Patricia no se llama Patricia (2)

Desafortunadamente, ganó aquella apuesta, una apuesta combinada que le generó unos siete mil euros. Eufórica, Patricia se afanó en tirar la casa por la ventana. Dejó el trabajo y se propuso vivir de las apuestas.

—¿En serio? —me ha dejado perplejo—. Pensaba que te habían despedido.
—Espera —apaga su enésimo cigarrillo—, no seas tan impaciente. Todo a su debido tiempo.

La suerte no se replicó. Las apuestas no funcionaron. Los siete mil euros no se estiraron ni mes y medio. Como había dejado el trabajo voluntariamente, no tenía derecho a cobrar el paro. Al segundo mes, Patricia se veía volviendo a casa de los padres por no poder pagar el alquiler y no quería de ninguna manera volver con ellos. Era superior a sus peores pronósticos. Se negaba en rotundo. Así que, como pudo, reaccionó. Pidió su reingreso en el supermercado. Costó. Solo gracias a Clara y, en menor parte a Gabriel, el supervisor volvió a admitir a Patricia. Sin embargo, como ya habían contratado una reponedora nueva, a Patricia le tocó de cara al público en la sección de frutería.

—No me las arreglaba de ninguna manera —me pide fuego—. ¡Figúrate la cantinela! Yo, frutera. Quiero un melón que no salga pepino. Dame una sandía buenecita. Ponme unos tomates que no estén pasados. Yo no tenía ni la más remota idea. Tampoco tenía ganas de aprender pues tenía la cabeza en las apuestas. Duré dos telediarios. Me echaron a la calle. Si no duermo con mis padres es porque ahora, al haber sido despedida, tengo derecho a paro y, aunque esta vez he durado nada, tenía mi paro acumulado.
—Estás en paro. ¿Sigues apostando?
—Sí, incluso más que antes, aunque con cantidades, digamos, simbólicas. Apuesto mucho, pero poco —mastica el humo, lo expulsa lentamente por la boca—. Bueno, el diez de cada mes, con la paguita, apuesto más. Luego el mes corre y voy conteniéndome. De todas formas, es cierto, sigo con el vicio. ¿Qué quieres que te diga? Lo intento, pero soy débil.
—Supongo que tengo material para escribir algo que merezca la pena. ¿Te importa, de todos modos, si busco un final más redondo? Me refiero. Eres ludópata, pero te puedes recuperar. Has dado un paso atrás, pero eres muy joven. Tienes toda la vida por delante y hay psicólogos para la adicción al juego. Hay chicha, pero no hay drama.
—¿Perdona? No te entiendo. ¿No ves el drama? ¿Cómo te atreves? —se levanta como un rayo y apoya las manos en la mesa—. ¿Qué más quieres?
—Yo, esto —no sé cómo salir impune del jardín en el que me he metido—, no sé, solo querría un final.
—¿Un final? ¿Y en qué tipo de final estás pensando?
—La verdad, ya te dije, ya sabes, carezco de inventiva. ¿Qué final me propondrías?
—Te exijo —pronto repara en la grosería de su respuesta y cambia el tono—, te propongo cualquier final en el que recupere mi nombre.

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