Beatriz Supernova (3)

Es imposible quitarse a Beatriz Supernova de la cabeza. Bea tiene algo, algo tan firme como sus pechos, a lo mejor como sus labios, pero no somos —ni seremos— pareja. No lo somos cuando me clava las uñas al fingir —o experimentar, aunque con esa precisión, no sé yo— una corrida al mismo tiempo. No lo somos cuando, mientras me alejo de su apartamento, me cruzo con su culo en los vestidos ajustados de las tendencias de hoy en día. No lo somos cuando imagino la complicidad de su mirada en el falso lésbico de dos actrices porno. No lo somos cuando, con la mano izquierda, pensando en ella o en cualquiera, me masturbo. No lo somos. No lo somos, simplemente no lo somos y eso es todo. Bea sale de una relación complicada, de los desvíos de mirada de Alfredo Cebollada. A veces, es cierto, no lo niego, me ha propuesto lo que podría verse como un paso, por ejemplo, afeitarme la barba. No sé si esa propuesta es típica de una relación de pareja. Pudiera ser. Yo —no sabría explicarlo, al fin y al cabo, me da igual mi vello facial— he accedido a afeitarme. Son cosas que se hacen. Pese a que Bea tiene algo, tengo claro que no le convengo. Me encuentro algo más animado, pero no es suficiente. Hablo lo justo —Bea me ha sonsacado cosas sobre mí, pero no le he confiado ninguna anécdota simpática— y, por esto o por lo otro, nunca escapo de mi apagón interno. Vivo en mitad de una encrucijada y, por ello, no somos —ni seremos— pareja.

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