la mayoría impasibles. Se masca el desapego de los trapitos en sus futuras dueñas. La moda es el desapego de lo inmediato. Al salir, en tu refugio de la huerta urbana, has llorado con la vista en el cielo. Escasea la lluvia y, cuando viene, es polvo o granizo. Sufre la huerta; sufren las chapas de los coches, esos mismos del dióxido de carbono. No me contestas y no vuelvo a preguntar. El silencio no nos incomoda. Sin llegar a la confianza, hemos avanzado hacia un espacio de naturalidad.