Terremoto

El lloro, las voces, los gritos. El mimbre del cesto de la ropa sucia estaba aplastado por el espejo del tocador y éste, a su vez, por el propio tocador, del que se había separado, pero no escapado. Vecinos en pijama, desnudos o improvisadamente vestidos. A mis pies, paredes caídas, ladrillos empapados y la peste de las cañerías rotas. Las sirenas de varias ambulancias. La sirena de un camión de bomberos. En mi cara, chorretones de sudor y el paladar seco por alguna pizca de escombro. En mi mano izquierda, sangre. En mi brazo izquierdo, cristales sin profundidad que, en cierto modo, me confirmaban: «has tenido suerte». Poco más en mi cuerpo, un cuerpo como el de muchos vecinos, escasamente tapado por unos boxer y la polvareda.

Hacia el incendio

Baches. Hace mucho que estoy acostumbrado a ellos. Matorrales, encinas, una fábrica textil abandonada. La carretera es de doble sentido, pero cualquiera lo diría. La transitamos dos familias: los Peña y los Julca. El asfalto está agrietado, presenta hierba en las grietas. Una rata muerta, pegada y pegajosa. Su sangre y, con las ventanillas abiertas, su peste. Una peste que se une al olor de un río, que no se ve, que se oye. Parches de asfalto. Delante de mí, acelera un camión de bomberos. La sirena y la velocidad me provocan sudor y un nudo en el estómago. Esta carretera apenas cuenta con dos destinos, las dos viviendas. Imagino. Me invade un soniquete bueno. Imagino mucho, temo más y deseo un milagro mientras intento seguir el ritmo de los bomberos. Deseo, sólo puedo desear y cruzar los dedos al volante. Unos metros más allá, consigo distinguir la columna de humo. Es una, pero colosal. Es una, pero bien podría afectar a las dos viviendas. O a la mía.

La manzana podrida por el gusanillo de otra vida

Tengo la balda superior vacía. La balda del medio estaría igual si no fuese por una mancha de salsa agridulce. Mi frigorífico, vayamos al grano, guarda una lechuga, la mitad de un limón y, justo tras la puerta, dos cajas de leche del Hacendado, ambas empezadas. Jamás tuve muchos pájaros en la cabeza. De adolescente, quise formar una banda de rock and roll, pero siempre supe que no llenaría el frigorífico con ella. Fui un estudiante de notables. Destacaba, friqui de mí, con los ordenadores y los números. Como hombre de programitas y cálculos, saqué una ingeniería. Pese a mi torpeza inicial, también me encabezoné con el inglés, por aquello de aumentar mis oportunidades de futuro. Las cosas, digamos, eran tal como debían ser. Empecé a trabajar allí, también probé allá. Madrid, Zaragoza. Tenía para queso, tinto y jamoncito. Junté para mi primer coche, un Renault. Las cosas, desde un punto de vista convencional, lo confieso, no me iban mal. Sin embargo, con el vuelo raso del día a día, joven y ya no tan joven, surgieron los pájaros, la vaga ambición de otra vida, el gusanillo de la escritura. Hasta ese momento, nunca había albergado sueños. No sabía siquiera qué era un sueño. Con todo, de repente, soñé a lo grande. Me convertiría en escritor y llenaría el frigorífico con mis libros. Todo, pero todo mi pasado, quedaba retratado como un descuido de juventud responsable, o sin tanto miramiento, como una vida hasta la fecha desperdiciada. Así que me tiré a la piscina. Calculé ahorros y gastos. Me decidí. Aquel día me apretó el cuello de la camisa. Me acaloré mucho, pero dejé el trabajo.

Ha pasado tiempo desde mi gran determinación y ya he descrito mi frigorífico.

Uno de veintitrés

Nunca hubiese imaginado que llegaría este día tan pronto. Jamás he incumplido mis obligaciones respecto al rugby, ni siquiera cuando nos castigaba una tromba de agua y el campo se hacía tal barrizal que en algunos trozos el césped desaparecía. Con cada pisada, los pies se nos hundían, pero al abrir la boca, saboreábamos algo más que el sudor de las camisetas. Aunque no levantásemos el revuelo que genera el fútbol, siempre palpábamos el ambiente, ya que en cada choque, nos dejábamos la sangre y tras los vendajes, nos crecíamos. Ese crecimiento no lo trabajábamos en el gimnasio. Al crecer, no aumentábamos nuestros músculos sino nuestras almas. Fortalecíamos una cadena común. Formábamos un equipo.