El camionero

Aquel día Ernesto Julca transportaba pecas para caritas recién despertadas. Se retrasó en la carretera. Los gestos risueños se volvieron bostezos extenuados. Ernesto Julca dejó la carga en el almacén. Marchó contrariado. Pensaba en aquellos rostros fatigados. Un cansancio que buscaba en las pecas un elixir. Pecas que no serían más que un ornamento.

El incomprendido

Aquel día Uglu Virtanen exteriorizó un uso irregular de la lengua. Los receptores de su discurso ignoraban el código e interpretaban vagamente el mensaje. El propio Uglu Virtanen fue incapaz de entenderse a sí mismo. Cocinaba raciocinios que tragaba sin masticar. Uglu Virtanen constató la problemática de las ideas que no son desmenuzables: sufrió una úlcera en el ánimo. Le recetaron unos comprimidos. El medicamento redujo los pensamientos pesados. Mientras los digería, sintió un malestar agudo. Uglu Virtanen se negaba a que toda su incomprensión resultase soluble.

El revuelo

Todo comenzó con una ambiciosa revisión de los cómputos. La suma de dos más dos se estiraría hasta cualquier cantidad. Era la diversificación del mercado de la aritmética. Muchos colmaron su avaricia, pero hubo algún leve percance. Mi garganta, acostumbrada a hablar el lenguaje de las matemáticas, quedó muda. Carente de voz, desarrollé una malformación anatómica. Hubo una violenta pugna entre mi afonía y la gravedad. Mis hombros no bastaban para el peso de una existencia que reclamaba una docena de ellos. Con mi desplome, al caer entre caídas, comprendí que las leyes de la naturaleza desplazan por jerarquía a cualquier normativa humana.

Dulzura

Antes de que la manzana quedase enjuta, el plátano ya había ennegrecido. Recién comprado, brillaba como fruto canario de motas peinadas. Ahora, sobre la encimera, más cerca de la basura orgánica que del frutero, ansiaba el terciopelo de aquella Royal Gala.

Carente de movilidad, se acicaló. Peló su pelambrera oscura mientras afirmaba su coraje. Sin labios, besó la piel de su pretendida. Suspiraron ambos. Descorcharon un brandy de Jerez, lo degustaron y al levantar la vista, descubrieron otros plátanos y manzanas, además de melocotones, arándanos secos, hojas de menta, fresones y una piña. Rota la intimidad, irrumpieron unas manos frenéticas. Portaban un cuchillo picudo.

Punzada tras corte, no quedó ninguna criatura cultivada. Matanza ahogada en un cuenco de agua y azúcar. Un tardío lamento se manifestaría después en la merienda. El almíbar de aquella macedonia resultó empalagoso. Fue, con todo, un remordimiento más dulce que afligido.

Oración de viento fuerte y ceniza

Viento, humo y ceniza. Dos mujeres. Unos pasos que se adivinan en los pocos silencios que permite, entre ráfaga y ráfaga, el viento.

—Quizá hemos malinterpretado la palabra. Dicen que los prostíbulos, dicen que las iglesias. Vuestra reina ya no puede más. Lo siento.
—No, mi reina, no pierda la fe. Son habladurías. No se sabe. No sabemos nada. Es todo tan, pero tan, que no sabemos.
—Tan, tan, tan; con su generosa dicción, bien podría instruir al resto del Consejo. —Los pasos se detienen y descubren a un hombre con hábito—. La fe no se pierde. Si se tuvo, no se pierde, doncellita.
—No soy la doncellita de nadie. —La joven desenvaina—. Mide tus piropos, cretino.
—No quedan testigos. —El viejo ríe—. Al menos, testigos honrados. Se da un momento envidiable para ajusticiar a este viejo. Han sobrevivido todos los prostíbulos y ninguna iglesia. Ninguno reclamaría justicia, doncellita. Tus clientes, sin embargo…

La sangre interrumpe cualquier palabra. Viento fuerte, ojos abiertos, la garganta del viejo cortada por una única estocada de la joven.

—¡Pero! ¿Qué? ¿Cómo? Mientras mi ciudad es borrada, mientras vuestra reina se derrumba…

La reina llora. La joven no dice nada. Se arrodilla sin solemnidad, como un peso muerto. Cierra sus ojos humedecidos y abraza las rodillas de su reina.

Aritmética de ayer y hoy

Un semestre lo dedicamos a la suma de seis más seis. La economía se movía de media docena en media docena. En la carrera de matemáticas, repetí los mismos cálculos. Teníamos diez dedos, existían dieciséis colores y de las veinticuatro horas diarias, faltaban un par, pero no más.

Ahora me he tenido que actualizar. Se ha sintetizado en un laboratorio, pero sospechan que pronto se encontrará en la naturaleza. Lo descubrieron el año pasado. La alegría fue tal que este año ha sido nombrado en su honor. Se trata del número 2020.