Beatriz Supernova (7)

Me despierto por la respiración de Bea, una respiración que se ha vuelto muy intensa, una respiración que, sin transformarse en ronquidos, resulta un tanto ruidosa e irregular. Me despierto, secretos de una salud recuperada, empalmado. El apartamento de Bea sigue oliendo a cerrado y a ambientador. No tengo objeción, no puedo quejarme. Yo todavía vivo con el señor Mur y mi colaboración en la limpieza se limita a dejar deshecha la cama. Ayer, en la cena, Bea sacó el tema de la vivienda. Me habló, como sin querer, de la señora mayor de su apartamento: es su casera. Se lo alquiló así, con los muebles de otra época, con un ambiente a viejo que, a ratos, aparece. «Peor sería una peste a cañerías», sostiene Bea. No le falta razón. El apartamento, visto así, no está tan mal.

La almohada está pringosa. Se limpió el vómito —se enjuagó bien, se limpió los dientes—, pero no se desmaquilló. Gajes de la belleza. El maquillaje de ayer, el pequeño estrago de hoy. Me abrazo a Bea. Se mueve, pero no separa su cuerpo de mis brazos. Su maquillaje está por aquí y por allá; por la almohada —la suya—, por el arco de los labios que hemos compartido. Vuelvo a cerrar los ojos. Aunque no me quedo dormido, estoy a gusto. Bea, todavía dormida, se acurruca en mi torso. No ha perdido su toque. Vuelve a moverse. Su respiración —así como la persistencia de su cálido perfume— me recuerda que hacía tiempo que no me sentía en paz.

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