Don Juan y el comunismo

I

Recién levantado, Juan ignora su resaca y los ronquidos de la chica que conoció ayer. Son jóvenes. Ayer follaron y quizá incluso hicieron el amor. Algunos jóvenes son más rápidos en enamorarse que en excitarse. Él podría ser de los enamoradizos.

Mientras le corroe la duda, ve las magdalenas de su abuela y las ataca. Apenas quedan y, como las quiere para él, da mordisquitos cuidadosos. No quiere compartir con la chica. «A lo mejor la amo, pero la conocí fuera y lo mío es mío», piensa Juan sin dejar una miga. «Lo contrario sería hacerme comunista», se reafirma.

II

Juan, que permanece entre las sábanas, ha comenzado, poco a poco, a despertar. Está medio despierto, aunque en realidad, no alcanza esa mitad. Según va recuperando la conciencia, recuerda a su hermana. Le asalta el primer dilema del día. «¿Cómo puede mi propia hermana joderme la vida con sus putos ronquidos?».

Medio dormido y resignado, Juan se levanta. Al dar la luz, comprueba que el interruptor no está en su sitio. Juan, que está dormido, pero no es tonto, no tarda en darse cuenta. No ha dormido en su dormitorio, ni en su casa. A la par, al estar más despierto, va completando la imagen. Ya recuerda con nitidez. Se encuentra resacoso, pero no tanto como otros sábados, pues dejó de beber pronto. Todo por la chica que conoció anoche y que ahora ronca, bien lo sabe Juan, como su hermana. La chica y Juan son veinteañeros. Son jóvenes y los jóvenes, como los adultos, follan e incluso hacen el amor. Algunos jóvenes, por su juventud, son más rápidos en enamorarse que en excitarse. Juan que siempre presume de conocerse a sí mismo, en realidad, se ahoga en las relaciones humanas. Él podría ser de los enamoradizos. No lo tiene claro.

Mientras le corroe la duda, Juan da la luz. La chica sigue arropada, roncando y en definitiva, durmiendo a pierna suelta. «Mejor así», piensa Juan, mientras comienza a buscar sus pertenencias, en especial, su móvil, su mechero y su cartera. Con el calentón, a saber dónde los dejaría y mejor que la chica ni los vea. «Quizás estoy colado por la muy jodida, pero la conocí en la calle y lo mío sigue siendo mío», piensa Juan. «Lo contrario sería pecar de bueno o de comunista», se reafirma.

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