Último recuerdo o voluntad

Juana aparca. Son las mil de la madrugada. Aunque sus ojos se entrecierran, baja del coche. Se acerca a la puerta de un local de alterne. El gorila, con los ojos como platos, la mira de arriba a abajo. Se ha encontrado con mujeres antes, pero no con ninguna octogenaria.

—Lo siento, señora. No puede pasar.
—Pagaré la entrada.
—Lo siento. No cumple el perfil y nos reservamos el derecho de admisión.
—Mire que llamo a la policía.
—Llame a quién quiera.

Juana vuelve al coche. Se sube, pero no arranca. Bosteza. No llama a nadie. Espera un rato y vuelve a bajarse. Comienza a andar. Se mueve por el aparcamiento hasta que localiza el coche de su nieta. Abre el bolso. Sus ojos se entrecierran. Saca una agenda. Rompe una hoja. Escribe. «Tu abuela está muy orgullosa de ti». La deja en el parabrisas. Vuelve al coche, que esta vez arranca, y con él, a la carretera. No llega al pueblo, cuando cierra los ojos. Es un instante. Se sale por una curva y choca contra un muro. No tarda en llegar el ruido: una patrulla de la guardia civil, los bomberos, una ambulancia, un ingeniero. El último en unirse es un juez. El juez saluda a los presentes, contempla el cuerpo y levanta el cadáver.

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