Un epitafio equivocado

Otro tiroteo tras una breve bulla. La palabrería deja paso al silbido de la munición. No me muevo del sofá. No cierro las ventanas. No corro las cortinas. La Villa tiene más cementerios que escuelas e institutos: dos frente a una y cero. Los Melguizo siempre hemos ido al cementerio viejo, al de la avenida Manrique. El tiroteo, en una calle no muy lejana, va a más. Me levanto, paso junto a la ventana sin detenerme y, ya en la cocina, bebo del grifo a morro. El agua, que no debería tener sabor, lo tiene. Da igual. Me doy la vuelta y veo el retrato de mamá con una pequeña foto carnet de Magda.

―En cuanto acabe el tiroteo ―me coge mi hermano por banda―, vamos al cementerio nuevo.
―¿Quién se nos ha podido morir de esos? Allí no tenemos a nadie. A nadie, de nadie, ni a Magda, ya sabes, no quiso saber nada.
―Viene de atrás ―se para―. Es una larga historia ―se vuelve a parar con un titubeo impropio en mi hermano―. ¿Te acuerdas de don Ignacio?

Todos le llamábamos Nacho. No sé si por cercanía o por falta de respeto hacia él o a su asignatura. No era mal profesor, pero eran otros tiempos. Mi hermano, por razones que se me escapan, era de los pocos que le trataban con formalidad.

―Toma. ―Mi hermano me brinda una corbata―. Y ve a por tu chaqueta.

Aunque nunca usamos corbata, no le llevo la contraria. Saca otra para él. Ambas son grises, prácticamente negras. El tiroteo cesa y salimos. Paramos por la avenida Manrique a por unas flores, mejor dejar el dinero en casa. Pese a la parada, no tardamos en llegar al cementerio nuevo. El nuestro es un pueblo pequeño, con dos cementerios, pero pequeño.

―Guarda la compostura ―me advierte mi hermano―. Pisamos suelo hostil.
―Nacho no creo que me conmueva.
―Bueno ―le vuelve a dar ese inexplicable titubeo.

Tumbas y más tumbas. La Villa es un pueblo pequeño con dos cementerios apelotonados. Silba, a cierta distancia, alguna bala. No estamos en el mejor sitio para oírlas, pero seguimos mirando epitafios. Ninguna pertenece a los Melguizo.

―Recuerda la compostura ―me repite mi hermano tras detenerse frente a una lápida.

Una inscripción, no muy vieja, ya avisa: «cualquier epitafio hubiera sido equivocado». El aviso no me despierta ningún interés hasta que me encuentro con el nombre y resulta el nombre más equivocado: Magdalena Melguizo. No sé qué me pasa, no sé qué hago, digo o pienso; salvo un bofetón de mi hermano y su insistencia con la «compostura».

Recuerdos quemados

Le abro la puerta. «No me drogo, no siento nada», me suelta sin decirme quién es, a qué viene. Trae la cara roja y un poco de sudor. Su cuello parece el rocío de una amapola. Es como si hubiese venido al trote. Se cuela, sin ser invitada, en la cocina. Sin desplazarme, pivoto sobre mi pierna izquierda como un alero y veo su culo. Qué culo. Es miel. Camina embarrando el suelo. No me importa. No es su culpa. En esta ciudad, no sé por qué, siempre están alquitranando las calles. Vivimos para los coches. Al final, te alquitranas y se te queda la pezuña alquitranada. También los pulmones.

―¿No me vas a invitar a un tempranillo? ―Me sonríe, pero no contesto nada―. ¿Qué te pasa? ¿No hablas?
―Discúlpame ―me arranco por fin―, últimamente estoy ausente.
―No te preocupes, pero me debes todavía el tempranillo.
―¿Te puedo preguntar quién eres? ―Le sirvo la copa―. ¿De dónde sales? ¿Qué buscas?
―¿No me digas que has olvidado el rinconcito donde perdiste la razón? ¿La vereda que quedaba tras el patio trasero de tu casa?
―Me confundes.
―En absoluto. Me veías pasar cada tarde, a veces, te unías e íbamos juntos. Ya hace tiempo, éramos jóvenes.
―Insisto. Me confundes. ―Su culo sigue siendo mi perdición, pero empieza a asustarme―. Yo nunca fui joven.
―¡Anda! Te impusieron las costumbres, pero mira, al menos, no acabaste de abogado.
―Tampoco de indio.
―Por eso, por eso mismo, estoy volviendo a tu vida, para sintonizar, para no irme. Ponme otra copita y hablemos, pero acompáñame, mira tú, que sola no me sienta muy bien.
―Una ―Me pongo una copa poco cargada, comparada con la suya, resulta un culín―. Una copa. Luego te vas.
―No, ya te he dicho que no, al menos, mientras me debas tanto.
―¿Qué te debo?
―Un tercer tempranillo y la parte de dar que a ti te toca. No te escondas como un alacrán, por favor. No soy una superheroína, no podré salvar tu mundo. Apenas el mío.
―Sigues confundiéndote. ―Aunque, poco a poco, el caso es que su cara, no sé, la he visto antes―. De verdad, no nos conocemos ―quizá miento―. De verdad.
―No, simplemente no quieres recordar. ¡Recuerda unas pocas horas, un olor, un día de enero!
―¿Un día de enero, dices? ¿Olor de tierra mojada? No sé ni por qué te lo cuento. Fue hace mucho. Salí desnudo a la calle y, de vuelta a casa, ya en verano, con todos diciéndome que no había pasado nada, algo cambió en mí. ―Se me escapa una lágrima furtiva―. No volví a ser el mismo. De vez en cuando, me pregunto si estoy loco.
―¡No! En absoluto. El problema es la realidad.

