Un dulce asco

Mitad de un camino olvidado,
mitad de un otoño para olvidar.
Un coche
—con alerón, pero sin publicidad—
derrapa en el Atlántico más próximo.
Nos empapamos.
El olvido se redondea,
pero te iluminas.
Aunque no te sigo,
caen las primeras risas del otoño,
unas que, de olvidadas,
no habían existido nunca.
Y el Atlántico era más lodo.
Y tu luz.
Y las antinieblas traseras embarradas.
El otoño se redondea.
Un dulce asco,
supongo.
«Pero mantengamos la amistad»,
me veo proponiendo
y asientes y me abrazas.
Y quedo calado por otro tipo de barro.
Un dulce asco.
A veces, no sé por qué hablo.
A veces, no sé por qué me cubro de asco.

La excusa valiente

«Lo siento», dices,
y sonrío
pues lo dices
sin sentirlo
y, desde luego, no soy quién
para que sientas
nada.
No tengo por qué reprocharte
que la aurora austral
se dé en el sur.
Calma,
no, nada, no.
No tengo por qué reprocharte
que tus reproches
no me los dirijas a mí.
Bueno,
un café rápido.
No tengo por qué reprocharte
que la excusa valiente
la sientas en otro cuerpo.
Quizá,
será cierto, ya no sonrío tanto.

El crítico

Aquel día Uglu Virtanen publicó la crítica de la novela de un amigo. El artículo fue tan zafio que la amistad se rompió. Desde el punto de vista contable, Uglu Virtanen realizó un penoso movimiento. Había ingresado apenas cien euros por la crítica mientras que aquella amistad estaba valorada en mil euros más. Lo lamentable era que lo sabía de antemano. Uglu Virtanen tenía tasadas todas sus amistades.

Dramático o dramatizado

¿Qué bobada es esa de irse con la cabeza alta? No seas imbécil. No te precipites. Puedes romper con ella, pero sin prisas. Si lo piensas, no te ha engañado ya que te lo ha confesado. Sois felices juntos y eso vale mucho.

Ya. Yo tampoco lo hubiese esperado. Lo sé, pero tampoco estás ante la decisión de tu vida. Has vivido momentos más delicados. Por ahora, un ron nos sentará bien. Tengo una botella a medias. Acabar algo juntos nos vendrá de lujo. ¡Qué vida! Pese a que somos amigos desde críos, cada vez nos vemos menos y para momentos así: drásticos, dramáticos o dramatizados. Mira. En esta foto, estamos los tres. Ella nos gustaba a ambos y no sólo a nosotros, sino a medio instituto. Tú la cautivaste. Te la llevaste.

Comparte tu tristeza, pero no te lamentes ahora de haber conocido un único amor. Yo, ya sabes, he tenido tres novias y me sirven para pedirte que rematemos cada copa de un trago. ¡Eh! ¿Qué dices de mis ligues de una noche? Apenas tuve un par. Soy, en el fondo, tan serio como tú. Nos puede la formalidad, pero esta noche va a ser distinta. ¡Basta de drama! Mientras llamo al radiotaxi, apura el ron. Salgamos y dejemos que la noche hable.

El taxi no ha salido caro y la entrada a la discoteca ha incluido una consumición. A tu salud. Es garrafón, pero mejor no darlo ninguna vuelta. Pensar mucho es malo. Beber lento, también.

Cuando me hablan del primer amor

Tardé en levantar la mirada del pupitre tres años. Tres largos años, que a esas edades, duran más. Años en los que mis bolis temblaban y mi caligrafía empeoraba. Me ponía no sé si nerviosa o frenética. Mientras rompía a sudar, no daba ni siquiera con el estuche dentro del compartimento pequeño de la mochila. Una mochila repleta de libros y trastos, pero con un único sueño. Ese sueño, tonta de mí, eran tus huesos, eras tú.

—¿Es mañana la excursión esa? —o algo por el estilo.
—Sí —contesté.
—Gracias —así acabó nuestra única conversación en tres años.

Quizá no supiste de esos paseos, los de después de clase, que acababan en tu calle, prácticamente en tu mismo portal. Tú llegabas antes. Ibas en autobús. Quizá no supiste de mis lágrimas al rellenar cuestionarios de correos electrónicos, de esos en cadena, que aventuraban el futuro en pareja. También te llegarían a ti. Estuvieron de moda. Quizá no supiste que empecé a escuchar jazz cuando una amiga me indicó que te gustaba y me pasé al rock cuando comprobé que esa amiga sencillamente se había burlado de mí. Al menos, de segundas, con la tontería del rock, empezamos a hablar. Aunque quizá tampoco supieras que con diecisiete años se puede amar.

