La manzana podrida por el gusanillo de otra vida

Tengo la balda superior vacía. La balda del medio estaría igual si no fuese por una mancha de salsa agridulce. Mi frigorífico, vayamos al grano, guarda una lechuga, la mitad de un limón y, justo tras la puerta, dos cajas de leche del Hacendado, ambas empezadas. Jamás tuve muchos pájaros en la cabeza. De adolescente, quise formar una banda de rock and roll, pero siempre supe que no llenaría el frigorífico con ella. Fui un estudiante de notables. Destacaba, friqui de mí, con los ordenadores y los números. Como hombre de programitas y cálculos, saqué una ingeniería. Pese a mi torpeza inicial, también me encabezoné con el inglés, por aquello de aumentar mis oportunidades de futuro. Las cosas, digamos, eran tal como debían ser. Empecé a trabajar allí, también probé allá. Madrid, Zaragoza. Tenía para queso, tinto y jamoncito. Junté para mi primer coche, un Renault. Las cosas, desde un punto de vista convencional, lo confieso, no me iban mal. Sin embargo, con el vuelo raso del día a día, joven y ya no tan joven, surgieron los pájaros, la vaga ambición de otra vida, el gusanillo de la escritura. Hasta ese momento, nunca había albergado sueños. No sabía siquiera qué era un sueño. Con todo, de repente, soñé a lo grande. Me convertiría en escritor y llenaría el frigorífico con mis libros. Todo, pero todo mi pasado, quedaba retratado como un descuido de juventud responsable, o sin tanto miramiento, como una vida hasta la fecha desperdiciada. Así que me tiré a la piscina. Calculé ahorros y gastos. Me decidí. Aquel día me apretó el cuello de la camisa. Me acaloré mucho, pero dejé el trabajo.

Ha pasado tiempo desde mi gran determinación y ya he descrito mi frigorífico.

El novelista

Aquel día Ernesto Julca ultimaba la corrección de sus páginas en blanco. Ninguna palabra, ninguna restricción. Serían los lectores, de este modo, los que formularían el relato. Ernesto Julca pretendía azuzar, tal vez acompañar, pero jamás guiar. Se reservaría, con todo, la autoría de la obra. Ernesto Julca cedía la potestad creativa, pero no así los derechos de explotación.