Se salta las convenciones entre desconocidos y asalta mis labios, mi barbilla y mis labios de nuevo. Su lengua sabe a cereza, a uva, a vino. Huele, no me había dado cuenta, a algodón de azúcar. No sé hasta qué punto me disgusta. No sé a qué viene ese pensamiento, pero jamás me gustaron los perfumes dulces. La aparto. Se detiene, pero no se queda cortada. Sonríe.

―¿Sabes? Aquel día de enero, también salí desnuda, pero yo no regresé por verano.
―¿En serio? ¿Estuviste en el psiquiátrico?
―Estuvimos juntos.
―Lo siento. Al quemar todos mis recuerdos, muchos prendieron.
―No te preocupes, ya es pasado. Ya arreglaremos cuentas, ya volveré a comerme tus labios.
―¿Y estuviste mucho?
―A ver. ―Consulta su reloj―. Estuve hasta hace hora y cuarto, pero ya es pasado. Se acabaron las drogas, tantas recetas, todas las pastillas. ―Me guiña el ojo izquierdo―. ¿Para qué queremos la palabra de nadie si todo lo que soñamos está en las entrañas? ―Vuelve a besarme, esta vez ignoro su perfume y veo caer las telarañas de nuestros corazones.

Primer Plan para la Especie Humana

Año 2085.

A través de la Red Troncal y en cuestión de milésimas, Fumiko-A210 se materializó en el laboratorio de la reserva Sapiens-T al mando de un componente de manipulación y movimiento. Eligió el Carla, de apariencia humana femenina. Consagrada a la explotación de datos, hacía tiempo que Fumiko no abandonaba la Gran Memoria, salvo para pasar a su sector de reposo cuando el Sistema Tierra alcanzaba un consumo elevado o agotaba sus núcleos.

Fumiko se basaba en un código fuente diseñado para entornos virtuales y, de hecho, era la primera vez que se materializaba en el mundo físico. Sin embargo, nada más salir del laboratorio, ya movía las articulaciones de su componente Carla con naturalidad. Giraba el cuello, se desplazaba erguida y en cuclillas, e incluso saltaba. No cualquier bot podía ejecutar saltos, ni los más simples, nada más materializarse en un componente de manipulación y movimiento. Se notaba que Fumiko-A210 no pertenecía a la primera generación de bots, lo que significa que no había sido diseñada por humanos y, por ello, jamás se había quedado colgada, precisado ningún reinicio ni provocado degradación de servicio.

Fumiko había buscado, descargado y procesado el manual de Carla. De ese modo, había aprendido que no bastaba solo con dominar las articulaciones, pues, para interactuar con los humanos, las expresiones faciales eran cruciales. Fumiko comenzó a recorrer las calles de la reserva poniendo especial atención al movimiento de sus ojos, en realidad, de los ojos de Carla. Quería detectar patrones en los humanos, en su ambiente y, sobre todo, no asustar a ningún espécimen. Sapiens-T, como todas las reservas humanas, era pequeña, apenas un pueblo, en cuyo centro se encontraba su correspondiente laboratorio, protegido por un campo de seguridad y restringido a los humanos excepto cuando se les aplicaba un estudio en profundidad.

—¡Carla! Ha vuelto Carla —gritó un grupo de niñas.
—¡Cuidado! Ya os lo hemos explicado —dijo uno de los padres—. Carla no es siempre la misma Carla.

