Beatriz Supernova (4)

El señor Mur apaga la televisión y prepara la segunda tanda de tostadas. Aunque su cuchillo carece de punta y su sonrisa es la de todos los días, hoy me pregunto si ese cuchillo es el mismo que clavó en mi espalda. El señor Mur, hasta hace poco, era Paco, mi padre. Todo ha cambiado. Él no lo sabe, pero los secretos saltan a la luz. Uno se entera. A veces, leyendo. Así es. Me enteré. Lo leí. Lo sé todo. Esta cocina ya no forma parte de mi hogar. Esta cocina es una salita de espera. Espero noticias. El señor Mur, aún sonriente, pero en Babia, parece un cobarde, de esos que arrojan la toalla. Da igual. Su hermetismo no es lo que me afecta. Ya conozco el notición, incluso los detalles.

Contrariado por la seriedad de mi rostro, el señor Mur ralla más queso del habitual. Abre la nevera y saca un plato de macarrones. Su olor me derrite la boca. Los pasa a una fiambrera que, a continuación, guarda en mi bandolera. Los macarrones son a la boloñesa. Son mis favoritos. Me gustan tanto que resulta imposible. Ojalá los pudiese odiar, pero son aromáticos y deliciosos, nada vomitivos. Consiguen, incluso en este momento, proyectar luz sobre la oscuridad de mi alma. El señor Mur me los prepara todos los lunes para facilitarme el comienzo de la semana.

Precisamente fue un lunes cuando la esposa del señor Mur, que por entonces era mi madre, falleció. Luego vendría el papeleo. En uno de los trámites, siempre sencillos, el notario se confió. Con dejadez, posiblemente sin prestar atención a lo que hacía, me entregó el diario olvidado, tal vez secreto, de la fallecida. De estilo pobre y tono aburrido, seguí la lectura más por respeto que por interés. Resultaba monótono hasta que, hace unas semanas, alcancé el día de mi nacimiento. El diario no hablaba de un parto sino de una adopción, que en realidad, allí descrita, no tenía nada de adopción. Había sido un robo. La descripción era detallada. No había duda. Había sido un robo como los que cuentan en las noticias. A mi madre biológica le hablaron de un niño muerto. La fallecida sabía perfectamente la procedencia de aquel niño, es decir, mi origen. El señor Mur, que contaba con la simpatía de las medianas esferas, había intercedido para, en palabras de la fallecida, «ofrecer un futuro al retoño de aquella joven de malvivir». Desde que leí aquello —desde que lloré con aquello— soy un extraño para mí mismo, un extraño asustado ante el apagón de su vida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .