Cuando me hablan del primer amor

Tardé en levantar la mirada del pupitre tres años. Tres largos años, que a esas edades, duran más. Años en los que mis bolis temblaban y mi caligrafía empeoraba. Me ponía no sé si nerviosa o frenética. Mientras rompía a sudar, no daba ni siquiera con el estuche dentro del compartimento pequeño de la mochila. Una mochila repleta de libros y trastos, pero con un único sueño. Ese sueño, tonta de mí, eran tus huesos, eras tú.

—¿Es mañana la excursión esa? —o algo por el estilo.
—Sí —contesté.
—Gracias —así acabó nuestra única conversación en tres años.

Quizá no supiste de esos paseos, los de después de clase, que acababan en tu calle, prácticamente en tu mismo portal. Tú llegabas antes. Ibas en autobús. Quizá no supiste de mis lágrimas al rellenar cuestionarios de correos electrónicos, de esos en cadena, que aventuraban el futuro en pareja. También te llegarían a ti. Estuvieron de moda. Quizá no supiste que empecé a escuchar jazz cuando una amiga me indicó que te gustaba y me pasé al rock cuando comprobé que esa amiga sencillamente se había burlado de mí. Al menos, de segundas, con la tontería del rock, empezamos a hablar. Aunque quizá tampoco supieras que con diecisiete años se puede amar.

—¿Y dónde es ese concierto? —pregunté.
—En la zona industrial. ¿Vamos?
—No creo que me dejen ir —y más decirlo, me di cuenta que lo absurda que era.

Acabamos el bachillerato y la vida, con todo y por fortuna discutible, nos llevó por caminos no tan distintos. Distintas universidades, pero misma ciudad. Recuerdo, y seguro que recuerdas, que quedábamos los miércoles para asistir a algún que otro concierto y cuando no se terciaba ninguno, para ir al cine. Nos gustaban, a mí porque te gustaban a ti, unos de leer, es decir, de versión original. Luego, al acabar, casi siempre me acompañabas a mi piso. Allí, con mis compañeras, sus caras de sorpresa y sus gestos de arrojo, solía revivir el viejo temblor de mis bolis. Mi cuerpo temblaba. Tú, en tu línea, quizá no supiste.

—¿En qué piensas?
—¿Crees que el amor es así? —fue la primera vez que te oí pronunciar la palabra amor—. Me refiero. En el concierto de esta noche sin ir más lejos. Será cosa de los compositores. Suelen ser jóvenes. Tal vez de los cantantes. Aceptan cualquier propuesta. Tal vez sea cosa mía, pues no entiendo de letras. No te lo discuto. Vaya, a lo que voy, tal vez sea sentimiento mío, pero el amor aparece siempre muy idealizado. Todo muy romántico. En plan, conoces a alguien, se hace la magia y, por arte de esa magia, todo se soluciona. No me lo creo. Sencillamente las cosas no funcionan así. La vida es más complicada y nadie te la soluciona —seguiste divagando, pero preferí no escuchar.

A partir de entonces, empecé a estar ocupada los miércoles.

Dulzura

Antes de que la manzana quedase enjuta, el plátano ya había ennegrecido. Recién comprado, brillaba como fruto canario de motas peinadas. Ahora, sobre la encimera, más cerca de la basura orgánica que del frutero, ansiaba el terciopelo de aquella Royal Gala.

Carente de movilidad, se acicaló. Peló su pelambrera oscura mientras afirmaba su coraje. Sin labios, besó la piel de su pretendida. Suspiraron ambos. Descorcharon un brandy de Jerez, lo degustaron y al levantar la vista, descubrieron otros plátanos y manzanas, además de melocotones, arándanos secos, hojas de menta, fresones y una piña. Rota la intimidad, irrumpieron unas manos frenéticas. Portaban un cuchillo picudo.

Punzada tras corte, no quedó ninguna criatura cultivada. Matanza ahogada en un cuenco de agua y azúcar. Un tardío lamento se manifestaría después en la merienda. El almíbar de aquella macedonia resultó empalagoso. Fue, con todo, un remordimiento más dulce que afligido.

Don Juan y el comunismo

I

Recién levantado, Juan ignora su resaca y los ronquidos de la chica que conoció ayer. Son jóvenes. Ayer follaron y quizá incluso hicieron el amor. Algunos jóvenes son más rápidos en enamorarse que en excitarse. Él podría ser de los enamoradizos.

Mientras le corroe la duda, ve las magdalenas de su abuela y las ataca. Apenas quedan y, como las quiere para él, da mordisquitos cuidadosos. No quiere compartir con la chica. «A lo mejor la amo, pero la conocí fuera y lo mío es mío», piensa Juan sin dejar una miga. «Lo contrario sería hacerme comunista», se reafirma.

II

Juan, que permanece entre las sábanas, ha comenzado, poco a poco, a despertar. Está medio despierto, aunque en realidad, no alcanza esa mitad. Según va recuperando la conciencia, recuerda a su hermana. Le asalta el primer dilema del día. «¿Cómo puede mi propia hermana joderme la vida con sus putos ronquidos?».

