Montaje y reparación de veletas

Irrumpió el Mundial de Fútbol y todo lo demás prácticamente se olvidó. Recuerdo una tarde de partido, cerveza Mahou y pipas saladas. Estaba durmiéndome con el toque y la monótona superioridad de La Roja. Allí, sentado en una mesita del Otto Max, de esas que dan al sillón alargado del lateral, yo poco más le pedía a la vida. Acaso unos cacahuetes, pero no había que abusar de la simpatía de los camareros. En medio de un saque de esquina, Verónica, sin venir a cuento, me planteó «la ostentosa relación entre el patriotismo y la masturbación». Alarmado, me perdí un golazo de cabeza de Puyol. Más que nada por lo gratuito de la afirmación. Yo, católico aletargado, no era facha. Como consecuencia de una sexualidad fuera del matrimonio, por aquella época, vivíamos en pecado y difícilmente podía ser yo más papista que el Papa. A pesar de todo, es cierto, me quedé de piedra y me puse de morros. Así que exigí en la barra del Otto Max mi platito de cacahuetes, que para los pecadores, constituye la alternativa eficaz a una dura penitencia. Aquella noche, desganado, ya no querría ni follar. En cualquier caso, para disfrutar los cacahuetes, no hace falta hallarse de buen humor. El truco es simple. Basta tirar las cáscaras al suelo y acto seguido, pisarlas.

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