El olvido nos salió rana

Yo jamás había visto una pistola, salvo en la televisión o en la cintura de algún policía. Cuando el chaval la sacó, me quedé bloqueado, como un cacho de hardware sin software, como aquella vez que abrí un yogur y me topé con un pedazo de moho gigante. En otros países, simplemente tenerla hubiese sido una ofensa. Nuestro país, en cambio, es un proyecto piloto para la muerte. Nos recorre, y nos recorría, una ola de violencia. La vara de medir es, y era, el número de homicidios. El chaval giró su pistola, la apuntó hacia mi cuello y pude ver el anuncio del final de mis días. No pedí socorro. Me preguntaba si tan incriminatorio era lo que había visto, si en lugar de un simple trapicheo, había presenciado tráfico de drogas, algo por lo que aquel chaval, posiblemente todavía menor de edad, quisiera quitarme de en medio. Recordaba especialmente una caída que tuve con la bicicleta de pequeño ya que, hasta ese momento, era lo más cercano a la muerte que había estado, si bien, habían sido apenas dos rasguños. Mi abuelo me llevó a la sombra de un olivo y sin agua oxigenada a mano, sopló los tímidos rasguños de mi piel. Era una ola de miel, nada que ver con la violencia que en aquel momento se cruzaba en mi camino, con el demonio de chaval aquel.

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