Una disculpa en el reencuentro

Castillos de Escocia, molinos de Campo de Criptana. A saber. Te saqué tantas y tantas, pero le conociste por la foto de Leganitos. Una calle con todos los lamentos: los nuestros, los de su propio asfalto. Pero la pose, pero tu mueca.

No creas. Nadie me contó. Me topé contigo sobre aquel recuerdo gris de Leganitos. Ya ves. Yo también. Tinder es la nueva verdulería.

Rompiste con él y con el siguiente del otro más. Un día nos cruzamos por Atocha. Dos besos, un «no me quejo» y una disculpa por mi parte. Ya mediocre como marido, había sido peor como fotógrafo.

Una vieja emoción de velocidad

El año pasado, entré a hurtadillas en el garaje de mi hijo para ver su última compra, un coche nuevo con un motor de esos que rugen. Yo, pobre de mí, ya era un mecánico jubilado al que todavía le encantaba sentir la adrenalina de la velocidad.

Abrí la puerta del coche silenciosamente porque mi hijo había dicho que yo ya era demasiado mayor para conducir un coche tan rápido. Francamente, al principio no pensé en conducir, pero sentí una vieja emoción cuando toqué el volante. Salí del garaje, tal vez inconscientemente. Cuando me di cuenta, estaba acelerando. Todo fue tan rápido. Un par de bocinas, un camión, el choque. Todo se volvió tan lento. Solo una bocina que se desvanecía.

Unas horas más tarde, el médico no solo fue profesional sino muy amable. Mi hijo llegó rápido y, aunque yo estaba más avergonzado que herido, me abrazó y no dijo nada.

Un negocio extraño

Ernesto apuntaba maneras desde crío. Siempre tuvo iniciativa. Lo demostraba tanto en el colegio como al diseñar avioncitos de papel. Nunca dejó de ir un paso por delante. Nada más acabar sus estudios, abrió una tienda para ganarse la vida.

Era una idea muy novedosa. Comercializaba su tiempo. No había en la ciudad nadie que se resistiera a adquirirle unas horas. Eran los efectos de la aceleración de la vida. Todos necesitaban tiempo.

Ernesto vendió tantas fracciones de su tiempo que lo agotó. Antes de cerrar el año yacía muerto. Visto en retrospectiva, fue una extraña manera de ganarse la vida.

La vez que me pidieron insert coin

Mi camisa oscurecida y más allá de las axilas. Sudor everyfuckingwhere que diría mi ex, que no era angloparlante, pero que repetía chance, meeting, affaire. El affaire que tuvo conmigo al inicio, el que luego tuvo, overtime mediante, con su colleague. Así que acabamos en game over. Y todo para que al final me pidiese, cuando su colleague no abandonó a su pareja, como si la vida fuera una recreativa, insert coin. Pero esta vez no había calderilla. Pero esta vez los billetes estaban empapados de sudor y no me dieron cambio; bueno, para total sinceridad, ni siquiera pregunté por ese cambio.

Tomás y el hámster gafe

La respiración de Tomás se aceleró al encontrarse ante el baúl que no debía abrirse, incluso si ya estuviese abierto, porque jamás habría ni de tocarse. Hasta ese punto, Tomás había saqueado su propia casa poniendo todo patas arriba. Abrigos por aquí, pelotas de tenis a los pies de la jaula de Atila, manzanas fuera del frutero, yogures sobre la vitrocerámica. Un desastre. Había revuelto armarios, estanterías e incluso la mesita de noche de su padre. Mucha agitación. Se había subido a la encimera para alcanzar los cajones superiores de la cocina. Tomás bien pudo haberse caído y romperse el fémur, pero había pensado que el peligro era mínimo, pues Atila, que era su hámster gafe, seguía en su jaula.

La estatua

La madrugada sigue y la estatua no pega ojo. Ya lo sé. Las estatuas duermen tanto que no pertenecen a los vivos. Pero, pero, pues. Todo comenzó cuando un coche se estampó con ella. Algunos creen que teme por ella. Pero. Pero qué sabrán. Pues esos no se han topado con el olor a sal que quedó en toda la manzana. Ella ya lo sabía. Antes de la irrupción de las sirenas, la estatua ya lloraba al grito descompuesto, a la familia muerta.

El sereno

Aquella noche Uglu Virtanen ajustaba la iluminación, la protección e incluso la estabilidad atmosférica del municipio. Según sus actos, la luz se hacía o se desvanecía. Según su ruta, los malhechores eran ratones repulsivos o leones imponentes. Según sus rezos, el tiempo meteorológico se configuraba. Uglu Virtanen releyó su contrato laboral. Tenía que haber una errata. Ponía que era un sereno en vez de un semidiós.

El padre

Derecha, izquierda, derecha, pausa. A veces, sin darse cuenta, Uglu Virtanen marca tres pasos y detiene el cuarto tiempo. Uglu Virtanen es un traductor que calla tres lenguas. Domina una cuarta, el latín, para sus oraciones. No pide. No ruega. No suplica. Sólo se distrae. La repetición solemne es buena. En otro caso, imaginaría. Pensaría mucho. Recordaría todo. Su espalda, debilitada por algo más que la vejez, no podría con semejante carga. Izquierda, derecha, izquierda, pausa. Siempre que Uglu Virtanen sale a la calle, se cruza con su único hijo. En la fila del supermercado, frente a los escaparates o bajo las sombras del parque. En todos los lugares, su hijo. El psiquiatra, que también es su hijo, ha de tener razón. Cualquier otra hipótesis desafiaría las leyes de la muerte.

Seguridad antipoética

Era jueves universitario. Por entonces, porque hubo un entonces, yo era joven y vivía al norte de Cuatro Caminos. Sin llegar a la calle Almansa, me topé con varios agentes pidiendo sus papeles a distintos grupos de inmigrantes. Yo, a lo mío, bajé al metro. Me encaminé a Moncloa.

Mientras te esperaba en el intercambiador, cruzó un grupo de neonazis con rumbo al parque del Oeste. Uno, un tanto enclenque, clavó sus ojos en mí. Un segundo, más fuerte, me agarró con disimulo. Su mano en mi hombro. Quedé bloqueado, tú no habías llegado. Forcejeé aterrado, pero mi forcejeo fue débil. Esa debilidad, con todo, no pasó desapercibida. Otros jóvenes, que también iban a salir, miraban. Miraban, pero ninguno reaccionaba. No había ayuda. Qué iba a haber ayuda. Allí no había agentes. Sin inmigrantes a los que molestar, para qué iban las autoridades a dedicar efectivos. Estaba aterrado. Afortunadamente un tercer neonazi puso cara de «este no merece la pena».

Quedé con mal cuerpo, pero quedé.