La excusa valiente

«Lo siento», dices,
y sonrío
pues lo dices
sin sentirlo
y, desde luego, no soy quién
para que sientas
nada.
No tengo por qué reprocharte
que la aurora austral
se dé en el sur.
Calma,
no, nada, no.
No tengo por qué reprocharte
que tus reproches
no me los dirijas a mí.
Bueno,
un café rápido.
No tengo por qué reprocharte
que la excusa valiente
la sientas en otro cuerpo.
Quizá,
será cierto, ya no sonrío tanto.

La vez que me pidieron insert coin

Mi camisa oscurecida y más allá de las axilas. Sudor everyfuckingwhere que diría mi ex, que no era angloparlante, pero que repetía chance, meeting, affaire. El affaire que tuvo conmigo al inicio, el que luego tuvo, overtime mediante, con su colleague. Así que acabamos en game over. Y todo para que al final me pidiese, cuando su colleague no abandonó a su pareja, como si la vida fuera una recreativa, insert coin. Pero esta vez no había calderilla. Pero esta vez los billetes estaban empapados de sudor y no me dieron cambio; bueno, para total sinceridad, ni siquiera pregunté por ese cambio.

Tomás y el hámster gafe

La respiración de Tomás se aceleró al encontrarse ante el baúl que no debía abrirse, incluso si ya estuviese abierto, porque jamás habría ni de tocarse. Hasta ese punto, Tomás había saqueado su propia casa poniendo todo patas arriba. Abrigos por aquí, pelotas de tenis a los pies de la jaula de Atila, manzanas fuera del frutero, yogures sobre la vitrocerámica. Un desastre. Había revuelto armarios, estanterías e incluso la mesita de noche de su padre. Mucha agitación. Se había subido a la encimera para alcanzar los cajones superiores de la cocina. Tomás bien pudo haberse caído y romperse el fémur, pero había pensado que el peligro era mínimo, pues Atila, que era su hámster gafe, seguía en su jaula.

The Name of a Mother

After years away from her hometown, Sarah knocked on the door of her childhood house. She was looking for the box in which her mother kept the family jewelry. Once the door was opened, three terrible memories came to Sarah. A burial, the first Christmas at the orphanage for girls, the forgotten jewels. When the new owner asked her about her visit, Sarah’s hands started shaking. A new owner meant no mom yelling at her because of the dirty rabbit’s cage. No mom at all. Sarah could not give a good answer, just said her mom’s name: “Emily Smith.” In those few words, she felt the taste of a rotten carrot from her past. The rabbit was killed two days after her mom committed suicide. Sarah ate the remaining carrots. The owner probably knew nothing: just a good purchase in a peaceful neighborhood. “Emily Smith,” Sarah said again.

Unfortunately or fortunately, something exploded inside the house, probably a kitchen appliance. Sarah got the chance and walked in. The living room was filthier than ever: not only dust but also a sticky carpet. Sarah tried not to think, not to see, not to pay attention to the bizarre painting of a pink tiger. She went to the master bedroom and stared at the tiled floor. Luckily the same tiles. She rummaged in her purse for a hammer and broke the third tile. In the created hole, she found a box: the box. “What the hell?” the owner angrily turned up. Sarah reacted quickly and ran fast but she slipped on the sticky carpet and fell.

An ambulance and the police. The day after, a police officer brought her the box to the hospital. “Emily Smith is engraved in all the jewels,” the police officer said, “and therefore no charges against you.”

La estatua

La madrugada sigue y la estatua no pega ojo. Ya lo sé. Las estatuas duermen tanto que no pertenecen a los vivos. Pero, pero, pues. Todo comenzó cuando un coche se estampó con ella. Algunos creen que teme por ella. Pero. Pero qué sabrán. Pues esos no se han topado con el olor a sal que quedó en toda la manzana. Ella ya lo sabía. Antes de la irrupción de las sirenas, la estatua ya lloraba al grito descompuesto, a la familia muerta.

