Beatriz Supernova (5)

Entra una chica y, de súbito, caigo. No hay duda. La reconozco al vuelo. Es Beatriz Supernova. Sin embargo, no la conozco de la discoteca Supernova, sino de unas jornadas para jóvenes emprendedores. Supernova era un proyecto piloto en el que estuvimos involucrados. Aunque, en su momento, llegamos a contactar con un vivero de empresas, el proyecto no cuajó y enseguida, nos olvidamos los unos de los otros. Ahora eso es agua pasada y simplemente espero, sin hacer ningún gesto, a que la chica me localice. Me pregunto por qué me habrá llamado, qué esperará de mí. Es extraño que haya conservado mi número, claro que yo, por pereza al limpiar la agenda del móvil, he hecho lo propio con el suyo. Desconozco si me reconocerá. Mira a un extremo y a otro. Acude a la barra, a la camarera del Momo. Hablan. Vuelve a mirar por todos lados. Finalmente detiene sus ojos en mí —posiblemente en mi nariz, es lo que más resalta— y se acerca. No hay duda. Ahí viene. Me ha reconocido. Aquí llega. Me saluda, me invade su perfume y tras su saludo, dejo el azucarillo que no he echado al té. Me pide que la llame Bea. Aunque accedo, en verdad, no sé qué decir. Tampoco importa. Bea habla por los codos, habla por ambos. Me pregunta, de pasada, por un tal Alfredo Cebollada. Es un amigo, en principio común, pero lo conoce mejor ella. En realidad, no es mi amigo, a lo más, un conocido de esos que soy incapaz de situar. Pese a ello, Bea me cuenta que ese tipo también asistió a las jornadas sobre emprendimiento. No me despierta ninguna curiosidad. Asiento por asentir, vuelvo a coger el azucarillo y Bea, ya satisfecha, cambia de tema.

El té —lo que queda de él— se ha enfriado. Nuestro diálogo —más bien su monólogo— se prolonga. Echo, sin saber por qué, el azucarillo a la taza. Bea es preciosa. A lo tonto, me propone comer juntos. No me apetece. Estoy apagado, vivo en un apagón. Me quedo callado y sube su oferta. Habla de invitarme. No suelto palabra. Doy un sorbo al té; resulta demasiado dulce. Bea insiste con un tono de esos que se oyen en el cine, un tono que insinúa, un tono que me excita. Sería mi día de suerte, no lo dudo, pero nada, aunque excitado, me encuentro alicaído, gris, desganado. Prefiero los macarrones que llevo en la bandolera, los que me preparó el señor Mur, los de la receta de Paco. Se me ocurren, de porrazo, mil inconvenientes. Habla mucho y yo no tengo nada que decir. Estoy cansado. Tampoco es el momento de una aventura. El caso es que Bea, más allá de su palique, tiene algo. Seguro que es una fiera, una de esas que me destrozarían al primer polvo. Aun así, sigo cansado. Busco el azucarillo —necesito sujetar algo— y solo queda su sobre abierto, rasgado. Doy otro sorbo al té. Un té dos veces echado a perder: por su enfriamiento, por el dulzor. Analizo, con prisas, mis excusas. Elijo la del cansancio, es la más correcta, pero llega tarde. No empiezo a excusarme, cuando Bea —y no solo su cálido perfume— invade mi espacio personal y me besa, o más bien, me come los labios. No olvido mis pretextos, pero ella no olvida mi boca. Bea acapara mi boca por completo. Sigo sin ganas, pero no soy de piedra. Salta alguna chispa. Mi tibieza se va calentando. Su lengua tumba a la mía. Quedo en desventaja. Bea gana. Dejo de resistirme. Cedo. Caliente y con el sobre del azucarillo en la mano, me dejo llevar por Bea. A veces, lo mejor es dejarse llevar.

