Cómplices

Te acepto un Azpilicueta, cualquier bebida, un buen polvo. También podemos hablar. Háblame de tus próximas vacaciones, o, vayamos al grano, háblame de él, de lo que te ha hecho, de la última. No te cortes. Quizás no me interese, pero te desahogarás. No me pongas esa cara. No te sorprendas tanto ni te hagas la sorprendida. No me sorprendes. Me lo imaginaba. En serio. He venido sin condones. Ya lo cantaba Krahe: «No todo va a ser follar». Tampoco me importa. Nuestros encuentros, bien lo sabes, no lo niegues, eran mejores cuando nos conocíamos, pero no en exceso. La confianza da asco. Mucho. Mira tú. Te has reído.

No te preocupes. En realidad, ya sabes, no entiendo de vinos. Me vale y me sobra. No sé dónde vas, pero te has cargado bien, pero que bien, tu copa. Un copazo. No vayas a lanzarte ahora. No es broma. Vengo sin un solo condón. Es cierto, no había caído, tú tienes: de esos, de los suyos. No. No brindemos. Es demasiado pronto. Queda noche. Si antes te mencionaba a Krahe, ahora a Mafalda Veiga: «Podemos ser cómplices el resto de la vida o tal vez solo hasta el amanecer».

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