—¿Y dónde es ese concierto? —pregunté.
—En la zona industrial. ¿Vamos?
—No creo que me dejen ir —y más decirlo, me di cuenta que lo absurda que era.

Acabamos el bachillerato y la vida, con todo y por fortuna discutible, nos llevó por caminos no tan distintos. Distintas universidades, pero misma ciudad. Recuerdo, y seguro que recuerdas, que quedábamos los miércoles para asistir a algún que otro concierto y cuando no se terciaba ninguno, para ir al cine. Nos gustaban, a mí porque te gustaban a ti, unos de leer, es decir, de versión original. Luego, al acabar, casi siempre me acompañabas a mi piso. Allí, con mis compañeras, sus caras de sorpresa y sus gestos de arrojo, solía revivir el viejo temblor de mis bolis. Mi cuerpo temblaba. Tú, en tu línea, quizá no supiste.

—¿En qué piensas?
—¿Crees que el amor es así? —fue la primera vez que te oí pronunciar la palabra amor—. Me refiero. En el concierto de esta noche sin ir más lejos. Será cosa de los compositores. Suelen ser jóvenes. Tal vez de los cantantes. Aceptan cualquier propuesta. Tal vez sea cosa mía, pues no entiendo de letras. No te lo discuto. Vaya, a lo que voy, tal vez sea sentimiento mío, pero el amor aparece siempre muy idealizado. Todo muy romántico. En plan, conoces a alguien, se hace la magia y, por arte de esa magia, todo se soluciona. No me lo creo. Sencillamente las cosas no funcionan así. La vida es más complicada y nadie te la soluciona —seguiste divagando, pero preferí no escuchar.

A partir de entonces, empecé a estar ocupada los miércoles.

Cómplices

Te acepto un Azpilicueta, cualquier bebida, un buen polvo. También podemos hablar. Háblame de tus próximas vacaciones, o, vayamos al grano, háblame de él, de lo que te ha hecho, de la última. No te cortes. Quizás no me interese, pero te desahogarás. No me pongas esa cara. No te sorprendas tanto ni te hagas la sorprendida. No me sorprendes. Me lo imaginaba. En serio. He venido sin condones. Ya lo cantaba Krahe: «No todo va a ser follar». Tampoco me importa. Nuestros encuentros, bien lo sabes, no lo niegues, eran mejores cuando nos conocíamos, pero no en exceso. La confianza da asco. Mucho. Mira tú. Te has reído.

No te preocupes. En realidad, ya sabes, no entiendo de vinos. Me vale y me sobra. No sé dónde vas, pero te has cargado bien, pero que bien, tu copa. Un copazo. No vayas a lanzarte ahora. No es broma. Vengo sin un solo condón. Es cierto, no había caído, tú tienes: de esos, de los suyos. No. No brindemos. Es demasiado pronto. Queda noche. Si antes te mencionaba a Krahe, ahora a Mafalda Veiga: «Podemos ser cómplices el resto de la vida o tal vez solo hasta el amanecer».

A propósito de los lavabos

El lavabo está limpio, todo lo limpio que se puede esperar del lavabo de una chocolatería, que visto lo visto, no es poco, pues es más que en un bar. Lo malo es la cercanía del urinario con la puerta, así que meo ladeado por el miedo a recibir un portazo. Una de esas anécdotas que, por cotidianas, no aparecen en la prensa, ni siquiera en la local. Temo por mi brazo izquierdo. La mano izquierda ya me la dañé una vez en un partido de fútbol, no por el fútbol en sí, sino por Damián que es muy, cómo decirlo, desgraciado. Se pasó luchando aquel balón. Era una pachanga y yo estaba en el suelo. No nos jugábamos nada y yo estaba tirado. Tierra, pisotón, tacos, dolor. Urgencias. Luego la escayola. Así fue. Así es. Me aterra hacerme daño físico y me molestan las, creo que vienen al caso aquí, luxaciones. Una luxación es una hostia que deja mal los huesos. Afortunadamente me lavo las manos y salgo del lavabo sin luxaciones, aunque con las manos ligeramente mojadas, ya se sabe, los secadores estos. Un día alguien se resbalará con las gotas de sus propias manos.

