Cuando me hablan del primer amor

Tardé en levantar la mirada del pupitre tres años. Tres largos años, que a esas edades, duran más. Años en los que mis bolis temblaban y mi caligrafía empeoraba. Me ponía no sé si nerviosa o frenética. Mientras rompía a sudar, no daba ni siquiera con el estuche dentro del compartimento pequeño de la mochila. Una mochila repleta de libros y trastos, pero con un único sueño. Ese sueño, tonta de mí, eran tus huesos, eras tú.

—¿Es mañana la excursión esa? —o algo por el estilo.
—Sí —contesté.
—Gracias —así acabó nuestra única conversación en tres años.

Quizá no supiste de esos paseos, los de después de clase, que acababan en tu calle, prácticamente en tu mismo portal. Tú llegabas antes. Ibas en autobús. Quizá no supiste de mis lágrimas al rellenar cuestionarios de correos electrónicos, de esos en cadena, que aventuraban el futuro en pareja. También te llegarían a ti. Estuvieron de moda. Quizá no supiste que empecé a escuchar jazz cuando una amiga me indicó que te gustaba y me pasé al rock cuando comprobé que esa amiga sencillamente se había burlado de mí. Al menos, de segundas, con la tontería del rock, empezamos a hablar. Aunque quizá tampoco supieras que con diecisiete años se puede amar.

—¿Y dónde es ese concierto? —pregunté.
—En la zona industrial. ¿Vamos?
—No creo que me dejen ir —y más decirlo, me di cuenta que lo absurda que era.

Acabamos el bachillerato y la vida, con todo y por fortuna discutible, nos llevó por caminos no tan distintos. Distintas universidades, pero misma ciudad. Recuerdo, y seguro que recuerdas, que quedábamos los miércoles para asistir a algún que otro concierto y cuando no se terciaba ninguno, para ir al cine. Nos gustaban, a mí porque te gustaban a ti, unos de leer, es decir, de versión original. Luego, al acabar, casi siempre me acompañabas a mi piso. Allí, con mis compañeras, sus caras de sorpresa y sus gestos de arrojo, solía revivir el viejo temblor de mis bolis. Mi cuerpo temblaba. Tú, en tu línea, quizá no supiste.

—¿En qué piensas?
—¿Crees que el amor es así? —fue la primera vez que te oí pronunciar la palabra amor—. Me refiero. En el concierto de esta noche sin ir más lejos. Será cosa de los compositores. Suelen ser jóvenes. Tal vez de los cantantes. Aceptan cualquier propuesta. Tal vez sea cosa mía, pues no entiendo de letras. No te lo discuto. Vaya, a lo que voy, tal vez sea sentimiento mío, pero el amor aparece siempre muy idealizado. Todo muy romántico. En plan, conoces a alguien, se hace la magia y, por arte de esa magia, todo se soluciona. No me lo creo. Sencillamente las cosas no funcionan así. La vida es más complicada y nadie te la soluciona —seguiste divagando, pero preferí no escuchar.

A partir de entonces, empecé a estar ocupada los miércoles.

Don Juan y el comunismo

I

Recién levantado, Juan ignora su resaca y los ronquidos de la chica que conoció ayer. Son jóvenes. Ayer follaron y quizá incluso hicieron el amor. Algunos jóvenes son más rápidos en enamorarse que en excitarse. Él podría ser de los enamoradizos.

Mientras le corroe la duda, ve las magdalenas de su abuela y las ataca. Apenas quedan y, como las quiere para él, da mordisquitos cuidadosos. No quiere compartir con la chica. «A lo mejor la amo, pero la conocí fuera y lo mío es mío», piensa Juan sin dejar una miga. «Lo contrario sería hacerme comunista», se reafirma.

II

Juan, que permanece entre las sábanas, ha comenzado, poco a poco, a despertar. Está medio despierto, aunque en realidad, no alcanza esa mitad. Según va recuperando la conciencia, recuerda a su hermana. Le asalta el primer dilema del día. «¿Cómo puede mi propia hermana joderme la vida con sus putos ronquidos?».

