Sinsabores de unas galletas

Esta barra está como una piedra. Será de anteayer y ya me conozco la historia. A la hora del recreo, Iván sacará su bocadillo y sin hincarle el diente, comenzará a manosearlo. Notará el pan tan acartonado que todo el bocadillo, incluido el jamón, acabará en la basura. Lo peor es que Iván no se quejará, pues tiene mal comer y prefiere saltarse la comida del mediodía. Así que mejor guardo la barra para unas migas, uso pan de molde y me curo en salud. ¡No vaya a darle hambre justo hoy! Es mi deber como padre. Son pequeños detalles, pero la alimentación ayuda al estudio. Iván debe formarse bien. Me preocupa que acabase en un mal trabajo, los hay muy malos. Lo sé.

Tras mi pequeña decisión, el problema parece resuelto hasta que abro el cajón y el pan de molde no está en su sitio. Empiezo a sacar cosas y rebusco como un loco. Aunque encuentro de todo, mi búsqueda no concluye. Con el contenido del primer cajón en la encimera, abro el segundo y, de repente, oigo la puerta. Mientras siento un perfume dulce, uno de esos que tanto gustan a Verónica, me doy cuenta de la que he liado. He puesto la cocina patas arriba.

—¿Qué haces, cariño?
—Nada —sonrío y muestro lo primero que he podido pillar, un sacacorchos.
—¿Seguro? ¿Por qué no me cuentas qué estás buscando?
—Nada, el sacacorchos. Ruiz se jubila, ha sido un buen jefe y me gustaría tener un detalle.
—Ahora resulta que Ruiz ha sido un buen jefe. En fin, ya has encontrado tu sacacorchos y yo te lo agradezco —me besa—. No sé qué tramas, pero me espera un día duro en la oficina. Te pase lo que te pase, voy con prisa. Lo siento.
—Lo sé. Ve tranquila. No te preocupes.
—Vale. Me conformo con que no te olvides de Iván. Hoy no se trata solo de llevarle a la escuela, sino que también te tocará recogerle y acercarle a inglés.
—Yo me encargo. Me sé los horarios.

Con todo hablado, desaparece el perfume de Verónica y me desengaño del pan de molde. No me da tiempo a recoger la cocina, cuando aparece Iván con la bandeja del desayuno. Se ha dejado prácticamente todas las galletas.

—No quiero más.
—¿Eso has comido?
—¡Es mucho! No quiero más.
—Debes desayunar para ponerte fuerte como Cristiano Ronaldo.
—Cristiano es un manta. ¡No quiero más!
—Bueno, no hace falta que lo repitas. Ya te he oído la primera vez.
—¡Pero no me haces caso!

Sin ganas de discutir, veo que se me planta una buena oportunidad. Cojo las galletas que se ha dejado y mato dos pájaros de un tiro. Las meto en su mochila. Ya tiene tentempié para el recreo. Cojo mi maletín y salimos. Semáforo a semáforo, atasco tras atasco, consigo dejar a Iván en la escuela. Luego es Verónica la que se queja de ir con prisas, pero han dado las diez y no he entrado al trabajo. Cuando llego, Ruiz me está esperando.

—¿Qué horas son estas?
—Lo lamento mucho. Había mucho tráfico. Ya sabe el tiempo que requiere un niño.
—No ponga excusas. Yo he tenido cinco hijos y siempre he sido puntual. Esto excede la conciliación familiar.
—Le pido disculpas.
—¿Ve? Por esto, no puedo celebrar mi jubilación. Incluso en mi último día, tengo que estar encima.

Mientras me pregunto cómo será el sustituto de Ruiz, me siento en mi puesto. Con un nudo en el estómago, abro mi maletín. Allí encuentro lo más dulce del día: las galletas que se ha dejado Iván en el desayuno. Me las ha colado. Este chico es más listo que el hambre. Él no acabará aquí. No es solo cuestión de estudios y formación. Estoy seguro. Es avispado. El no acabará como yo.

