Temblores

I

—Quiero que tengamos un hijo, amor —es la primera vez que compartes ese sentimiento conmigo—, y me gustaría que lo tuviéramos ya.

La lámpara se ha desplomado y, con ella, su luz. Trizas a los pies de la cama, cuyo somier se ha hundido. Los cables han quedado semidesnudos. Los cajones superiores, desencajados. Clavos solitarios por algún cuadro caído. Alguna chispa baila en la oscuridad. Han sido dos sacudidas y no ha sido nuestra fogosidad. Tu voz suena a unos centímetros de mí, pero forman una maratón. Mi respuesta no es capaz de salvar tal distancia. Permanezco en el sitio. Me paso, con lentitud, la mano por el muslo derecho y noto pequeños cristales con una sustancia viscosa, pegajosa. Será sangre, no en torrente, pero sangre asquerosa. Mi sangre y tú me hablas de sangre de mi sangre, un hijo. Siento esa sangre entre mis dedos y tiemblo al imaginarme como padre.

—Quiero ser madre —me repites—, me gustaría tener un hijo.

Diez, quince, diecinueve chispas. El mundo se detiene para que mis ojos puedan capturar la trayectoria de la vigésima chispa. Es tan diminuta como las otras, pero mi intuición me grita que no es baladí. Sigo su salto al vacío, que no es el vacío, pues están nuestras sábanas. Resulta tan irrisoria como las restantes, pero va a ser esa. No veo cómo llega, pero prende. Brillo, ruido y calor creciente. No reacciono. Chillas con un tono inimaginable. Me taponas los oídos. Hasta ahora nunca te había oído chillar de tal manera, parece que sufrieses por algo más que por nuestras vidas. Me empujas de la cama. Yo no puedo.

—¿Un hijo? —el empujón y la consiguiente caída me han activado.

II

Aunque todavía estemos medio vestidos, parece que no me conocieras, preferiría apagar las luces. A lo más, unas velas. En cualquier caso, mejor me centro en devorar tus labios y no te digo nada. Ya tengo mucho que contarte y no sé por dónde empezar. Ya veré, ya pensaré algo, ya te contaré. Ha sido tan de repente. Combato, en soledad, una guerra interna. No sé qué debería hacer. Ya decidiré, ya te enterarás. Ahora, tus labios en mis labios, mi ritmo con tu ritmo.

—¿Qué ha sido eso? —bien querría contestarte, amor, pero yo tampoco lo tengo claro.

La lámpara se balancea. La cama nos traga. El almohadón sale disparado. Me das un cabezazo en la mandíbula y me muerdo. Apenas tengo tiempo de notar el dolor, cuando viene una réplica. Ahora lo tengo claro. Es un temblor de esos que se ven en las noticias. Un terremoto. Nunca pasa aquí y justo ahora, en este momento de mi vida. No puede ser.

—Quiero que tengamos un hijo, amor —te repito un par de veces mientras busco tus ojos, pero miras fijamente al techo sin emitir más que un murmullo incomprensible—. Quiero ser madre.

Espero que sea el susto y que no te pase nada. Sí, te habré asustado. Te habré asustado mucho. Incluso con una hipoteca en común, jamás hemos tratado el tema de la planificación familiar. Además, nunca te he visto sonreír a un bebé, de hecho, con ellos, tu cara se vuelve un poema. Aunque rechazo admitirlo, no eres nada niñero. Nunca me ha importado, bueno, hasta ahora.

De pronto, una llama aflora sobre la sábana bajera. Abandono mis pensamientos, mis penas. Salto de la cama. El fuego hace que me plantee todo y chillo. Te doy una voz, pero permaneces inmutable. Tengo que ir a por ti y moverte a rastras. No es fácil, pesas más que yo, pero consigo sacarte de la cama.

—¿Un hijo? —recuperas la voz.
—O una hija —lo murmuro tan bajito que no sé si me oyes.

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