Medio dormido y resignado, Juan se levanta. Al dar la luz, comprueba que el interruptor no está en su sitio. Juan, que está dormido, pero no es tonto, no tarda en darse cuenta. No ha dormido en su dormitorio, ni en su casa. A la par, al estar más despierto, va completando la imagen. Ya recuerda con nitidez. Se encuentra resacoso, pero no tanto como otros sábados, pues dejó de beber pronto. Todo por la chica que conoció anoche y que ahora ronca, bien lo sabe Juan, como su hermana. La chica y Juan son veinteañeros. Son jóvenes y los jóvenes, como los adultos, follan e incluso hacen el amor. Algunos jóvenes, por su juventud, son más rápidos en enamorarse que en excitarse. Juan que siempre presume de conocerse a sí mismo, en realidad, se ahoga en las relaciones humanas. Él podría ser de los enamoradizos. No lo tiene claro.

Mientras le corroe la duda, Juan da la luz. La chica sigue arropada, roncando y en definitiva, durmiendo a pierna suelta. «Mejor así», piensa Juan, mientras comienza a buscar sus pertenencias, en especial, su móvil, su mechero y su cartera. Con el calentón, a saber dónde los dejaría y mejor que la chica ni los vea. «Quizás estoy colado por la muy jodida, pero la conocí en la calle y lo mío sigue siendo mío», piensa Juan. «Lo contrario sería pecar de bueno o de comunista», se reafirma.

Modelo de seriedad

Vibra el móvil. Me llama mi padre. Me querrá felicitar. Hoy cumplo veintidós años. Seguro que se lo ha recordado Lorena, su pareja. No le cuelgo, pero tampoco le contesto. La vibración es corta. Mi padre tampoco insiste mucho. Ambos pensamos en una fecha. Fue hace once años.

Aquel día, como tantos otros, oí a mi padre. Era su portazo habitual. Eran sus pasos apelotonados. Era él. Había entrado en casa, como siempre, sin saludar. No pasó, ni siquiera ese día, al salón. Aquel día tampoco se acercó a verme. Le daba igual. Poco importaba que hubiese una piñata. Como consultor financiero, mi padre era un hombre práctico, formal y serio. Mi undécimo cumpleaños era un capricho de su esposa, mi madre. Sus asuntos eran otros. Yo no era más que una boca que alimentar. Mi padre me lo recordaba con frecuencia. Tras el divorcio, sorpresas de la vida, me enteraría que mi padre, en realidad, hacía menos dinero que mi madre. Sin embargo, por entonces, todos pensábamos que él traía el pan a casa. Y, por ello, le permitíamos pasar de esos caprichos de mi madre, incluso cuando ese capricho era un hijo, en este caso, yo, su primogénito. Sus asuntos, lo teníamos asumido, eran otros. Los hermanos éramos un gasto en toda regla.

Mi padre, sin parar por el salón, anduvo el pasillo. Se metió en su despacho. Alcanzado ese momento, eché en falta un segundo portazo. No sonó. No obstante, visto en retrospectiva, tampoco fue tan raro. Mi padre, malhumorado, pero obsesionado con las apariencias, probablemente intentase no alarmar a mis amigos. A lo mejor, quién sabe, luego mis amigos se lo hubiesen contado a sus padres. Era obvio. Mi padre no quería perder su fama de serio y formal.

A escasos metros, en el salón, la piñata reventó. Noté dos ausencias. La ausencia prevista, la de mi padre, y una segunda, la que me decepcionó, la de Lorena, que por entonces era mi canguro. Aquel día Lorena no trabajaba, pero había venido por mí, a celebrar mi cumpleaños. Las chucherías cayeron. Mis amigos se lanzaron a por ellas. Mi padre permaneció ajeno, protegido por la puerta de su despacho. Yo me centré en coger regaliz, pues era el único vicio de Lorena.

El tiempo voló. La celebración acabó. Mi padre seguía en su despacho. Era tarde. Lorena se habría ido ya. Mientras me comía su regaliz, mi madre me pidió que pasase al despacho de mi padre. Mi madre insistía. Mi padre no era malhumorado. Mi padre nos cuidaba. Mi padre esto y mi padre lo otro. Mi padre era un buen modelo. Mi padre aquí y mi padre allá. Mi padre era todo.

Por mi madre, no por mi padre, cedí. No llamé a la puerta del despacho. Simplemente entré. Según me lo reprochaba mi madre, la puerta se terminó de abrir. Lo vimos mi madre y yo. Nos vieron ellos. Todos recordamos la escena. Allí estaba Lorena y en sus labios, los labios, no tan serios, de mi padre.

