Postal de una relación

Permíteme un momento. Veamos.

Las escaleras de la piscina termal estaban ocupadas por un par de hombres de diferentes edades, con sus bañadores y gorros de natación. Se encontraban, entre el agua y el vapor, finalizando una partida. Les quedaban los reyes y poco más —ninguna reina—. Bien podían ser padre e hijo, maestro de ajedrez y pupilo.

Hablo de memoria. No conservo, ya imaginas, la postal. La compraste en Budapest, me la enviaste, al final de tu viaje, ya desde Sofía. Me pusiste, en el reverso, un falso —aunque, por entonces, palpitante— «te quiero».

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