The Name of a Mother

After years away from her hometown, Sarah knocked on the door of her childhood house. She was looking for the box in which her mother kept the family jewelry. Once the door was opened, three terrible memories came to Sarah. A burial, the first Christmas at the orphanage for girls, the forgotten jewels. When the new owner asked her about her visit, Sarah’s hands started shaking. A new owner meant no mom yelling at her because of the dirty rabbit’s cage. No mom at all. Sarah could not give a good answer, just said her mom’s name: “Emily Smith.” In those few words, she felt the taste of a rotten carrot from her past. The rabbit was killed two days after her mom committed suicide. Sarah ate the remaining carrots. The owner probably knew nothing: just a good purchase in a peaceful neighborhood. “Emily Smith,” Sarah said again.

Unfortunately or fortunately, something exploded inside the house, probably a kitchen appliance. Sarah got the chance and walked in. The living room was filthier than ever: not only dust but also a sticky carpet. Sarah tried not to think, not to see, not to pay attention to the bizarre painting of a pink tiger. She went to the master bedroom and stared at the tiled floor. Luckily the same tiles. She rummaged in her purse for a hammer and broke the third tile. In the created hole, she found a box: the box. “What the hell?” the owner angrily turned up. Sarah reacted quickly and ran fast but she slipped on the sticky carpet and fell.

An ambulance and the police. The day after, a police officer brought her the box to the hospital. “Emily Smith is engraved in all the jewels,” the police officer said, “and therefore no charges against you.”

Cuando me hablan del primer amor

Tardé en levantar la mirada del pupitre tres años. Tres largos años, que a esas edades, duran más. Años en los que mis bolis temblaban y mi caligrafía empeoraba. Me ponía no sé si nerviosa o frenética. Mientras rompía a sudar, no daba ni siquiera con el estuche dentro del compartimento pequeño de la mochila. Una mochila repleta de libros y trastos, pero con un único sueño. Ese sueño, tonta de mí, eran tus huesos, eras tú.

—¿Es mañana la excursión esa? —o algo por el estilo.
—Sí —contesté.
—Gracias —así acabó nuestra única conversación en tres años.

Quizá no supiste de esos paseos, los de después de clase, que acababan en tu calle, prácticamente en tu mismo portal. Tú llegabas antes. Ibas en autobús. Quizá no supiste de mis lágrimas al rellenar cuestionarios de correos electrónicos, de esos en cadena, que aventuraban el futuro en pareja. También te llegarían a ti. Estuvieron de moda. Quizá no supiste que empecé a escuchar jazz cuando una amiga me indicó que te gustaba y me pasé al rock cuando comprobé que esa amiga sencillamente se había burlado de mí. Al menos, de segundas, con la tontería del rock, empezamos a hablar. Aunque quizá tampoco supieras que con diecisiete años se puede amar.

—¿Y dónde es ese concierto? —pregunté.
—En la zona industrial. ¿Vamos?
—No creo que me dejen ir —y más decirlo, me di cuenta que lo absurda que era.

Acabamos el bachillerato y la vida, con todo y por fortuna discutible, nos llevó por caminos no tan distintos. Distintas universidades, pero misma ciudad. Recuerdo, y seguro que recuerdas, que quedábamos los miércoles para asistir a algún que otro concierto y cuando no se terciaba ninguno, para ir al cine. Nos gustaban, a mí porque te gustaban a ti, unos de leer, es decir, de versión original. Luego, al acabar, casi siempre me acompañabas a mi piso. Allí, con mis compañeras, sus caras de sorpresa y sus gestos de arrojo, solía revivir el viejo temblor de mis bolis. Mi cuerpo temblaba. Tú, en tu línea, quizá no supiste.

—¿En qué piensas?
—¿Crees que el amor es así? —fue la primera vez que te oí pronunciar la palabra amor—. Me refiero. En el concierto de esta noche sin ir más lejos. Será cosa de los compositores. Suelen ser jóvenes. Tal vez de los cantantes. Aceptan cualquier propuesta. Tal vez sea cosa mía, pues no entiendo de letras. No te lo discuto. Vaya, a lo que voy, tal vez sea sentimiento mío, pero el amor aparece siempre muy idealizado. Todo muy romántico. En plan, conoces a alguien, se hace la magia y, por arte de esa magia, todo se soluciona. No me lo creo. Sencillamente las cosas no funcionan así. La vida es más complicada y nadie te la soluciona —seguiste divagando, pero preferí no escuchar.