Reencuentro sin nicotina

Me llamo Beatriz. Soy una de esas toledana que jamás han abandonado Toledo y que, hasta hace poco, no tenían intención de hacerlo. Esta tarde me he plantado en la calle Lisboa con antelación. Dentro de un rato, he quedado con Alfredo. Me sobra tiempo y tengo un estanco a mano. Necesito nicotina. Mi memoria retrocede a octubre de 2013, cuando defendí la tesis del máster que me habilitaría como profesora de secundaria. Tras la presentación y las preguntas del tribunal, esperé nerviosa. Me subía por las paredes. Mientras deliberaban los catedráticos, una compañera me pidió fuego. Sacó un cigarrillo para mí. Cuando anunciaron mi sobresaliente, la calada se hizo gloria. Pese a ello, aquel mismo día, en aquel mismísimo momento, dejé el vicio.

Antes de abandonar aquel recuerdo, doy una bocanada al aire. Me muero por unos miligramos de nicotina, pero me mantengo firme. No visito el estanco. Entro al Gressy sin nada de tabaco. En realidad, ya no se llama Gressy, pero sigue siendo tal y como ha sido siempre.

—Una de mermelada y otra con chocolate, por favor —señalo ambas pastas.
—Perfecto, ya se las acerco —me indica la camarera.
—Pues a mí —enfatiza el siguiente cliente— unos pastelitos. Las pastas para esa inglesita. De verdad lo digo, no comprendo a estos jóvenes.
—Imagino que he faltado a su respeto —intervengo.
—¡Calla, mierda de guiri! —leo en su ceño, a la par que se disculpa.
—¿Así de fácil? —pienso, pero acepto sus disculpas.

Bien disculpado, el señor se retira al otro extremo de la cafetería. Miro el reloj. Pruebo el café y mi lengua se quema. Pido un vaso de agua del grifo. No quiero gastar más dinero. He de ahorrar. El agua es blanco, pero agradablemente frío. Al segundo sorbo, llega Alfredo.

—¡Qué recuerdos! Antes se llamaba Gressy. ¿Te acuerdas? Sigue calcado. Es como volver al pasado —me saluda.
—Cambió de dueño. Se oyen diversas versiones —ya es una noticia pasada.
—¡Bueno! ¿Cómo te trata la vida? Hacía siglos, Bea. En fin. Agradezco tu mensaje. ¡Cuéntame! Si quieres, arranco yo.
—¿Estuviste verdaderamente enamorado de mí? —le corto.
—¿Amor? Éramos unos mocosos.
—Siempre fui tu pañuelo de consolación. Estabas colado por Montse.
—¡Qué va!
—Supuse que sería transitorio, pero duró —apunto a sus lentillas.

Alfredo tarda en reaccionar. Trata de articular cualquier palabra, pero ha quedado mudo. Bebe, con agitación, de mi vasito de agua. Mira al suelo. Compartimos un silencio largo. Echo en falta un pitillo. Cuando recobra la saliva, me levanto y me voy. A propósito de Montse, justo nada más salir del Gressy, me llama.

Montaje y reparación de veletas (2)

Callados, Verónica perpleja y yo triste, regresamos a nuestros dominios, que en verdad pertenecían y siguen perteneciendo al BBVA. En nuestro apartamento de Santa María de Benquerencia, más conocido como el Polígono, no cesaba el eco de «la ostentosa relación entre el patriotismo y la masturbación». Entre mi tristeza y su asombro, no copulamos. Mientras mi pareja se duchaba por enésima vez, yo encendí el MacBook Pro y creé un documento ODT. La tipografía Helvética y el interlineado doble me hicieron encarar la provocación de Verónica. Pronto me vine arriba. A punto estuve de subirlo a Facebook y copiar su enlace en Twitter. Tras las correcciones, su última versión lucía con dignidad: «Viva España. Afirmación prudente, sin signos de exclamación ni brindis de sidra, dado que mi sentimiento es jurídico. Yo soy español, español, español. Repetición mesurada. Sin música ni goles de Iniesta, solo para recalcar que mi identidad se ajusta a derecho. Mi patria es España por casualidad legislada. Conforme a ley, soy español. Lo acepto. Hay nacimientos en Oporto y la mayoría de sus nacidos resultan portugueses». Lo imprimí. Luego me sentí mal por derrochar papel, pero ya no había vuelta atrás. Lo colgué en la puerta del frigorífico con un imán rojo del Bazinga de Sheldon Cooper. Me sentía un investigador del Instituto de Tecnología de California. Orgulloso me fui a echar una siesta tardía.

