Hacia el incendio

Baches. Hace mucho que estoy acostumbrado a ellos. Matorrales, encinas, una fábrica textil abandonada. La carretera es de doble sentido, pero cualquiera lo diría. La transitamos dos familias: los Peña y los Julca. El asfalto está agrietado, presenta hierba en las grietas. Una rata muerta, pegada y pegajosa. Su sangre y, con las ventanillas abiertas, su peste. Una peste que se une al olor de un río, que no se ve, que se oye. Parches de asfalto. Delante de mí, acelera un camión de bomberos. La sirena y la velocidad me provocan sudor y un nudo en el estómago. Esta carretera apenas cuenta con dos destinos, las dos viviendas. Imagino. Me invade un soniquete bueno. Imagino mucho, temo más y deseo un milagro mientras intento seguir el ritmo de los bomberos. Deseo, sólo puedo desear y cruzar los dedos al volante. Unos metros más allá, consigo distinguir la columna de humo. Es una, pero colosal. Es una, pero bien podría afectar a las dos viviendas. O a la mía.