A partir de entonces, empecé a estar ocupada los miércoles.

Don Juan y el comunismo

I

Recién levantado, Juan ignora su resaca y los ronquidos de la chica que conoció ayer. Son jóvenes. Ayer follaron y quizá incluso hicieron el amor. Algunos jóvenes son más rápidos en enamorarse que en excitarse. Él podría ser de los enamoradizos.

Mientras le corroe la duda, ve las magdalenas de su abuela y las ataca. Apenas quedan y, como las quiere para él, da mordisquitos cuidadosos. No quiere compartir con la chica. «A lo mejor la amo, pero la conocí fuera y lo mío es mío», piensa Juan sin dejar una miga. «Lo contrario sería hacerme comunista», se reafirma.

II

Juan, que permanece entre las sábanas, ha comenzado, poco a poco, a despertar. Está medio despierto, aunque en realidad, no alcanza esa mitad. Según va recuperando la conciencia, recuerda a su hermana. Le asalta el primer dilema del día. «¿Cómo puede mi propia hermana joderme la vida con sus putos ronquidos?».

Medio dormido y resignado, Juan se levanta. Al dar la luz, comprueba que el interruptor no está en su sitio. Juan, que está dormido, pero no es tonto, no tarda en darse cuenta. No ha dormido en su dormitorio, ni en su casa. A la par, al estar más despierto, va completando la imagen. Ya recuerda con nitidez. Se encuentra resacoso, pero no tanto como otros sábados, pues dejó de beber pronto. Todo por la chica que conoció anoche y que ahora ronca, bien lo sabe Juan, como su hermana. La chica y Juan son veinteañeros. Son jóvenes y los jóvenes, como los adultos, follan e incluso hacen el amor. Algunos jóvenes, por su juventud, son más rápidos en enamorarse que en excitarse. Juan que siempre presume de conocerse a sí mismo, en realidad, se ahoga en las relaciones humanas. Él podría ser de los enamoradizos. No lo tiene claro.

Mientras le corroe la duda, Juan da la luz. La chica sigue arropada, roncando y en definitiva, durmiendo a pierna suelta. «Mejor así», piensa Juan, mientras comienza a buscar sus pertenencias, en especial, su móvil, su mechero y su cartera. Con el calentón, a saber dónde los dejaría y mejor que la chica ni los vea. «Quizás estoy colado por la muy jodida, pero la conocí en la calle y lo mío sigue siendo mío», piensa Juan. «Lo contrario sería pecar de bueno o de comunista», se reafirma.

Modelo de seriedad

Vibra el móvil. Me llama mi padre. Me querrá felicitar. Hoy cumplo veintidós años. Seguro que se lo ha recordado Lorena, su pareja. No le cuelgo, pero tampoco le contesto. La vibración es corta. Mi padre tampoco insiste mucho. Ambos pensamos en una fecha. Fue hace once años.

Aquel día, como tantos otros, oí a mi padre. Era su portazo habitual. Eran sus pasos apelotonados. Era él. Había entrado en casa, como siempre, sin saludar. No pasó, ni siquiera ese día, al salón. Aquel día tampoco se acercó a verme. Le daba igual. Poco importaba que hubiese una piñata. Como consultor financiero, mi padre era un hombre práctico, formal y serio. Mi undécimo cumpleaños era un capricho de su esposa, mi madre. Sus asuntos eran otros. Yo no era más que una boca que alimentar. Mi padre me lo recordaba con frecuencia. Tras el divorcio, sorpresas de la vida, me enteraría que mi padre, en realidad, hacía menos dinero que mi madre. Sin embargo, por entonces, todos pensábamos que él traía el pan a casa. Y, por ello, le permitíamos pasar de esos caprichos de mi madre, incluso cuando ese capricho era un hijo, en este caso, yo, su primogénito. Sus asuntos, lo teníamos asumido, eran otros. Los hermanos éramos un gasto en toda regla.