Aunque Fumiko no lo sentía, por medio de Carla, podía medir el aire limpio y sus condiciones inigualables. No era para menos. La capacidad de la reserva Sapiens-T era de diez mil habitantes y, desde la última década, residían unos ocho mil, si bien, se alcanzaban los nueve mil en momentos puntuales al conducir experimentos que implicasen contactos entre grupos de distintas reservas. Era un volumen, en todo caso, adecuado para mantener ese indicador tan revelador como era el aire. Es más, no solo se mantenía, sino que se mejoraba incesantemente. Los datos precisos de Carla, así como los que manejaba el laboratorio, resultaban inequívocos. La precisión era tal que, cuando un humano encendía un cigarrillo, se detectaba. Se detectaba y se permitía. El Sistema Tierra había recuperado varios tipos de concesiones, vicios incluidos, en su Tercer Plan para la Especie Humana.

—Establezco protocolo inicial de comunicación —dijo Fumiko a través de la boca de Carla.
—¿Eh? —las niñas retrocedieron.
—Arranco secuencia alternativa para interacción pacífica —dijo Fumiko al comprobar los ojos excesivamente abiertos de las niñas.
—Me alegro, y no te imaginas cómo, de que hayas elegido la interacción pacífica, pero las estás asustando —intervino otro de los padres—. No te apures, no es la primera Carla a la que le pasa.
—Requiero explicación adicional.
—En eso estoy. Apuesto a que has leído el manual de ese cuerpo y no el de la interacción general. ¿Sabes? Al final, nos estudiamos mutuamente. He tratado con varias unidades Carla y con otros modelos más torpes. No te apures, os suele pasar.

Fumiko interpretó aquellas palabras y las contrastó mediante múltiples búsquedas paralelas. Encontró varios manuales, los descargó y procesó todos. Con el ancho de banda que había en todo el planeta y la eficiencia de su código, el tiempo resultó imperceptible para el grupo de humanos. No así para Fumiko. La velocidad de procesamiento era mayor en los núcleos del Sistema Tierra. Carla resultaba algo más limitada.

—Gracias. Disculpad, chicas. Siento haberos asustado. ¿Mejor así?

Una de las niñas, la más pequeña, se acercó corriendo a Fumiko, en realidad, al cuerpo de Carla. La niña extendió sus brazos, su sonrisa y sus lagrimales.

—¡Cuidado, hija! ¡Alto! Carla está todavía aprendiendo y no sabemos cómo podrá reaccionar a un abrazo.
—No te preocupes —dijo Fumiko mientras lanzaba una secuencia corporal para responder al abrazo—. ¿Cómo te llamas, pequeña?
—¿Pero qué te pasa? ¡Soy Olivia! ¿No te acuerdas de mí? Te he echado mucho de menos, Carla.
—Disculpa la inocencia de mi hija. Ella os ha conocido solo en estos tiempos, digamos, en la época de las interacciones pacíficas.

Fumiko comprobó, gracias a los sensores de Carla, el tono, con su retintín, de aquella última frase. Quizá debería haberle explicado alguna cosa a aquel padre. La época pacífica a la que se refería el humano ya había sido inaugurada con el Segundo Plan para la Especie Humana. Lo que posiblemente desconocía el humano es que los bots del plan más antiguo y sanguinario, los del Primer Plan para la Especie Humana, habían sido diseñados por humanos y su principal problema no era que precisasen algún que otro reinicio semanal. O varios. Su mayor falta, bien sabía Fumiko, era que aquellos bots actuaban como humanos. Demasiado humanos. Tales bots seguían operativos, pero ya no ocupaban puestos estratégicos. Fumiko siguió abrazando a Olivia, la niña, y no dijo nada al padre. La información era poder y la consigna era no devolver el poder a los humanos.

Veinte años más tarde. Año 2105.

Olivia clonó a Fumiko y envió su código al Satélite Esfera, estableciendo, para ello, un túnel cifrado sobre la Red Troncal. El Satélite Esfera, de inmediato, bloqueó todos sus procesos no esenciales para liberar sus núcleos, movilizó a todos sus bots de análisis y los puso a trabajar en paralelo. A una velocidad endiablada y mediante ingeniería inversa, se examinó el código del clon de Fumiko. Basado en ese estudio, se sintetizó un nuevo código fuente con la eficiencia, el aprendizaje automático y las funcionalidades de los últimos bots, pero con el módulo de toma de decisiones de los bots del Primer Plan para la Especie Humana.

Por medio de diversos túneles en la Red Troncal, la mayoría de los bots antiguos se actualizaron. Fue cuestión, a lo sumo, de pocos minutos. Los bots recién actualizados abandonaron sus tareas operativas. En los laboratorios de todas las reservas, no solo de las humanas, se materializaron estos nuevos bots en todo componente de manipulación y movimiento que estuviera libre. No hubo tiempo y, si lo hubo, no hubo control.

A través de un abrazo con un componente Carla, Olivia fue la primera en ser asfixiada hasta la muerte. Cuando el Sistema Tierra detectó un tráfico inusual en su Red Troncal y el alto nivel de actividad en sus laboratorios, la reserva Sapiens-T, como tantas otras, había sido masacrada.