Montaje y reparación de veletas

Irrumpió el Mundial de Fútbol y todo lo demás prácticamente se olvidó. Recuerdo una tarde de partido, cerveza Mahou y pipas saladas. Estaba durmiéndome con el toque y la monótona superioridad de La Roja. Allí, sentado en una mesita del Otto Max, de esas que dan al sillón alargado del lateral, yo poco más le pedía a la vida. Acaso unos cacahuetes, pero no había que abusar de la simpatía de los camareros. En medio de un saque de esquina, Verónica, sin venir a cuento, me planteó «la ostentosa relación entre el patriotismo y la masturbación». Alarmado, me perdí un golazo de cabeza de Puyol. Más que nada por lo gratuito de la afirmación. Yo, católico aletargado, no era facha. Como consecuencia de una sexualidad fuera del matrimonio, por aquella época, vivíamos en pecado y difícilmente podía ser yo más papista que el Papa. A pesar de todo, es cierto, me quedé de piedra y me puse de morros. Así que exigí en la barra del Otto Max mi platito de cacahuetes, que para los pecadores, constituye la alternativa eficaz a una dura penitencia. Aquella noche, desganado, ya no querría ni follar. En cualquier caso, para disfrutar los cacahuetes, no hace falta hallarse de buen humor. El truco es simple. Basta tirar las cáscaras al suelo y acto seguido, pisarlas.

Beatriz Supernova (4)

El señor Mur apaga la televisión y prepara la segunda tanda de tostadas. Aunque su cuchillo carece de punta y su sonrisa es la de todos los días, hoy me pregunto si ese cuchillo es el mismo que clavó en mi espalda. El señor Mur, hasta hace poco, era Paco, mi padre. Todo ha cambiado. Él no lo sabe, pero los secretos saltan a la luz. Uno se entera. A veces, leyendo. Así es. Me enteré. Lo leí. Lo sé todo. Esta cocina ya no forma parte de mi hogar. Esta cocina es una salita de espera. Espero noticias. El señor Mur, aún sonriente, pero en Babia, parece un cobarde, de esos que arrojan la toalla. Da igual. Su hermetismo no es lo que me afecta. Ya conozco el notición, incluso los detalles.

Contrariado por la seriedad de mi rostro, el señor Mur ralla más queso del habitual. Abre la nevera y saca un plato de macarrones. Su olor me derrite la boca. Los pasa a una fiambrera que, a continuación, guarda en mi bandolera. Los macarrones son a la boloñesa. Son mis favoritos. Me gustan tanto que resulta imposible. Ojalá los pudiese odiar, pero son aromáticos y deliciosos, nada vomitivos. Consiguen, incluso en este momento, proyectar luz sobre la oscuridad de mi alma. El señor Mur me los prepara todos los lunes para facilitarme el comienzo de la semana.

Precisamente fue un lunes cuando la esposa del señor Mur, que por entonces era mi madre, falleció. Luego vendría el papeleo. En uno de los trámites, siempre sencillos, el notario se confió. Con dejadez, posiblemente sin prestar atención a lo que hacía, me entregó el diario olvidado, tal vez secreto, de la fallecida. De estilo pobre y tono aburrido, seguí la lectura más por respeto que por interés. Resultaba monótono hasta que, hace unas semanas, alcancé el día de mi nacimiento. El diario no hablaba de un parto sino de una adopción, que en realidad, allí descrita, no tenía nada de adopción. Había sido un robo. La descripción era detallada. No había duda. Había sido un robo como los que cuentan en las noticias. A mi madre biológica le hablaron de un niño muerto. La fallecida sabía perfectamente la procedencia de aquel niño, es decir, mi origen. El señor Mur, que contaba con la simpatía de las medianas esferas, había intercedido para, en palabras de la fallecida, «ofrecer un futuro al retoño de aquella joven de malvivir». Desde que leí aquello —desde que lloré con aquello— soy un extraño para mí mismo, un extraño asustado ante el apagón de su vida.