Mi padre, sin parar por el salón, anduvo el pasillo. Se metió en su despacho. Alcanzado ese momento, eché en falta un segundo portazo. No sonó. No obstante, visto en retrospectiva, tampoco fue tan raro. Mi padre, malhumorado, pero obsesionado con las apariencias, probablemente intentase no alarmar a mis amigos. A lo mejor, quién sabe, luego mis amigos se lo hubiesen contado a sus padres. Era obvio. Mi padre no quería perder su fama de serio y formal.

A escasos metros, en el salón, la piñata reventó. Noté dos ausencias. La ausencia prevista, la de mi padre, y una segunda, la que me decepcionó, la de Lorena, que por entonces era mi canguro. Aquel día Lorena no trabajaba, pero había venido por mí, a celebrar mi cumpleaños. Las chucherías cayeron. Mis amigos se lanzaron a por ellas. Mi padre permaneció ajeno, protegido por la puerta de su despacho. Yo me centré en coger regaliz, pues era el único vicio de Lorena.

El tiempo voló. La celebración acabó. Mi padre seguía en su despacho. Era tarde. Lorena se habría ido ya. Mientras me comía su regaliz, mi madre me pidió que pasase al despacho de mi padre. Mi madre insistía. Mi padre no era malhumorado. Mi padre nos cuidaba. Mi padre esto y mi padre lo otro. Mi padre era un buen modelo. Mi padre aquí y mi padre allá. Mi padre era todo.

Por mi madre, no por mi padre, cedí. No llamé a la puerta del despacho. Simplemente entré. Según me lo reprochaba mi madre, la puerta se terminó de abrir. Lo vimos mi madre y yo. Nos vieron ellos. Todos recordamos la escena. Allí estaba Lorena y en sus labios, los labios, no tan serios, de mi padre.

El vodka como estereotipo

Olga se detiene frente al ascensor sin pulsar el botón de llamada. Espera. Comprueba la hora. Sigue esperando. Resopla. Busca en su bolso. Mira a la pared, no al cartel de propaganda, sino a la advertencia de peligro. Da un segundo resoplido. Su pierna izquierda amaga, pero no se desplaza. La derecha, con un pisotón, protesta. Ruidosa, pero callada, Olga retoma su pequeña búsqueda. Minutos después, por fin, sus dedos emergen con un caramelo.

Varias plantas más abajo, Boris entra al aparcamiento del área restringida. Sonríe mientras sube al ascensor. Porta un maletín y una bolsa. En cuanto se abren las compuertas, Olga escupe su caramelo para morder los labios de Boris. El mordisco se prolonga. La sonrisa de Boris, perenne y mordida, contagia a Olga. Ambos sonríen. Ninguno se siente incómodo, pues no hay espectadores alrededor.

—Solo nos falta el vodka —Olga ignora el maletín, fija su vista en la bolsa y su gesto explota—. ¿Pero? ¡Esa no es la bolsa! Te retrasas y, para colmo, esto.
—Tranquilízate —se apresura un Boris todavía sonriente—, ya verás, aquí están nuestros trajes. Lo he comprobado. ¿Por quién me tomas?
—¡No fastidies! Ahí guardé los monos azules. ¡Siempre en Babia, cariño! Esto no es ninguna cadena de montaje. Aquí hay polvo radiactivo, fosforescencia y mierda tóxica. ¡Rápido! Baja al coche. Trae la bolsa plateada.
—¿La bolsa plateada? —La sonrisa de Boris caduca de sopetón— Me temo que no está en el maletero.
—¿En serio? ¿Bromeas? Esto es increíble, pero dejémoslo, vayamos al hotel. ¡Y vayamos ya!
—Es una opción, pero tampoco se encuentra en el hotel. Lo siento, vida mía. Quedó en Leningrado.

Los ojos de Olga se enrojecen. Un enrojecimiento que prende. Sus pupilas ya arden. Boris, bien reflejado en ellas, se consume entre las llamas.

—Estamos atacados, amor. Los nervios son malos consejeros —Boris reacciona con celeridad—. Respiremos hondo.
—Tienes razón —Olga llena sus pulmones—, pero solo veo una solución.
—Lo sé. Me imagino.

