A propósito de los lavabos

El lavabo está limpio, todo lo limpio que se puede esperar del lavabo de una chocolatería, que visto lo visto, no es poco, pues es más que en un bar. Lo malo es la cercanía del urinario con la puerta, así que meo ladeado por el miedo a recibir un portazo. Una de esas anécdotas que, por cotidianas, no aparecen en la prensa, ni siquiera en la local. Temo por mi brazo izquierdo. La mano izquierda ya me la dañé una vez en un partido de fútbol, no por el fútbol en sí, sino por Damián que es muy, cómo decirlo, desgraciado. Se pasó luchando aquel balón. Era una pachanga y yo estaba en el suelo. No nos jugábamos nada y yo estaba tirado. Tierra, pisotón, tacos, dolor. Urgencias. Luego la escayola. Así fue. Así es. Me aterra hacerme daño físico y me molestan las, creo que vienen al caso aquí, luxaciones. Una luxación es una hostia que deja mal los huesos. Afortunadamente me lavo las manos y salgo del lavabo sin luxaciones, aunque con las manos ligeramente mojadas, ya se sabe, los secadores estos. Un día alguien se resbalará con las gotas de sus propias manos.

Al salir del lavabo, me están esperando unos churros, un chocolate a la taza e Irene. Irene toma sus churros con café, lo cual está doblemente mal. No sé cómo pide café. Primero, estamos en una chocolatería, no es ninguna cafetería o no debería serlo, claro que venden churros y, en el letrero, tampoco pone nada de churrería. Supongo que es ingeniería financiera a escala de barrio. Segundo, el aceite de los churros queda por encima del café en forma de gotitas y no me imagino como sabe, pero resulta asqueroso.

Mientras pienso en todas las aberraciones que está cometiendo Irene, me termino de secar las manos con un par de servilletas. Son ásperas. Me pregunto si las madres las usarían en los morros de sus bebés. Irene quiere ser madre. No me lo está contando ahora, ahora me está contando un encontronazo con su jefa, pero me lo contará antes de que nos despidamos. Siempre me lo cuenta y siempre se queja de Damián, que además de desgraciado, es su novio. Se queja de Damián no solamente por su falta de vocación paterna, sino prácticamente por todo, excepto por la lesión que me provocó. De la lesión, dice que exageré y que una escayola no mata a nadie. No lo niego, pero exagerar no es inventar sino preparar una historia para un público poco despierto. No digo que Irene sea poco despierta. Para nada. En cualquier caso, se queja de Damián y se queja mucho. Por eso está con él. Necesita un cabeza de turco para sus errores personales. Hay parejas así y son más de una y más de dos.

Me encanta el lavabo del trabajo porque, además de limpio y de uso individual, tiene papel de manos en lugar de secador. Te secas, sin atisbo de duda, bastante mejor. Además tiene cubo de basura y antes de salir, tras secarme las manos, hago una pelota con el papel y pruebo a encestar. El lavabo es amplio, tanto que puedo alejarme lo suficiente para que sea un reto encestar y más cuando yo soy de fútbol. Hago, la verdad, pocas canastas y, como soy civilizado, me agacho a recoger la pelota de papel. No es problema. Soy un roble. No tengo problemas de espalda. Una vez me dolió el lumbago, pero fue solamente un día y por el aire acondicionado, nada preocupante, no por cosas de genética. Ni siquiera fui al médico. Bastó un único antiinflamatorio.

Hay lavabos que apestan como una rata aplastada. Y, sin embargo, la peste es lo de menos, pues es un lavabo y el tufo es lo esperado. Además, lo de la rata es una exageración y, a decir verdad, nunca he olido una rata aplastada ni de lejos. A lo mejor huele como un gato aplastado, algo que he visto con mis ojos, pero que tampoco he olido pues la una única vez que lo vi fue a través de la ventanilla del coche y estaba subida. En cualquier caso, el olor no es lo peor, peor es la suciedad, ya se sabe, por lo de antihigiénica, y peor todavía, esos dispensadores de jabón vacíos, en particular, los que nunca se rellenan y simplemente engañan. O esos retretes sin cerrojo, tan comunes en discotecas y cervecerías, incluso en las de moda. La gente exigimos poco a estos locales, pese a que cuando eres asiduo a un local y por extensión, a su lavabo, sufres estas cosas.

El lavabo del piso de Irene y Damián, al que también soy asiduo, es uno de estos lavabos. No tiene pestillo. No creo que nadie tenga interés en sorprenderme, pero es instintivo, bloqueo la puerta con el pie. Luego, no sé cómo se apañan, pero el jabón siempre lo tienen agotado. Esta vez también. Así que tengo que buscar el gel. Abro la mampara de la ducha. En la balda superior, justo delante del gel, hay un preservativo usado. Son descuidos tontos. No reprocho nada, pero prefiero no tocar nada de esa balda. Así que cojo el champú, que lo tienen en el suelo. Mis manos, quién lo diría, quedan libres de caspa.

Un comentario en “A propósito de los lavabos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .