Modelo de seriedad

Vibra el móvil. Me llama mi padre. Me querrá felicitar. Hoy cumplo veintidós años. Seguro que se lo ha recordado Lorena, su pareja. No le cuelgo, pero tampoco le contesto. La vibración es corta. Mi padre tampoco insiste mucho. Ambos pensamos en una fecha. Fue hace once años.

Aquel día, como tantos otros, oí a mi padre. Era su portazo habitual. Eran sus pasos apelotonados. Era él. Había entrado en casa, como siempre, sin saludar. No pasó, ni siquiera ese día, al salón. Aquel día tampoco se acercó a verme. Le daba igual. Poco importaba que hubiese una piñata. Como consultor financiero, mi padre era un hombre práctico, formal y serio. Mi undécimo cumpleaños era un capricho de su esposa, mi madre. Sus asuntos eran otros. Yo no era más que una boca que alimentar. Mi padre me lo recordaba con frecuencia. Tras el divorcio, sorpresas de la vida, me enteraría que mi padre, en realidad, hacía menos dinero que mi madre. Sin embargo, por entonces, todos pensábamos que él traía el pan a casa. Y, por ello, le permitíamos pasar de esos caprichos de mi madre, incluso cuando ese capricho era un hijo, en este caso, yo, su primogénito. Sus asuntos, lo teníamos asumido, eran otros. Los hermanos éramos un gasto en toda regla.

Mi padre, sin parar por el salón, anduvo el pasillo. Se metió en su despacho. Alcanzado ese momento, eché en falta un segundo portazo. No sonó. No obstante, visto en retrospectiva, tampoco fue tan raro. Mi padre, malhumorado, pero obsesionado con las apariencias, probablemente intentase no alarmar a mis amigos. A lo mejor, quién sabe, luego mis amigos se lo hubiesen contado a sus padres. Era obvio. Mi padre no quería perder su fama de serio y formal.

A escasos metros, en el salón, la piñata reventó. Noté dos ausencias. La ausencia prevista, la de mi padre, y una segunda, la que me decepcionó, la de Lorena, que por entonces era mi canguro. Aquel día Lorena no trabajaba, pero había venido por mí, a celebrar mi cumpleaños. Las chucherías cayeron. Mis amigos se lanzaron a por ellas. Mi padre permaneció ajeno, protegido por la puerta de su despacho. Yo me centré en coger regaliz, pues era el único vicio de Lorena.

El tiempo voló. La celebración acabó. Mi padre seguía en su despacho. Era tarde. Lorena se habría ido ya. Mientras me comía su regaliz, mi madre me pidió que pasase al despacho de mi padre. Mi madre insistía. Mi padre no era malhumorado. Mi padre nos cuidaba. Mi padre esto y mi padre lo otro. Mi padre era un buen modelo. Mi padre aquí y mi padre allá. Mi padre era todo.

Por mi madre, no por mi padre, cedí. No llamé a la puerta del despacho. Simplemente entré. Según me lo reprochaba mi madre, la puerta se terminó de abrir. Lo vimos mi madre y yo. Nos vieron ellos. Todos recordamos la escena. Allí estaba Lorena y en sus labios, los labios, no tan serios, de mi padre.

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