Beatriz Supernova (3)

Es imposible quitarse a Beatriz Supernova de la cabeza. Bea tiene algo, algo tan firme como sus pechos, a lo mejor como sus labios, pero no somos —ni seremos— pareja. No lo somos cuando me clava las uñas al fingir —o experimentar, aunque con esa precisión, no sé yo— una corrida al mismo tiempo. No lo somos cuando, mientras me alejo de su apartamento, me cruzo con su culo en los vestidos ajustados de las tendencias de hoy en día. No lo somos cuando imagino la complicidad de su mirada en el falso lésbico de dos actrices porno. No lo somos cuando, con la mano izquierda, pensando en ella o en cualquiera, me masturbo. No lo somos. No lo somos, simplemente no lo somos y eso es todo. Bea sale de una relación complicada, de los desvíos de mirada de Alfredo Cebollada. A veces, es cierto, no lo niego, me ha propuesto lo que podría verse como un paso, por ejemplo, afeitarme la barba. No sé si esa propuesta es típica de una relación de pareja. Pudiera ser. Yo —no sabría explicarlo, al fin y al cabo, me da igual mi vello facial— he accedido a afeitarme. Son cosas que se hacen. Pese a que Bea tiene algo, tengo claro que no le convengo. Me encuentro algo más animado, pero no es suficiente. Hablo lo justo —Bea me ha sonsacado cosas sobre mí, pero no le he confiado ninguna anécdota simpática— y, por esto o por lo otro, nunca escapo de mi apagón interno. Vivo en mitad de una encrucijada y, por ello, no somos —ni seremos— pareja.

Beatriz Supernova (2)

Las últimas semanas me han enseñado a conjugar algunos verbos vomitivos. En primera persona del plural, el pasado de «apostar» es, en el mejor de los casos, «teníamos» y su futuro, sin duda, «perderemos». No hablo de una probabilidad adversa, sino de una cronología. No son los efectos de una suerte venida a menos por un par de manos ingratas. Se trata de tres sucesos en escrupuloso orden de aparición: tener, apostar, perder. Eso es la vida. Esto es nuestra vida. Vivir conlleva apostarse a uno mismo y, por tanto, perderse —ni siquiera jugarse— el futuro. Evaristo Páramos lo resumió con su «morir democráticamente», ante lo que yo, a diferencia de él, he aprendido a callarme.

Temblores

I

—Quiero que tengamos un hijo, amor —es la primera vez que compartes ese sentimiento conmigo—, y me gustaría que lo tuviéramos ya.

La lámpara se ha desplomado y, con ella, su luz. Trizas a los pies de la cama, cuyo somier se ha hundido. Los cables han quedado semidesnudos. Los cajones superiores, desencajados. Clavos solitarios por algún cuadro caído. Alguna chispa baila en la oscuridad. Han sido dos sacudidas y no ha sido nuestra fogosidad. Tu voz suena a unos centímetros de mí, pero forman una maratón. Mi respuesta no es capaz de salvar tal distancia. Permanezco en el sitio. Me paso, con lentitud, la mano por el muslo derecho y noto pequeños cristales con una sustancia viscosa, pegajosa. Será sangre, no en torrente, pero sangre asquerosa. Mi sangre y tú me hablas de sangre de mi sangre, un hijo. Siento esa sangre entre mis dedos y tiemblo al imaginarme como padre.

—Quiero ser madre —me repites—, me gustaría tener un hijo.

