El vodka como estereotipo

Olga se detiene frente al ascensor sin pulsar el botón de llamada. Espera. Comprueba la hora. Sigue esperando. Resopla. Busca en su bolso. Mira a la pared, no al cartel de propaganda, sino a la advertencia de peligro. Da un segundo resoplido. Su pierna izquierda amaga, pero no se desplaza. La derecha, con un pisotón, protesta. Ruidosa, pero callada, Olga retoma su pequeña búsqueda. Minutos después, por fin, sus dedos emergen con un caramelo.

Varias plantas más abajo, Boris entra al aparcamiento del área restringida. Sonríe mientras sube al ascensor. Porta un maletín y una bolsa. En cuanto se abren las compuertas, Olga escupe su caramelo para morder los labios de Boris. El mordisco se prolonga. La sonrisa de Boris, perenne y mordida, contagia a Olga. Ambos sonríen. Ninguno se siente incómodo, pues no hay espectadores alrededor.

—Solo nos falta el vodka —Olga ignora el maletín, fija su vista en la bolsa y su gesto explota—. ¿Pero? ¡Esa no es la bolsa! Te retrasas y, para colmo, esto.
—Tranquilízate —se apresura un Boris todavía sonriente—, ya verás, aquí están nuestros trajes. Lo he comprobado. ¿Por quién me tomas?
—¡No fastidies! Ahí guardé los monos azules. ¡Siempre en Babia, cariño! Esto no es ninguna cadena de montaje. Aquí hay polvo radiactivo, fosforescencia y mierda tóxica. ¡Rápido! Baja al coche. Trae la bolsa plateada.
—¿La bolsa plateada? —La sonrisa de Boris caduca de sopetón— Me temo que no está en el maletero.
—¿En serio? ¿Bromeas? Esto es increíble, pero dejémoslo, vayamos al hotel. ¡Y vayamos ya!
—Es una opción, pero tampoco se encuentra en el hotel. Lo siento, vida mía. Quedó en Leningrado.

Los ojos de Olga se enrojecen. Un enrojecimiento que prende. Sus pupilas ya arden. Boris, bien reflejado en ellas, se consume entre las llamas.

—Estamos atacados, amor. Los nervios son malos consejeros —Boris reacciona con celeridad—. Respiremos hondo.
—Tienes razón —Olga llena sus pulmones—, pero solo veo una solución.
—Lo sé. Me imagino.

Boris abre su maletín, saca un formulario y se lo facilita a Olga. Aunque Olga lo rellena por su cuenta, ambos lo firman.

—Pues así, la inspección ha concluido —se lamenta Olga—, la central nuclear queda, de este modo, oficialmente verificada —Olga aprieta los puños y vacía sus pulmones—. ¡No lo pensemos más! Volvamos al hotel. Mañana nos toca la vuelta a Leningrado.
—De acuerdo, amor. Seguro que los parámetros permanecen en los rangos adecuados. Seguro que los dispositivos están intactos. Seguro que este formulario no contiene ninguna inexactitud —sentencia Boris—. Vivimos en la Unión Soviética. Contamos con la tecnología más puntera.
—Es cierto, cariño —Olga relaja sus manos y el aire fluye—, me enorgullezco de nuestra patria.
—Desde luego. Aquí nunca suceden crisis apocalípticas. Los reactores están bien mantenidos. El vodka es vodka. La vida vale la pena —Boris recupera su sonrisa—. Siempre sopla un viento limpio en Chernóbil.

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