Un soldado

Andrés es de familia media, pero no acomodada. «Los militares jamás nos acomodamos», suele repetir su abuelo. Andrés jamás ha visto los ojos de ese abuelo que nunca se quita sus gafas de sol. Son los gajes del servicio. Fue una brecha abierta, luego un escozor los días nublados, ahora no es más que una cicatriz bajo la ceja derecha. Andrés, en realidad, desconoce tal cicatriz. Un soldado no pregunta a sus superiores a no ser que le cedan la palabra. Él todavía no ha entrado al ejército, pero es soldado desde la cuna. Sus nanas eran un redoble de tambor militar. Respeta el escalafón.

El padre de Andrés también es militar, pero Andrés no le ha tomado como ejemplo. Su padre, sin las gafas del abuelo, tiene más de administrativo que de soldado. Un administrativo que rehuye los puestos más movidos. De hecho, el padre de Andrés hizo un curso de ofimática avanzada y ahora, en un cementerio de elefantes, gestiona una base de datos con información relativa a nuevos cadetes. El abuelo ya no dice nada. «Entró al ejército, pero se ha acomodado», se calla el abuelo. Andrés adivina el pensamiento y asiente como si lo estuviese escuchando.

Hoy Andrés visita Zaragoza. Le faltan un par de años para entrar, si finalmente lo consigue, en la Academia Militar. Llega a Delicias junto a su madre. Se bajan del AVE. Cogen el cercanías hasta la estación de Portillo. Salen a la calle. La piel de Andrés no se eriza. El aire no hace ruido. Andrés frunce el ceño. Le ha tocado el bombón rancio de la caja. Resulta decepcionante. Andrés quiere morirse de frío con ese Cierzo que siempre puebla las anécdotas de su abuelo. Su abuelo se formó en esta ciudad. Le parece increíble, pero, por fin, es su turno. Llega su momento. Toca su destino con los dedos.

Andrés y su madre se mueven con el paso propio de la marcha militar. A pesar de su buen ritmo, apenas hincan el diente a unos bocadillos y ya llega la noche. Madre e hijo se hospedan en un hotel cercano a Portillo. Mañana se celebra una jornada de puertas abiertas en la Academia Militar. Andrés da mil vueltas en la cama. No pega ojo. Las sábanas son ásperas, pero eso le importa poco. Piensa. Piensa mucho y le mata la imagen de su padre. Su padre también recibió en Zaragoza su formación castrense. Andrés suda. Se muere por gritar. Él no tiene las gafas de sol de su abuelo. Su cabeza vibra como una olla a presión. «¿Y si me acomodo como mi padre?».

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