Beatriz Supernova (8)

Los trenes, a menudo, presentan distintos modelos, pero llegan al mismo destino. Cada día me subo a uno y acabo, tantas veces, en la misma estación de llegada. No es menos cierto que, otras veces, los trenes simplemente comparten raíles, pero no vagones e, incluso si comparten vagones, las conversaciones —también las más trilladas— cambian. Las conversaciones pertenecen a los pasajeros y todo pasajero, he de admitirlo, deja su impronta, su vaho sobre la ventanilla. En cualquier caso, lo del tren y la vida es una estupidez, un cliché de tantos y tan estúpidos. Siempre hay trenes con frecuencias y horarios regulares. Basta consultar un folleto, una página, una milésima de un día. En la vida, aunque de un modo menos señalizado, vuelven a pasar todos los trenes. Todos y siempre. Todos, aunque bien pueda ser a cámara lenta en el final de mis días. Todos, pues ese final realmente cuenta. Todos y en breve. Todos y ahora. Todos.

El tren que estoy perdiendo en este instante, de cualquier manera, no es necesariamente el mejor de los que he perdido y, lo que es más, bien podría volver a su estación de origen.

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