Un chicle para tazas imaginarias

Tira de la manta hacia sí y el movimiento de la manta resulta imperceptible. Juan se gira, deja de mirar la nuca de Inés y salta de la cama. Se acerca a la cortina, la corre y pone la mano en el radiador que hay bajo la ventana. Primero, pasea sus dedos con delicadeza, luego los posa por completo. El radiador pica como un cubito de hielo. Juan abandona el dormitorio, tropieza con un camión de bomberos en miniatura, lo recoge y, al llegar al salón, sube el termostato. Antes de volver a la cama, se prepara una taza de leche caliente y, sin pensar, deja el camión de bomberos sobre el microondas.

Cuando el despertador irrumpe, solo se levanta Inés que repara en la ausencia de Juan al enjabonarse sola en la ducha. Se termina, con su parsimonia habitual, de asear. Vuelve al dormitorio. Juan no está. Se pasa por la habitación de Marina, su mocosa. No hay nadie. Cocina, salón, terraza. Parece todo en orden, excepto por su inédita soledad. Corre, una vez y dos veces más, por toda la casa. Nadie. Aunque nota que está semidesnuda, no se viste. Aunque busca su móvil, no lo encuentra ni en su sitio ni allá donde suele encontrarlo cuando lo olvida. Inés se lleva las manos a la tripa, suspira y, con el tercer suspiro, agarra el teléfono fijo. No da señal. Inés acaba sentada en la mesa de la cocina. Habla sola sin decirse nada y, mientras mira al infinito, se topa con el camión de bomberos de Marina.

El reloj de la cocina marca una hora nada arbitraria, a esa hora Inés y Juan, con la pequeña colaboración de Marina, deberían comenzar la limpieza general. Sin embargo, Inés está removiendo una taza imaginaria con la uña rota de su índice derecho. De repente, suena la puerta principal y, casi a un mismo tiempo, la risotada molesta con la que parece caricaturizarse a sí mismo Juan cuando hace una payasada ante Marina.

—¡Pero, pero, pero! ¿Se puede saber de dónde venís?
—¡Mira, mamá, chicles!
—¡Juan!
—¿Qué sucede, cariño? Hemos bajado a comprar mientras acababas de ducharte y, lo siento, es verdad, nos hemos entretenido. Ahora, nos ponemos a limpiar.
—¡Yo no! —grita Marina.
—¿Y el teléfono?
—Lo tendrás a saber dónde. Eres muy despistada con el móvil. Ni siquiera donde crees que está cuando no está en su sitio.
—¡El fijo, digo!
—¿El que dimos de baja porque jamás usamos?
—Yo —Inés hace una pausa y abre los brazos a Marina—, yo necesito un chicle, tesoro.

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