Patricia no se llama Patricia

Patricia, que no se llama Patricia, me ha pedido que cuente su historia. Quiere compartir una de sus últimas experiencias para que nadie siga sus bandazos, en realidad, su caída en picado. Pide, es comprensible, aunque exagerado, anonimato. Vive, me ha insistido, en Madrid pues, me lo ha dejado claro, Toledo es pequeño y todos nos conocemos. Su historia es un embrollo cuyos hilos le crean una nueva atadura el diez de cada mes, día en que cobra el paro.

—¡Y qué atadura! —se desahoga frente al cenicero, saca otro piti y rebusca en su bolso.
—Todos cometemos errores —indico mientras le doy fuego y deja de rebuscar—. Tómate tu tiempo. No hay prisa.

Todo comenzó cuando todavía trabajaba. Patricia se consagraba en cuerpo y alma al supermercado. Pocas veces de cajera. Normalmente como reponedora. Coloca esto, coloca cereales, coloca aquello. Cada día, mañana y tarde, tenía que subirse a la escalera y llegar a los estantes más altos. Desde aquellas alturas, un día descubrió al nuevo, un chaval de su edad, la veintena recién pasada, que estaba de toma pan y moja. Casi se cae de la impresión, de hecho, la escalera se movió, vibró de arriba abajo y se desplazó ligeramente a su izquierda. Patricia reaccionó y con intuición, desconociendo las leyes físicas que allí regían, compensó el desplazamiento. Impidió la caída. El chaval, con todo, se percató del incidente y se acercó preocupado a interesarse por ella.

—¿Estás bien?
—Sí —contestó mientras bajaba—, supongo que sí.
—Me llamo Gabriel.
—Yo soy Patricia —en realidad, dijo su nombre real.
—Sí, dije el real —me confirma con una calada rápida—, aunque no sé si mereció la pena.
—Tranquila —le vengo a repetir lo mismo—, es mejor no lamentarse en exceso.

El caso es que Gabriel tenía algo. No solo era su belleza, le rodeaba un aura de misterio, como a un personaje de ciencia ficción. Parecía venir de un planeta inalcanzable. Despertaba la fascinación de sus compañeras. Patricia, en especial, se distraía fácilmente con él. Estaba fascinadita hasta las trancas. Protagonizó, con la tontería de estar tontita, varios incidentes y, a pesar de ellos, no acabó de conseguir llamar la atención de Gabriel, al menos, más allá de lo logrado el primer día. Lo peor es que las distracciones de Patricia traían consecuencias. En una ocasión, se le cayeron unas cajas muy delicadas desde las escaleras. No hirieron a nadie, pero se perdió género, un género que se tradujo en una cantidad sonrojante de dinero. Con esto y por otras acciones involuntarias, del que llamó la atención, y bien llamada, fue del supervisor.

—Era un trepa y un hipócrita. Hasta lo que sé, lo sigue siendo. Además, meses después me daría la patada —Patricia se queda pensando un momento—. ¿Te puedo hacer una pregunta?
—Claro —dejo de tomar notas y le miro a los ojos.
—A mí —aparta su mirada—, esto me sirve de deshago y, a la vez, para quitarme un mochuelo de encima. Soy un mal ejemplo y puedo ayudar al mostrar sus consecuencias. Así, en cierta medida, de alguna manera, me ayudo a mí misma. Pero tú, ¿qué ganas contando mi historia? ¿Por qué has aceptado hacerlo?
—Quiero ser escritor y carezco de inventiva. Te necesito ya que has vivido algo que contar. Lo pasaré como ficción. Si todo me sale de color de rosa, quién sabe, podría presentarlo a concurso, ganar y que fuese editado. Aunque, ya sabes, por aquí, se ven muchos colores, pero no el rosa.
—Pasaré como ficción —reflexiona y, por primera vez desde que la conozco, se le escapa una sonrisilla—. Me gusta. Espero que te vaya bien en ese concurso. Y sí, la vida no es rosa, ya no.

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