Medio dormido y resignado, Juan se levanta. Al dar la luz, comprueba que el interruptor no está en su sitio. Juan, que está dormido, pero no es tonto, no tarda en darse cuenta. No ha dormido en su dormitorio, ni en su casa. A la par, al estar más despierto, va completando la imagen. Ya recuerda con nitidez. Se encuentra resacoso, pero no tanto como otros sábados, pues dejó de beber pronto. Todo por la chica que conoció anoche y que ahora ronca, bien lo sabe Juan, como su hermana. La chica y Juan son veinteañeros. Son jóvenes y los jóvenes, como los adultos, follan e incluso hacen el amor. Algunos jóvenes, por su juventud, son más rápidos en enamorarse que en excitarse. Juan que siempre presume de conocerse a sí mismo, en realidad, se ahoga en las relaciones humanas. Él podría ser de los enamoradizos. No lo tiene claro.

Mientras le corroe la duda, Juan da la luz. La chica sigue arropada, roncando y en definitiva, durmiendo a pierna suelta. «Mejor así», piensa Juan, mientras comienza a buscar sus pertenencias, en especial, su móvil, su mechero y su cartera. Con el calentón, a saber dónde los dejaría y mejor que la chica ni los vea. «Quizás estoy colado por la muy jodida, pero la conocí en la calle y lo mío sigue siendo mío», piensa Juan. «Lo contrario sería pecar de bueno o de comunista», se reafirma.

Los días de lluvia sirven para follar

Las lluvias duran poco, casi nada, no empiezan.
Esta vez ya pasaron y no fueron.
La próxima vez serán, me dices.
Ya lo verás, me insistes.
Luego te desabrochas el sujetador
y pones un rock suave.
Dejamos que un punteo nos cubra.
Te sientas sobre mí
y pones tus pechos en mi barbilla.
La próxima vez serán, me repites.
Ya lo verás, me sonríes.
Dejamos que nuestros cuerpos se busquen,
que nuestros dedos se encuentren.
Nos encendemos y nuestras gónadas se calientan.
Mi boca se hace tuya.
Tu culo, lo siento,
pero no puedo concebir más concepto que tu culo.
Irrumpen nuestros genitales.
Punteo tras punteo,
penetración y ritmo.
Días sin lluvia, momentos a la sombra.

Cómplices

Te acepto un Azpilicueta, cualquier bebida, un buen polvo. También podemos hablar. Háblame de tus próximas vacaciones, o, vayamos al grano, háblame de él, de lo que te ha hecho, de la última. No te cortes. Quizás no me interese, pero te desahogarás. No me pongas esa cara. No te sorprendas tanto ni te hagas la sorprendida. No me sorprendes. Me lo imaginaba. En serio. He venido sin condones. Ya lo cantaba Krahe: «No todo va a ser follar». Tampoco me importa. Nuestros encuentros, bien lo sabes, no lo niegues, eran mejores cuando nos conocíamos, pero no en exceso. La confianza da asco. Mucho. Mira tú. Te has reído.

No te preocupes. En realidad, ya sabes, no entiendo de vinos. Me vale y me sobra. No sé dónde vas, pero te has cargado bien, pero que bien, tu copa. Un copazo. No vayas a lanzarte ahora. No es broma. Vengo sin un solo condón. Es cierto, no había caído, tú tienes: de esos, de los suyos. No. No brindemos. Es demasiado pronto. Queda noche. Si antes te mencionaba a Krahe, ahora a Mafalda Veiga: «Podemos ser cómplices el resto de la vida o tal vez solo hasta el amanecer».

El tonteo

Paseábamos por Martín de los Heros. Los cines Golem se llamaban todavía Alphaville. No recuerdo la cafetería. Apenas tomé un par de notas. Nos agradó la mordida del café en nuestros labios. Estaba helado. Al atardecer fuimos al parque del Oeste. Alcanzamos el merendero. Un cosquilleo nos despertó. El frío comenzó besando los dedos de nuestros pies. En su gélido ascenso, consiguió activar nuestros instintos más primarios. Tiritábamos. Regresaron sentimientos que habíamos dado por perdidos. Me hiciste prometer que no reduciría la inmensidad de nuestro hielo a un triste párrafo. Realizamos nuestra ofrenda a los petirrojos. Con el corazón aún destemplado, partimos al bullicio de Moncloa. Las pequeñas deidades aladas habían agradecido nuestras migas. Gozábamos de su favor. En el intercambiador, te dirigiste a la línea 3. Nuestro adiós quedó congelado, mientras yo tonteaba con los andenes del circular. En el autobús a Toledo, me agobié. Me sacudió el calor. De repente, sudaba. Tuve que recurrir a tu recuerdo helado.

Amigos

Mis compañeros están en el piso. Uno en su cuarto, otro con nosotros. Con ellos o sin ellos, no pasará nada. Apoyas tu cabeza en mi regazo y sufro un peso, un doble peso: el de tu pelo sobre mi muslo, el de mis dudas sobre los hombros. Te incorporas. Me acaricias. Me dejo besar. Nos acurrucamos en un abrazo más tuyo que mío, pero nuestro. Te desnudas de cintura hacia arriba. Me dejo desnudar. Tus pechos desaparecen en mis manos. Mi compañero carraspea y llama a la puerta del otro a contarle que, una vez más, no pasa nada.