El vodka como estereotipo

Olga se detiene frente al ascensor sin pulsar el botón de llamada. Espera. Comprueba la hora. Sigue esperando. Resopla. Busca en su bolso. Mira a la pared, no al cartel de propaganda, sino a la advertencia de peligro. Da un segundo resoplido. Su pierna izquierda amaga, pero no se desplaza. La derecha, con un pisotón, protesta. Ruidosa, pero callada, Olga retoma su pequeña búsqueda. Minutos después, por fin, sus dedos emergen con un caramelo.

Varias plantas más abajo, Boris entra al aparcamiento del área restringida. Sonríe mientras sube al ascensor. Porta un maletín y una bolsa. En cuanto se abren las compuertas, Olga escupe su caramelo para morder los labios de Boris. El mordisco se prolonga. La sonrisa de Boris, perenne y mordida, contagia a Olga. Ambos sonríen. Ninguno se siente incómodo, pues no hay espectadores alrededor.

—Solo nos falta el vodka —Olga ignora el maletín, fija su vista en la bolsa y su gesto explota—. ¿Pero? ¡Esa no es la bolsa! Te retrasas y, para colmo, esto.
—Tranquilízate —se apresura un Boris todavía sonriente—, ya verás, aquí están nuestros trajes. Lo he comprobado. ¿Por quién me tomas?
—¡No fastidies! Ahí guardé los monos azules. ¡Siempre en Babia, cariño! Esto no es ninguna cadena de montaje. Aquí hay polvo radiactivo, fosforescencia y mierda tóxica. ¡Rápido! Baja al coche. Trae la bolsa plateada.
—¿La bolsa plateada? —La sonrisa de Boris caduca de sopetón— Me temo que no está en el maletero.
—¿En serio? ¿Bromeas? Esto es increíble, pero dejémoslo, vayamos al hotel. ¡Y vayamos ya!
—Es una opción, pero tampoco se encuentra en el hotel. Lo siento, vida mía. Quedó en Leningrado.

Los ojos de Olga se enrojecen. Un enrojecimiento que prende. Sus pupilas ya arden. Boris, bien reflejado en ellas, se consume entre las llamas.

—Estamos atacados, amor. Los nervios son malos consejeros —Boris reacciona con celeridad—. Respiremos hondo.
—Tienes razón —Olga llena sus pulmones—, pero solo veo una solución.
—Lo sé. Me imagino.

Boris abre su maletín, saca un formulario y se lo facilita a Olga. Aunque Olga lo rellena por su cuenta, ambos lo firman.

—Pues así, la inspección ha concluido —se lamenta Olga—, la central nuclear queda, de este modo, oficialmente verificada —Olga aprieta los puños y vacía sus pulmones—. ¡No lo pensemos más! Volvamos al hotel. Mañana nos toca la vuelta a Leningrado.
—De acuerdo, amor. Seguro que los parámetros permanecen en los rangos adecuados. Seguro que los dispositivos están intactos. Seguro que este formulario no contiene ninguna inexactitud —sentencia Boris—. Vivimos en la Unión Soviética. Contamos con la tecnología más puntera.
—Es cierto, cariño —Olga relaja sus manos y el aire fluye—, me enorgullezco de nuestra patria.
—Desde luego. Aquí nunca suceden crisis apocalípticas. Los reactores están bien mantenidos. El vodka es vodka. La vida vale la pena —Boris recupera su sonrisa—. Siempre sopla un viento limpio en Chernóbil.

Aire manoseado

Mientras el tribunal delibera a puerta cerrada, Elvira recorre el pasillo de un extremo a otro, una y otra vez. Al ser un espacio concurrido, Elvira se hace invisible a ratos, pues aparece y desaparece intermitentemente, al menos, de la vista de sus familiares.

—Serénate —Fran, su hermano, aprovecha una de las aproximaciones de Elvira—. Soy yo quien ha presentado su tesis. Tú no te juegas nada.
—¿Yo? Si estoy la mar de tranquila —Elvira echa un vistazo al reloj—. En un momento, estás aprobado. El caso es que me cuesta respirar cuando otros respiran mi aire.
—No empieces con la tema.
—Tres son multitud y más cuando por anatomía, se suman seis pulmones. El aire queda muy respirado, así como manoseado, sin calidad. Aquí habrá tropecientas personas —Elvira vuelve a mirar la hora—. Mejor me voy a fumar.

