En un restaurante de los caros

Aunque continuaste con naturalidad,
una sorpresa saltó por tus ojos.
Tu ceño, en un no visto, a medio fruncir.
Escuchaste mis tripas.
Las escuchaste
y no fueron las tripas
sino el instinto
lo que, por un suspiro, te incomodó.
En el siguiente suspiro, el mío,
noté tu incomodidad
y me inquieté.
El camarero trajo la carta de postres.
Habían sido dos suspiros,
pero parecían tempestades.
No pedimos nada.
Aceptamos, eso sí, unos chupitos.
Pusieron un licor de la casa.
En realidad, el restaurante no era tan caro.
No dejamos propina.

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