Aprender a ser una bruja

El legado de la abuela no se hizo ceniza. La tinta de sus libros era de fuego. En la hoguera, prendió el papel, pero las palabras estaban en su medio. Las llamas jamás se consumieron. Todavía, de cuando en cuando, algunas jóvenes se acercan a ellas y curiosean el mundo de las brujas. Se calientan las manos, el cuerpo. Leen la mitología a sus espaldas, ven las sombras que proyecta toda luz y aprenden a volar.

Una súplica por Marte

No subiré por ti a la primera planta de la Luz del Tajo. No partiré por ti ―ni contigo― a Marte. Estarás con el inventario. Tras un tirón de orejas a alguna operaria novata, todo acabará bien cuadrado. Serán las tantas de un viernes. Subirás al coche tras matar la última colilla. Pensarás ―sin plantearte― si parar en mi piso. Te acordarás que dejé de fumar. Conducirás a casa. Subiré, por mi cuenta, al Círculo. Será realmente tarde. Los conciertos habrán acabado hace mil y pondrán algo de pachangueo. Me tomaré una y quizá tres. Saludaré a un par de conocidas y, cuando nadie me haga caso, me iré. Pensaré si acercarme a tu casa, pero recordaré que Marte queda un tanto lejos, que tienes derecho a ser un tanto marciana.

Autobombo (3)

Montaje y reparación de veletas (relatos cortos) ya está disponible en tapa blanda. La portada, que ha sido manual, ha quedado bien, al menos, como cabía esperar. El lomo da el pego. La contraportada, que era casi automática, ha quedado algo regular. De todo se aprende. Lo importante, en cualquier caso, está dentro de esa cubierta. Se permite, hasta lo que sé, reaprovechar el forro de algún libro de texto. Nada, tampoco es para tanto. Además, qué bonito, muestra el encanto de un primer intento.