Elvira sale por la puerta más cercana. Al ir a encender un cigarrillo, por un temblor en sus manos, le resbala el mechero y se quema ligeramente una de las mangas de su jersey. Elvira patalea e intenta todo. Sopla y echa saliva. Restriega con la mano y con un pañuelo. El tejido, con todo, queda agujereado. Ya no hay tiempo para fumar. Su madre ha ido a buscarla.

—¡Ha aprobado! ¡Entra!
—¿Ahora? ¿Tan de repente? Vaya —Elvira piensa en el tabaco.
—Sí, así es. En una salita, han preparado un cóctel. Han venido sus amigos, sus profesores y su director de tesis.
—Una salita suena a sala pequeña y tanta gente parece mucha gente. Te apuesto lo que quieras. No habrá aire de calidad para todos.
—¡Déjate de bobadas, María Elvira, y entra! La guerra que no me has dado de pequeña, me la das ahora.

Elvira entra a la salita. Ahora el invisible a ratos es su hermano, que está rodeado de colegas. Cuando lo localiza, en lugar de acercarse a él, Elvira grita la enhorabuena y aunque Fran no se entera, para ella queda felicitado. La celebración continúa. Fran atiende a los invitados. Elvira se mueve de un sitio a otro sin parar en ningún lado. Coge refrigerios que no acaba. Mira una y otra vez la hora. A veces, se arrima a una esquina, inhala aire, lo expulsa y tose. Al toser, se dice a sí misma «lo sabía, mira que lo sabía».

Un soldado

Andrés es de familia media, pero no acomodada. «Los militares jamás nos acomodamos», suele repetir su abuelo. Andrés jamás ha visto los ojos de ese abuelo que nunca se quita sus gafas de sol. Son los gajes del servicio. Fue una brecha abierta, luego un escozor los días nublados, ahora no es más que una cicatriz bajo la ceja derecha. Andrés, en realidad, desconoce tal cicatriz. Un soldado no pregunta a sus superiores a no ser que le cedan la palabra. Él todavía no ha entrado al ejército, pero es soldado desde la cuna. Sus nanas eran un redoble de tambor militar. Respeta el escalafón.

El padre de Andrés también es militar, pero Andrés no le ha tomado como ejemplo. Su padre, sin las gafas del abuelo, tiene más de administrativo que de soldado. Un administrativo que rehuye los puestos más movidos. De hecho, el padre de Andrés hizo un curso de ofimática avanzada y ahora, en un cementerio de elefantes, gestiona una base de datos con información relativa a nuevos cadetes. El abuelo ya no dice nada. «Entró al ejército, pero se ha acomodado», se calla el abuelo. Andrés adivina el pensamiento y asiente como si lo estuviese escuchando.

Hoy Andrés visita Zaragoza. Le faltan un par de años para entrar, si finalmente lo consigue, en la Academia Militar. Llega a Delicias junto a su madre. Se bajan del AVE. Cogen el cercanías hasta la estación de Portillo. Salen a la calle. La piel de Andrés no se eriza. El aire no hace ruido. Andrés frunce el ceño. Le ha tocado el bombón rancio de la caja. Resulta decepcionante. Andrés quiere morirse de frío con ese Cierzo que siempre puebla las anécdotas de su abuelo. Su abuelo se formó en esta ciudad. Le parece increíble, pero, por fin, es su turno. Llega su momento. Toca su destino con los dedos.

Andrés y su madre se mueven con el paso propio de la marcha militar. A pesar de su buen ritmo, apenas hincan el diente a unos bocadillos y ya llega la noche. Madre e hijo se hospedan en un hotel cercano a Portillo. Mañana se celebra una jornada de puertas abiertas en la Academia Militar. Andrés da mil vueltas en la cama. No pega ojo. Las sábanas son ásperas, pero eso le importa poco. Piensa. Piensa mucho y le mata la imagen de su padre. Su padre también recibió en Zaragoza su formación castrense. Andrés suda. Se muere por gritar. Él no tiene las gafas de sol de su abuelo. Su cabeza vibra como una olla a presión. «¿Y si me acomodo como mi padre?».