Diez, quince, diecinueve chispas. El mundo se detiene para que mis ojos puedan capturar la trayectoria de la vigésima chispa. Es tan diminuta como las otras, pero mi intuición me grita que no es baladí. Sigo su salto al vacío, que no es el vacío, pues están nuestras sábanas. Resulta tan irrisoria como las restantes, pero va a ser esa. No veo cómo llega, pero prende. Brillo, ruido y calor creciente. No reacciono. Chillas con un tono inimaginable. Me taponas los oídos. Hasta ahora nunca te había oído chillar de tal manera, parece que sufrieses por algo más que por nuestras vidas. Me empujas de la cama. Yo no puedo.

—¿Un hijo? —el empujón y la consiguiente caída me han activado.

II

Aunque todavía estemos medio vestidos, parece que no me conocieras, preferiría apagar las luces. A lo más, unas velas. En cualquier caso, mejor me centro en devorar tus labios y no te digo nada. Ya tengo mucho que contarte y no sé por dónde empezar. Ya veré, ya pensaré algo, ya te contaré. Ha sido tan de repente. Combato, en soledad, una guerra interna. No sé qué debería hacer. Ya decidiré, ya te enterarás. Ahora, tus labios en mis labios, mi ritmo con tu ritmo.

—¿Qué ha sido eso? —bien querría contestarte, amor, pero yo tampoco lo tengo claro.

La lámpara se balancea. La cama nos traga. El almohadón sale disparado. Me das un cabezazo en la mandíbula y me muerdo. Apenas tengo tiempo de notar el dolor, cuando viene una réplica. Ahora lo tengo claro. Es un temblor de esos que se ven en las noticias. Un terremoto. Nunca pasa aquí y justo ahora, en este momento de mi vida. No puede ser.

—Quiero que tengamos un hijo, amor —te repito un par de veces mientras busco tus ojos, pero miras fijamente al techo sin emitir más que un murmullo incomprensible—. Quiero ser madre.

Espero que sea el susto y que no te pase nada. Sí, te habré asustado. Te habré asustado mucho. Incluso con una hipoteca en común, jamás hemos tratado el tema de la planificación familiar. Además, nunca te he visto sonreír a un bebé, de hecho, con ellos, tu cara se vuelve un poema. Aunque rechazo admitirlo, no eres nada niñero. Nunca me ha importado, bueno, hasta ahora.

De pronto, una llama aflora sobre la sábana bajera. Abandono mis pensamientos, mis penas. Salto de la cama. El fuego hace que me plantee todo y chillo. Te doy una voz, pero permaneces inmutable. Tengo que ir a por ti y moverte a rastras. No es fácil, pesas más que yo, pero consigo sacarte de la cama.

—¿Un hijo? —recuperas la voz.
—O una hija —lo murmuro tan bajito que no sé si me oyes.

Beatriz Supernova

Tras salir del piso de Verónica, Bea me invita a su apartamento. No me lo pienso: pongo una excusa, una cualquiera, la primera. Me niego. Está muy borracha. Rehúso. Ha hecho un amago de vomitar y apenas se tiene en pie. No es plan. Le beso la frente y le paro un taxi. En ese instante, me vomita encima. El taxista lo ve y se niega a acercarla. Discuto —sin energías— con él, resulta inútil. No cede, no quiere arriesgar su tapicería. Me temo que nos va a tocar andar.

A mitad de camino, Bea se abraza a mí y se mancha de su propio vómito. Supongo que lo nota, supongo que le da igual. No se separa de mí. El tiempo se congela. Posa su cara en mi cuello, me besa detrás de la oreja y su perfume me invade. Sube sus labios lentamente, sin prisas. El mundo detiene su giro para nosotros. Empieza a lamerme el lóbulo de la oreja izquierda. Sigue con mi mejilla. Para por mi nariz. Baja hacia mis labios. Me los come. Su aliento apesta, pero no importa. Me agarra, a la vez, el paquete; primero por fuera, luego por dentro de los vaqueros. Todavía llevo su vomito encima, pero incluso así me la pone tiesa.

—Ya no estoy tan borracha. —Eructa—. Perdón. Estoy mejor, estoy bien.