Mover el mundo

«Si creas una máquina, no olvides la palanca de hacer dinero», me soltó un viejo mientras daba el tercer sorbo a su whisky. Su expresión, pese a la burrada, no perdió la seriedad. Como no supe qué contestarle, pedí un sorbito, más pequeño que su lingotazo, pero también de whisky. Me lo bebí de un trago. La garganta se me hizo fuego.

—¡Hostias! —no pude reprimirme.
—¿No sabes beber, chaval? Mesura y paciencia.
—No hago máquinas —bajé la cabeza—. Desarrollo aplicaciones para móviles.
—He plantado un sinfín de árboles. En mi época, éramos más de naturaleza —su cuarto sorbo de whisky—, pero la naturaleza no deja dinero.
—Es difícil dar con la palanca de hacer dinero —seguí con la cabeza gacha.
—No te limites a poner la semilla. Abona el terreno.
—Tal vez pruebe a incluir publicidad a las aplicaciones—levanté la vista y miré las manos huesudas del viejo—. Dicen que hace buen dinero.
—¿Una valla publicitaria en un árbol? ¡Acabáramos!
—Exacto. ¡La palanca y el punto de apoyo!

Pagué las consumiciones, también las del viejo, y corrí a trabajar.