El disparate

Completada la universidad, entré en Coritel como programador. Era octubre de 2011. Aunque iba de traje, el salario era uno de esos que no justificaban haber gastado toda la juventud estudiando. Con todo, más que el bolsillo, me dolían las horas. Las jornadas eran interminables. Entraba a las ocho de la mañana y con suerte, me escapaba a las seis de la tarde. Con suerte. Con mucha suerte, la verdad. A eso se sumaban dos horas de metro, una por trayecto. Todos los días eran iguales. Eran estresantes. Se hacían largos. Sin embargo, a la vez, volaban uno detrás de otro.

No solo volaban los días, también volaban los meses. Sin darme cuenta, envuelto en la rutina del estrés, alcancé junio de 2012. En la calle pegaba el verano, pero oficialmente, según el calendario, no había terminado la primavera y, por tanto, debía seguir yendo de traje.

De aquella época, para el recuerdo, me quedo con un viernes. Salía del trabajo y me dirigía al metro. Llevaba los auriculares puestos. Joaquín Sabina cantaba la del mes de abril y nombraba, como sin venir a cuento, a un hombre de traje gris. Pese a la llegada del fin de semana, me movía arrastrando los pies. No corría hacia el finde. No alcanzaba el metro, pues me frenaba el runrún del lunes que vendría. Ahí sonaba Sabina. Ahí quedaba retratado yo. No era coincidencia. El flaco de Úbeda siempre ha contado más de lo que dice. No había duda. Yo era el hombre del traje gris. Un traje de un gris tan gris que ya no disfrutaba ni siquiera el viernes a la salida del trabajo.

Hay disparates que se deciden en menos que canta un gallo. Aquel disparate lo decidí en menos de lo que duró «¿Quién me ha robado el mes de abril?». Al lunes siguiente, lo disparatado me parecía conveniente y en plena crisis, lo comuniqué. Primero hablé con mi superior directo, el jefe de proyecto. Luego me dirigí al departamento de recursos humanos. En julio, una vez cumplido el aviso reglamentario, el disparate se materializó y, sin planes a la vista, abandoné el trabajo.

Inmejorablemente imperfecto

Es temprano y, nada, no ha habido manera, no he tenido tiempo de desayunar. Todavía tengo la leche en el microondas y ya he recibido un fajo de mensajes. El teletrabajo es un mal invento. Llevo un mes frenético, a destajo, agobiado. Me están exigiendo entregar el diseño web y le estoy echando más horas de las que jamás hubiese echado en la oficina. El cliente, un cansino donde los haya, está impaciente. Ya sé que no hay tiempo. Ya sé que lo quiere para ayer. Ya sé que le corre prisa. Ya sé que me he retrasado. Ya sé que debo entregar el diseño hoy. Ya sé, ya sé.

Este diseño es delicado, pues afecta a una web que está siendo usada y que funciona de maravilla. No se trata de hacer algo nuevo sino de hacer algo mejor. Tiene algo de apuesta. El cliente quiere un diseño web que rompa con lo anterior, pero a la vez, que mantenga la continuidad. El cliente es tal cual, un cachondo que suelta ideas opuestas, se echa un piti y se queda tan pancho.

Debo mantener la calma. Tampoco queda tanto. Estoy en la recta final. Me noto nervioso, pero con un piti, se me pasará. Cojo el paquete de Nobel y no me lo creo, pero no queda ni uno. ¿Cómo voy a acabar el puto diseño sin un maldito Nobel? Irene tendrá tabaco, pero será Marlboro. ¿Cómo estoy con una chica que es fascinante, pero que fuma la marca que me da cagalera?

Tampoco tengo que desesperarme. En principio, el diseño web está acabado. El cliente lo ha visto y ha dado su aprobación. Sin embargo, la última revisión está pendiente. Yo, como responsable del diseño, me juego el tipo. Parece una pijada, pero no lo es. El diseño llevará mi firma y si no soy cuidadoso, joderé la marrana. Es un diseño para la web de un tocapelotas, pero ese tocapelotas tiene contactos y con suerte, quizá dé un empujón a mi vida. Sería cuestión de tiempo.

