Óxido

Sin probar las uvas de Nochevieja, el viernes 2 de enero, me corté la melena, tomé la A-42, antigua N-401, con un Ford Fiesta gris y recé. Mi oración al volante fue Agradecido de Rosendo. Aceleré hasta Desguaces La Torre. Aquel era mi sitio. Allí podría descansar pues, entre la chatarra, nadie codiciaría mi corazón oxidado. ¿Y saben qué les digo? El óxido desapareció en un barreño de Coca-Cola. No recuerdo quién me brindó aquel método casero. A la semana, visité un Centro Mail, compré el Grand Theft Auto III y retomé mi afición por los videojuegos. Me prometí que siempre habría tiempo para dejarse una segunda melena.

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