Terremoto

El lloro, las voces, los gritos. El mimbre del cesto de la ropa sucia estaba aplastado por el espejo del tocador y éste, a su vez, por el propio tocador, del que se había separado, pero no escapado. Vecinos en pijama, desnudos o improvisadamente vestidos. A mis pies, paredes caídas, ladrillos empapados y la peste de las cañerías rotas. Las sirenas de varias ambulancias. La sirena de un camión de bomberos. En mi cara, chorretones de sudor y el paladar seco por alguna pizca de escombro. En mi mano izquierda, sangre. En mi brazo izquierdo, cristales sin profundidad que, en cierto modo, me confirmaban: «has tenido suerte». Poco más en mi cuerpo, un cuerpo como el de muchos vecinos, escasamente tapado por unos boxer y la polvareda.

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