No debo meter la pata y no la meteré. Veo el diseño y no es por echarme flores, pero todo ha quedado de puta madre. Sin embargo, cuanto más me acerco al final, más quisquilloso me vuelvo. Veo tantos matices en el diseño que me pongo malo. Me fijo en un enlace a un recurso externo y su estilo me pone atacado. No sé si es el color, la tipografía o qué cojones pasa. Estoy que me subo por las paredes. Pasan las horas, necesito algo y bien pensado, nadie se muere por una cagalera. Busco en la mesilla de noche de Irene y saco de todo, excepto esa mierda etiquetada como Marlboro.

Mientras veo todo lo que guarda Irene en su mesita de noche, me viene a la cabeza que hace poco dejó de fumar. No solo me lo dijo, sino que me lo ha ido contando día tras día. Soy un capullo de cuidado. En realidad, no olvido nada, pero dejo en un segundo plano las movidas de Irene, como si ella fuese cualquier persona, cuando sin duda, es lo mejor que me ha pasado jamás. Todo por este puto diseño web, pues, incluso en mis ratos libres, he tenido el runrún en la cabeza. Jodida vida. Ahora que caigo, había algo más. Irene me habló también de una merienda por el cumpleaños de la zorra de mi suegra. Debería mirar el calendario por si las moscas.

Apenas me atrevo, pero miro el calendario y me topo con lo que le faltaba a mi día. El cumpleaños es hoy y la merienda comienza en un rato. Así se resume mi puñetera suerte. A veces, no estaría mal que prestase atención y supiese de qué va mi vida. Lo mismo ha pasado con el diseño web de los cojones. Me comprometí a lo loco y ya bien avanzado, descubrí que tenía un cagaprisas por cliente. Mejor no calentarme los cascos. Inspirar y espirar. Tengo que reaccionar. Inspirar por la nariz y espirar lentamente por la boca. Con internet y los datos móviles, será verdaderamente simple. Antes de ir al cumpleaños, dejaré subido el diseño a la nube y para ello, no necesitaré complicarme en absoluto, pues Google Drive servirá. Luego asistiré a la merienda y con el móvil, seguiré trabajando. Mis suegros notarán que no despego los ojos del móvil, pero a día de hoy, todos estamos viciados y todos hacemos lo mismo. Pasaré como uno más. Todo me parece arreglado. La vida es bonita y me calmo.

Cojo el coche y tras pasar por una floristería, llego puntual al piso de mis suegros. Saludo a los presentes. Llevo el móvil en el bolsillo y siento que todo está bajo control. Mi suegra ya no me parece tan zorra y le entrego un ramo de flores. Irene, que esperaba mi presencia, pero no que llegase con ningún ramo para su madre, pone su cara de novia orgullosa. Es el momento. Le digo que me acompañe al rellano, le cuento la movida del diseño web y le pido que me eche una mano. Simplemente necesito estar en el cumpleaños sin realmente estar, es decir, quedarme en una silla y que nadie me moleste. A Irene se le tuerce un poquito el gesto, pero es una buenaza y justo ahora, se siente orgullosa de mí. No duda, al menos no mucho, y acepta, una vez más, ser mi cómplice.

Irene cumple su parte y logra que yo trabaje realmente a gusto. El diseño web nunca me parece perfecto, pero pienso en Irene y recuerdo que fumaba Marlboro. En la vida, nada es perfecto. Irene no es perfecta, pero es lo mejor que me ha pasado. Miro el diseño web y veo a Irene. Sé que no es el mejor diseño web del mundo, pero a la vez, siento que nada lo podría mejorar, pues es inmejorablemente imperfecto. Así que le pongo mi nombre a modo de firma y sin vacilar, realizo la entrega desde el móvil.

Al final, quién lo diría, ha habido tiempo.

A propósito de los lavabos

El lavabo está limpio, todo lo limpio que se puede esperar del lavabo de una chocolatería, que visto lo visto, no es poco, pues es más que en un bar. Lo malo es la cercanía del urinario con la puerta, así que meo ladeado por el miedo a recibir un portazo. Una de esas anécdotas que, por cotidianas, no aparecen en la prensa, ni siquiera en la local. Temo por mi brazo izquierdo. La mano izquierda ya me la dañé una vez en un partido de fútbol, no por el fútbol en sí, sino por Damián que es muy, cómo decirlo, desgraciado. Se pasó luchando aquel balón. Era una pachanga y yo estaba en el suelo. No nos jugábamos nada y yo estaba tirado. Tierra, pisotón, tacos, dolor. Urgencias. Luego la escayola. Así fue. Así es. Me aterra hacerme daño físico y me molestan las, creo que vienen al caso aquí, luxaciones. Una luxación es una hostia que deja mal los huesos. Afortunadamente me lavo las manos y salgo del lavabo sin luxaciones, aunque con las manos ligeramente mojadas, ya se sabe, los secadores estos. Un día alguien se resbalará con las gotas de sus propias manos.

