Seguridad antipoética

Era jueves universitario. Por entonces, porque hubo un entonces, yo era joven y vivía al norte de Cuatro Caminos. Sin llegar a la calle Almansa, me topé con varios agentes pidiendo sus papeles a distintos grupos de inmigrantes. Yo, a lo mío, bajé al metro. Me encaminé a Moncloa.

Mientras te esperaba en el intercambiador, cruzó un grupo de neonazis con rumbo al parque del Oeste. Uno, un tanto enclenque, clavó sus ojos en mí. Un segundo, más fuerte, me agarró con disimulo. Su mano en mi hombro. Quedé bloqueado, tú no habías llegado. Forcejeé aterrado, pero mi forcejeo fue débil. Esa debilidad, con todo, no pasó desapercibida. Otros jóvenes, que también iban a salir, miraban. Miraban, pero ninguno reaccionaba. No había ayuda. Qué iba a haber ayuda. Allí no había agentes. Sin inmigrantes a los que molestar, para qué iban las autoridades a dedicar efectivos. Estaba aterrado. Afortunadamente un tercer neonazi puso cara de «este no merece la pena».

Quedé con mal cuerpo, pero quedé.

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