Boris abre su maletín, saca un formulario y se lo facilita a Olga. Aunque Olga lo rellena por su cuenta, ambos lo firman.

—Pues así, la inspección ha concluido —se lamenta Olga—, la central nuclear queda, de este modo, oficialmente verificada —Olga aprieta los puños y vacía sus pulmones—. ¡No lo pensemos más! Volvamos al hotel. Mañana nos toca la vuelta a Leningrado.
—De acuerdo, amor. Seguro que los parámetros permanecen en los rangos adecuados. Seguro que los dispositivos están intactos. Seguro que este formulario no contiene ninguna inexactitud —sentencia Boris—. Vivimos en la Unión Soviética. Contamos con la tecnología más puntera.
—Es cierto, cariño —Olga relaja sus manos y el aire fluye—, me enorgullezco de nuestra patria.
—Desde luego. Aquí nunca suceden crisis apocalípticas. Los reactores están bien mantenidos. El vodka es vodka. La vida vale la pena —Boris recupera su sonrisa—. Siempre sopla un viento limpio en Chernóbil.

Aire manoseado

Mientras el tribunal delibera a puerta cerrada, Elvira recorre el pasillo de un extremo a otro, una y otra vez. Al ser un espacio concurrido, Elvira se hace invisible a ratos, pues aparece y desaparece intermitentemente, al menos, de la vista de sus familiares.

—Serénate —Fran, su hermano, aprovecha una de las aproximaciones de Elvira—. Soy yo quien ha presentado su tesis. Tú no te juegas nada.
—¿Yo? Si estoy la mar de tranquila —Elvira echa un vistazo al reloj—. En un momento, estás aprobado. El caso es que me cuesta respirar cuando otros respiran mi aire.
—No empieces con la tema.
—Tres son multitud y más cuando por anatomía, se suman seis pulmones. El aire queda muy respirado, así como manoseado, sin calidad. Aquí habrá tropecientas personas —Elvira vuelve a mirar la hora—. Mejor me voy a fumar.

Elvira sale por la puerta más cercana. Al ir a encender un cigarrillo, por un temblor en sus manos, le resbala el mechero y se quema ligeramente una de las mangas de su jersey. Elvira patalea e intenta todo. Sopla y echa saliva. Restriega con la mano y con un pañuelo. El tejido, con todo, queda agujereado. Ya no hay tiempo para fumar. Su madre ha ido a buscarla.

—¡Ha aprobado! ¡Entra!
—¿Ahora? ¿Tan de repente? Vaya —Elvira piensa en el tabaco.
—Sí, así es. En una salita, han preparado un cóctel. Han venido sus amigos, sus profesores y su director de tesis.
—Una salita suena a sala pequeña y tanta gente parece mucha gente. Te apuesto lo que quieras. No habrá aire de calidad para todos.
—¡Déjate de bobadas, María Elvira, y entra! La guerra que no me has dado de pequeña, me la das ahora.

Elvira entra a la salita. Ahora el invisible a ratos es su hermano, que está rodeado de colegas. Cuando lo localiza, en lugar de acercarse a él, Elvira grita la enhorabuena y aunque Fran no se entera, para ella queda felicitado. La celebración continúa. Fran atiende a los invitados. Elvira se mueve de un sitio a otro sin parar en ningún lado. Coge refrigerios que no acaba. Mira una y otra vez la hora. A veces, se arrima a una esquina, inhala aire, lo expulsa y tose. Al toser, se dice a sí misma «lo sabía, mira que lo sabía».

Un soldado

Andrés es de familia media, pero no acomodada. «Los militares jamás nos acomodamos», suele repetir su abuelo. Andrés jamás ha visto los ojos de ese abuelo que nunca se quita sus gafas de sol. Son los gajes del servicio. Fue una brecha abierta, luego un escozor los días nublados, ahora no es más que una cicatriz bajo la ceja derecha. Andrés, en realidad, desconoce tal cicatriz. Un soldado no pregunta a sus superiores a no ser que le cedan la palabra. Él todavía no ha entrado al ejército, pero es soldado desde la cuna. Sus nanas eran un redoble de tambor militar. Respeta el escalafón.