El sereno

Aquella noche Uglu Virtanen ajustaba la iluminación, la protección e incluso la estabilidad atmosférica del municipio. Según sus actos, la luz se hacía o se desvanecía. Según su ruta, los malhechores eran ratones repulsivos o leones imponentes. Según sus rezos, el tiempo meteorológico se configuraba. Uglu Virtanen releyó su contrato laboral. Tenía que haber una errata. Ponía que era un sereno en vez de un semidiós.

El padre

Derecha, izquierda, derecha, pausa. A veces, sin darse cuenta, Uglu Virtanen marca tres pasos y detiene el cuarto tiempo. Uglu Virtanen es un traductor que calla tres lenguas. Domina una cuarta, el latín, para sus oraciones. No pide. No ruega. No suplica. Sólo se distrae. La repetición solemne es buena. En otro caso, imaginaría. Pensaría mucho. Recordaría todo. Su espalda, debilitada por algo más que la vejez, no podría con semejante carga. Izquierda, derecha, izquierda, pausa. Siempre que Uglu Virtanen sale a la calle, se cruza con su único hijo. En la fila del supermercado, frente a los escaparates o bajo las sombras del parque. En todos los lugares, su hijo. El psiquiatra, que también es su hijo, ha de tener razón. Cualquier otra hipótesis desafiaría las leyes de la muerte.

Seguridad antipoética

Era jueves universitario. Por entonces, porque hubo un entonces, yo era joven y vivía al norte de Cuatro Caminos. Sin llegar a la calle Almansa, me topé con varios agentes pidiendo sus papeles a distintos grupos de inmigrantes. Yo, a lo mío, bajé al metro. Me encaminé a Moncloa.

Mientras te esperaba en el intercambiador, cruzó un grupo de neonazis con rumbo al parque del Oeste. Uno, un tanto enclenque, clavó sus ojos en mí. Un segundo, más fuerte, me agarró con disimulo. Su mano en mi hombro. Quedé bloqueado, tú no habías llegado. Forcejeé aterrado, pero mi forcejeo fue débil. Esa debilidad, con todo, no pasó desapercibida. Otros jóvenes, que también iban a salir, miraban. Miraban, pero ninguno reaccionaba. No había ayuda. Qué iba a haber ayuda. Allí no había agentes. Sin inmigrantes a los que molestar, para qué iban las autoridades a dedicar efectivos. Estaba aterrado. Afortunadamente un tercer neonazi puso cara de «este no merece la pena».

Quedé con mal cuerpo, pero quedé.

Beatriz Supernova (7)

Me despierto por la respiración de Bea, una respiración que se ha vuelto muy intensa, una respiración que, sin transformarse en ronquidos, resulta un tanto ruidosa e irregular. Me despierto, secretos de una salud recuperada, empalmado. El apartamento de Bea sigue oliendo a cerrado y a ambientador. No tengo objeción, no puedo quejarme. Yo todavía vivo con el señor Mur y mi colaboración en la limpieza se limita a dejar deshecha la cama. Ayer, en la cena, Bea sacó el tema de la vivienda. Me habló, como sin querer, de la señora mayor de su apartamento: es su casera. Se lo alquiló así, con los muebles de otra época, con un ambiente a viejo que, a ratos, aparece. «Peor sería una peste a cañerías», sostiene Bea. No le falta razón. El apartamento, visto así, no está tan mal.

La almohada está pringosa. Se limpió el vómito —se enjuagó bien, se limpió los dientes—, pero no se desmaquilló. Gajes de la belleza. El maquillaje de ayer, el pequeño estrago de hoy. Me abrazo a Bea. Se mueve, pero no separa su cuerpo de mis brazos. Su maquillaje está por aquí y por allá; por la almohada —la suya—, por el arco de los labios que hemos compartido. Vuelvo a cerrar los ojos. Aunque no me quedo dormido, estoy a gusto. Bea, todavía dormida, se acurruca en mi torso. No ha perdido su toque. Vuelve a moverse. Su respiración —así como la persistencia de su cálido perfume— me recuerda que hacía tiempo que no me sentía en paz.