Beatriz Supernova (6)

Mi apagón interno persiste. Todavía no he eyaculado, pero Bea se detiene de golpe. Rompe a llorar. Me suplica que me vaya, que desaparezca. Mientras me marcho, Bea se disculpa por haberme utilizado. Se lamenta, hasta que de repente y sin parar de llorar, me abraza. Aferrada a mí y con un temblor en la voz, me descubre sus fantasmas. Quería vengarse del tal Alfredo Cebollada; me había olvidado de él, si es que alguna vez lo recordé. Nuestros cuerpos continúan pegados, pero no sé qué decir. Vivimos tiempos extraños. El abrazo de Bea es una demanda de auxilio, pero me veo incapaz de ayudarla. De un tiempo a esta parte —desde lo de mi madre—, hablo poco, me noto débil y huyo ante cualquier berenjenal. Bea, que sigue desnuda de cintura hacia arriba, aprieta mi cuerpo. Siento sus pechos y, de alguna manera, su alma. Está abatida. Me produce un hormigueo, tal vez por compasión. Me da lástima, pero no puedo hacer nada. Me zafo de su cerco y me subo los vaqueros. No sé qué hacer. Tengo la piel de gallina. Dejo el sobre del azucarillo —completamente arrugado— sobre las sábanas. Me decepciono a mí mismo y me marcho. Su perfume se evapora de mi ropa poco a poco. La erección no me ha bajado. Es lo de menos. Nadie se muere por un calentón.

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