El padre de Andrés también es militar, pero Andrés no le ha tomado como ejemplo. Su padre, sin las gafas del abuelo, tiene más de administrativo que de soldado. Un administrativo que rehuye los puestos más movidos. De hecho, el padre de Andrés hizo un curso de ofimática avanzada y ahora, en un cementerio de elefantes, gestiona una base de datos con información relativa a nuevos cadetes. El abuelo ya no dice nada. «Entró al ejército, pero se ha acomodado», se calla el abuelo. Andrés adivina el pensamiento y asiente como si lo estuviese escuchando.

Hoy Andrés visita Zaragoza. Le faltan un par de años para entrar, si finalmente lo consigue, en la Academia Militar. Llega a Delicias junto a su madre. Se bajan del AVE. Cogen el cercanías hasta la estación de Portillo. Salen a la calle. La piel de Andrés no se eriza. El aire no hace ruido. Andrés frunce el ceño. Le ha tocado el bombón rancio de la caja. Resulta decepcionante. Andrés quiere morirse de frío con ese Cierzo que siempre puebla las anécdotas de su abuelo. Su abuelo se formó en esta ciudad. Le parece increíble, pero, por fin, es su turno. Llega su momento. Toca su destino con los dedos.

Andrés y su madre se mueven con el paso propio de la marcha militar. A pesar de su buen ritmo, apenas hincan el diente a unos bocadillos y ya llega la noche. Madre e hijo se hospedan en un hotel cercano a Portillo. Mañana se celebra una jornada de puertas abiertas en la Academia Militar. Andrés da mil vueltas en la cama. No pega ojo. Las sábanas son ásperas, pero eso le importa poco. Piensa. Piensa mucho y le mata la imagen de su padre. Su padre también recibió en Zaragoza su formación castrense. Andrés suda. Se muere por gritar. Él no tiene las gafas de sol de su abuelo. Su cabeza vibra como una olla a presión. «¿Y si me acomodo como mi padre?».

El disparate

Completada la universidad, entré en Coritel como programador. Era octubre de 2011. Aunque iba de traje, el salario era uno de esos que no justificaban haber gastado toda la juventud estudiando. Con todo, más que el bolsillo, me dolían las horas. Las jornadas eran interminables. Entraba a las ocho de la mañana y con suerte, me escapaba a las seis de la tarde. Con suerte. Con mucha suerte, la verdad. A eso se sumaban dos horas de metro, una por trayecto. Todos los días eran iguales. Eran estresantes. Se hacían largos. Sin embargo, a la vez, volaban uno detrás de otro.

No solo volaban los días, también volaban los meses. Sin darme cuenta, envuelto en la rutina del estrés, alcancé junio de 2012. En la calle pegaba el verano, pero oficialmente, según el calendario, no había terminado la primavera y, por tanto, debía seguir yendo de traje.

De aquella época, para el recuerdo, me quedo con un viernes. Salía del trabajo y me dirigía al metro. Llevaba los auriculares puestos. Joaquín Sabina cantaba la del mes de abril y nombraba, como sin venir a cuento, a un hombre de traje gris. Pese a la llegada del fin de semana, me movía arrastrando los pies. No corría hacia el finde. No alcanzaba el metro, pues me frenaba el runrún del lunes que vendría. Ahí sonaba Sabina. Ahí quedaba retratado yo. No era coincidencia. El flaco de Úbeda siempre ha contado más de lo que dice. No había duda. Yo era el hombre del traje gris. Un traje de un gris tan gris que ya no disfrutaba ni siquiera el viernes a la salida del trabajo.

Hay disparates que se deciden en menos que canta un gallo. Aquel disparate lo decidí en menos de lo que duró «¿Quién me ha robado el mes de abril?». Al lunes siguiente, lo disparatado me parecía conveniente y en plena crisis, lo comuniqué. Primero hablé con mi superior directo, el jefe de proyecto. Luego me dirigí al departamento de recursos humanos. En julio, una vez cumplido el aviso reglamentario, el disparate se materializó y, sin planes a la vista, abandoné el trabajo.