Al salir del lavabo, me están esperando unos churros, un chocolate a la taza e Irene. Irene toma sus churros con café, lo cual está doblemente mal. No sé cómo pide café. Primero, estamos en una chocolatería, no es ninguna cafetería o no debería serlo, claro que venden churros y, en el letrero, tampoco pone nada de churrería. Supongo que es ingeniería financiera a escala de barrio. Segundo, el aceite de los churros queda por encima del café en forma de gotitas y no me imagino como sabe, pero resulta asqueroso.

Mientras pienso en todas las aberraciones que está cometiendo Irene, me termino de secar las manos con un par de servilletas. Son ásperas. Me pregunto si las madres las usarían en los morros de sus bebés. Irene quiere ser madre. No me lo está contando ahora, ahora me está contando un encontronazo con su jefa, pero me lo contará antes de que nos despidamos. Siempre me lo cuenta y siempre se queja de Damián, que además de desgraciado, es su novio. Se queja de Damián no solamente por su falta de vocación paterna, sino prácticamente por todo, excepto por la lesión que me provocó. De la lesión, dice que exageré y que una escayola no mata a nadie. No lo niego, pero exagerar no es inventar sino preparar una historia para un público poco despierto. No digo que Irene sea poco despierta. Para nada. En cualquier caso, se queja de Damián y se queja mucho. Por eso está con él. Necesita un cabeza de turco para sus errores personales. Hay parejas así y son más de una y más de dos.

Me encanta el lavabo del trabajo porque, además de limpio y de uso individual, tiene papel de manos en lugar de secador. Te secas, sin atisbo de duda, bastante mejor. Además tiene cubo de basura y antes de salir, tras secarme las manos, hago una pelota con el papel y pruebo a encestar. El lavabo es amplio, tanto que puedo alejarme lo suficiente para que sea un reto encestar y más cuando yo soy de fútbol. Hago, la verdad, pocas canastas y, como soy civilizado, me agacho a recoger la pelota de papel. No es problema. Soy un roble. No tengo problemas de espalda. Una vez me dolió el lumbago, pero fue solamente un día y por el aire acondicionado, nada preocupante, no por cosas de genética. Ni siquiera fui al médico. Bastó un único antiinflamatorio.

Hay lavabos que apestan como una rata aplastada. Y, sin embargo, la peste es lo de menos, pues es un lavabo y el tufo es lo esperado. Además, lo de la rata es una exageración y, a decir verdad, nunca he olido una rata aplastada ni de lejos. A lo mejor huele como un gato aplastado, algo que he visto con mis ojos, pero que tampoco he olido pues la una única vez que lo vi fue a través de la ventanilla del coche y estaba subida. En cualquier caso, el olor no es lo peor, peor es la suciedad, ya se sabe, por lo de antihigiénica, y peor todavía, esos dispensadores de jabón vacíos, en particular, los que nunca se rellenan y simplemente engañan. O esos retretes sin cerrojo, tan comunes en discotecas y cervecerías, incluso en las de moda. La gente exigimos poco a estos locales, pese a que cuando eres asiduo a un local y por extensión, a su lavabo, sufres estas cosas.

El lavabo del piso de Irene y Damián, al que también soy asiduo, es uno de estos lavabos. No tiene pestillo. No creo que nadie tenga interés en sorprenderme, pero es instintivo, bloqueo la puerta con el pie. Luego, no sé cómo se apañan, pero el jabón siempre lo tienen agotado. Esta vez también. Así que tengo que buscar el gel. Abro la mampara de la ducha. En la balda superior, justo delante del gel, hay un preservativo usado. Son descuidos tontos. No reprocho nada, pero prefiero no tocar nada de esa balda. Así que cojo el champú, que lo tienen en el suelo. Mis manos, quién lo diría, quedan libres de caspa.

Amigos

Mis compañeros están en el piso. Uno en su cuarto, otro con nosotros. Con ellos o sin ellos, no pasará nada. Apoyas tu cabeza en mi regazo y sufro un peso, un doble peso: el de tu pelo sobre mi muslo, el de mis dudas sobre los hombros. Te incorporas. Me acaricias. Me dejo besar. Nos acurrucamos en un abrazo más tuyo que mío, pero nuestro. Te desnudas de cintura hacia arriba. Me dejo desnudar. Tus pechos desaparecen en mis manos. Mi compañero carraspea y llama a la puerta del otro a contarle que, una vez más, no pasa nada.