Al salir del lavabo, me están esperando unos churros, un chocolate a la taza e Irene. Irene toma sus churros con café, lo cual está doblemente mal. No sé cómo pide café. Primero, estamos en una chocolatería, no es ninguna cafetería o no debería serlo, claro que venden churros y, en el letrero, tampoco pone nada de churrería. Supongo que es ingeniería financiera a escala de barrio. Segundo, el aceite de los churros queda por encima del café en forma de gotitas y no me imagino como sabe, pero resulta asqueroso.

Mientras pienso en todas las aberraciones que está cometiendo Irene, me termino de secar las manos con un par de servilletas. Son ásperas. Me pregunto si las madres las usarían en los morros de sus bebés. Irene quiere ser madre. No me lo está contando ahora, ahora me está contando un encontronazo con su jefa, pero me lo contará antes de que nos despidamos. Siempre me lo cuenta y siempre se queja de Damián, que además de desgraciado, es su novio. Se queja de Damián no solamente por su falta de vocación paterna, sino prácticamente por todo, excepto por la lesión que me provocó. De la lesión, dice que exageré y que una escayola no mata a nadie. No lo niego, pero exagerar no es inventar sino preparar una historia para un público poco despierto. No digo que Irene sea poco despierta. Para nada. En cualquier caso, se queja de Damián y se queja mucho. Por eso está con él. Necesita un cabeza de turco para sus errores personales. Hay parejas así y son más de una y más de dos.

Me encanta el lavabo del trabajo porque, además de limpio y de uso individual, tiene papel de manos en lugar de secador. Te secas, sin atisbo de duda, bastante mejor. Además tiene cubo de basura y antes de salir, tras secarme las manos, hago una pelota con el papel y pruebo a encestar. El lavabo es amplio, tanto que puedo alejarme lo suficiente para que sea un reto encestar y más cuando yo soy de fútbol. Hago, la verdad, pocas canastas y, como soy civilizado, me agacho a recoger la pelota de papel. No es problema. Soy un roble. No tengo problemas de espalda. Una vez me dolió el lumbago, pero fue solamente un día y por el aire acondicionado, nada preocupante, no por cosas de genética. Ni siquiera fui al médico. Bastó un único antiinflamatorio.

Hay lavabos que apestan como una rata aplastada. Y, sin embargo, la peste es lo de menos, pues es un lavabo y el tufo es lo esperado. Además, lo de la rata es una exageración y, a decir verdad, nunca he olido una rata aplastada ni de lejos. A lo mejor huele como un gato aplastado, algo que he visto con mis ojos, pero que tampoco he olido pues la una única vez que lo vi fue a través de la ventanilla del coche y estaba subida. En cualquier caso, el olor no es lo peor, peor es la suciedad, ya se sabe, por lo de antihigiénica, y peor todavía, esos dispensadores de jabón vacíos, en particular, los que nunca se rellenan y simplemente engañan. O esos retretes sin cerrojo, tan comunes en discotecas y cervecerías, incluso en las de moda. La gente exigimos poco a estos locales, pese a que cuando eres asiduo a un local y por extensión, a su lavabo, sufres estas cosas.

El lavabo del piso de Irene y Damián, al que también soy asiduo, es uno de estos lavabos. No tiene pestillo. No creo que nadie tenga interés en sorprenderme, pero es instintivo, bloqueo la puerta con el pie. Luego, no sé cómo se apañan, pero el jabón siempre lo tienen agotado. Esta vez también. Así que tengo que buscar el gel. Abro la mampara de la ducha. En la balda superior, justo delante del gel, hay un preservativo usado. Son descuidos tontos. No reprocho nada, pero prefiero no tocar nada de esa balda. Así que cojo el champú, que lo tienen en el suelo. Mis manos, quién lo diría, quedan libres de caspa.